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El hombre que pintaba a cuatro manos con Dios

El hombre que pintaba a cuatro manos con Dios

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Pedro Rodríguez ‘El Ggodo’ delante del cuadro regalado al Museo de la Catedral, ‘Libertad’; y un autorretrato para un libro del año 1991 en Everest. Ampliar imagen Pedro Rodríguez ‘El Ggodo’ delante del cuadro regalado al Museo de la Catedral, ‘Libertad’; y un autorretrato para un libro del año 1991 en Everest.
Fulgencio Fernández | 23/08/2020 A A
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El hombre que pintaba a cuatro manos con Dios
Los inolvidables El Ggodo, leonés de Veneros, es de esos tipos inclasificables e irrepetibles; pintor de extensa obra, hombre de negocios con perlas cultivadas en Japón... acabó sus días enfermo mental paseando por Ordoño II con 5 sombreros y huyendo de los extraterrestres
Cuenta Avelino Paredes cómo ganó un premio de relatos gracias al impacto que al jurado le había causado el inicio del mismo, que decía: «Menuda decepción que llevé cuando leí El Quijote, esperaba el ser más estrafalario del mundo y encontré que lo era mucho menos que Ismael, el tendero de mi infancia».

Valdría el inicio para la biografía del leonés Pedro Rodríguez, de nombre artístico El Ggodo de Veneros, pintor, trotamundos, provocador, un tipo de los que no deja indiferente, inclasificable, sorprendente siempre en sus respuestas y con una biografía que abarca numerosas historias, viajes, países, matrimonios... batallas oscurecidas en sus últimos años por una enfermedad mental, hasta que falleció hace unos meses, en junio, dejando tras de sí el mayor rastro de anécdotas que se puedan imaginar.

Sirvan un par de ejemplos de algunas de sus inesperadas salidas. Le regaló un cuadro al Museo de la Catedral de León (Libertad, donado en 1995) y en la rueda de prensa, después de confesarse ateo, explicó que «la Catedral es el lugar ideal para esta obra pues en una conjunción hombre-Dios de difícil explicación fue un aliento divino el que condujo mi mano y los pínceles». Después valoró la obra en 500.000 millones (de pesetas).

También por aquellos años acudió a La Crónica de León, contrató una página de publicidad y en ella simplemente puso en letras de gran tamaño: «El Ggodo pasa el invierno en León. Su obra ‘Marinero celta, valorada en mil millones, también».

Habrás visto obras suyas en la consulta de algún médico, en oficinas, bares de media provincia pues superan las dos mil las obras documentadas, (en los años 90 hizo un catálogo que ya requirió dos grandes tomos); obras que son una minúscula parte de una biografía inabarcable, que comienza en marzo de 1933 cuando nació en Veneros, entonces un pueblo minero pero él era hijo y nieto de artesanos de la madera, a los que se les atribuye su «vena artística».

Bilbao, Japón, boda con una tenista


Con quince años la familia de Pedro se traslada a Bilbao y él profundiza en el estudio de arte, una afición que ya le venía de la escuela de su infancia, pero se gana la vida trabajando en un negocio familiar que le permite viajar por toda Europa, se casa y tiene su primera hija; hasta que con 31 años decide dedicarse al arte y, en expresión suya en una larga entrevista el La Crónica cuando donó su cuadro a la Catedral —tiene otras donaciones en otros museos— «pasé más hambre que las mulas de la mina de Veneros cuando marcharon y las dejaron allí». De aquel primer matrimonio él mismo escribía: «Conocí a Ana Janalore (Alemana), fueron los años más felices de mi vida. fue Ana tan perfecta en todo que todavía me pregunto cómo me separe de ella. Estudió en un colegio Suizo, hablaba tres idiomas, montaba muy bien a caballo. Hija única sus padres muy ricos. Fui tan feliz que no sabia si vivía en la tierra o en el cielo, ha sido la mujer que más me ha querido. En un viaje a Cordoba conocí a Carole (americana), al día siguiente me llamó por teléfono y se vino a Madrid, pasamos la noche en el Hotel Cuzco, al día siguiente Ana me lo preguntó y le dije la verdad; sin más hizo la maleta y se marcho para Alemania. Ha sido lo peor que hice en mi vida».

