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El hombre que da de comer a los mastines... (ajenos)

El hombre que da de comer a los mastines... (ajenos)

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Jaimito da de comer a los mastines cada día. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Jaimito da de comer a los mastines cada día. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 02/12/2018 A A
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El hombre que da de comer a los mastines... (ajenos)
LNC Domingo Una pequeña furgoneta blanca se detiene en la carretera. Y comienzan a aparecer mastines corriendo desde el monte. Llevan años así. Los perros saben que llegó el hombre que da de comer a los mastines, lo que no saben es que no es su dueño
Fernando Jaime Salcedo es Jaimito para todos, de un lado por ese Jaime que lleva en el nombre y de otro por su carácter, siempre bromista, siempre cercano, dispuesto a echar una mano. En definitiva, uno de esos tipos que deberían estar subvencionados para que vivieran en nuestros pueblos.

Muchos conocen