No explicaba Pedro Rodríguez muy bien cómo pero su siguiente destino fue Japón y no vinculado al arte sino a las joyas y las perlas cultivadas. «Tendría 36 años y me metí en el negocio de los relojes, que Japón pujaba fuerte, y de las perlas cultivadas, para las que Japón era un paraíso y quité todo el hambre que pasé antes, me codeé con lo más importante que te puedas imaginar de este país, gané dinero, viajé y viví como Dios, en el que no creo» (esto lo repetía con frecuencia pues acababa de regalar el cuadro y era una especie de provocación, por lo que sonreía pícaro). Pero no dejó de pintar, de hecho de esta época es la obra que él consideraba su obra maestra, ‘Marinero celta’, que valoraba en «mil millones». Al margen de la boutade que pueda parecer estos precios no es menos cierto que sufrió un robo en su casa y para el juicio un catedrático de arte de la Universidad de León realizó una tasación de las obras que no eran los mil millones pero sí precios muy elevados para la época.

A punto de cumplir los 40 años, en su época de máximo esplendor económico, viene el pasaje más llamativo de su biografía:su boda con una prometedora tenista australiana, Susan Alexander, con la que pronto tiene un hijo, Alexander, que en una breve biografía de su padre describe cómo la había contado su madre que fue la boda: «Susan era una enérgica joven idealista de unos veinte años, muy conocida en los ambientes sociales del tenis social en España. El Ggodo era un hombre guapo, bronceado, rico y de mediana edad con, literalmente, un puñado de autos deportivos, Ford Mustang verdes ... Hubiera sido un perfecto ‘matrimonio al estilo de Hollywood’ si se hubiera cumplido con el precepto español, casado una vez y para siempre, y si Susan fuera más hogareña y menos sociable ¡Otro capricho más de El Ggodo. Sin embargo, nada es perfecto y el matrimonio tuvo un triste final». Final que lamentó siempre pues siempre confesó que había sido el amor de su vida.

Este fracaso hizo que decidiera abandonar el mundo de los negocios y centrarse nuevamente en el mundo del arte. Y en viajar, su otra pasión, recorriendo países y ciudades como Puerto Rico, San Francisco, Honolulu, Nueva York junto a estancias en diversos puntos de África y Rusia.

Curiosamente, muchos años después, en 2017 ve la luz un libro titulado ‘A Spanish love affair’, del que es autora Susan J. Alexander, sí el amor juvenil de Pedro Rodríguez El Ggodo. Cuenta aquella ‘historia de amoir española’ y descubre que el leonés adoptó un nombre más ‘aristocrático’: «No queriendo pasar los meses de invierno en el frío y oscuro Londres, Susan se dirige a España. Inmediatamente se siente cautivada por España, el estilo de vida español y, en poco tiempo, un apuesto español, Pedro Riviera de Flores. Es amor a primera vista cuando Susan conoce al encantador Pedro en el saludable Club de Tenis Chamartín en Madrid. Pero el amor no funciona bien después de un matrimonio apresurado y el misterioso pasado de Pedro».

En los años 80 regresa a León y a Veneros, levanta allí su tan famoso como polémico estudio (Studio Europa) a base de chapas y puntas. Pinta, discute, ciuenta, sueña, fabula... Le salen unas manchas en la piel: «Es una secta de feos, que me lo hacen por envidia»; son las salidas de Pedro El Ggodo.

Su salud se va deteriorando, sus vecinos recordaban esta fase en la revista del pueblo: «Después de recorrer medio mundo, de regreso al pueblo allá por los años 80 fueron famosas sus ideas peregrinas como construir un huevo gigante en el monte de la Cogolla, organizar concursos de miss Veneros o convertir todo el término del pueblo en un gran parque natural. Ideas que se quedaron finalmente en nada. Y conocidas fueron también sus excentricidades y carnavalescas anécdotas: acudir en albornoz a la piscina de Vegaquemada en pleno verano, hacer exhibicionismo con una vecina, pintar sus árboles frutales de colores, alquilar en Voznuevo una casa al lado de Nisio para estar un verano entero divirtiéndose con sus ocurrencias… Disparates digamos ‘veniales’ que pronto dieron el salto lógico y pasaron a conductas más preocupantes como recluirse durante días enteros en casa con la radio a todo trapo sintonizada en cualquier emisora extranjera... Después se fue a León, paseaba por Ordoño con 5 sombreros, ponía pancartas en la ventana, compraba con una cesta de vendimiar, se aislaba contra los extraterrestres». Malos años para un hombre enfermo, deteriorada su salud mental. Hasta que el pasado 11 de junio se fue a buscar el cuadro que había pintado a medias con Dios.

Y cuentan que quien se ocupaba de él en esta recta final era... Máximo Rascón, el que recibió el cuadro Libertad.
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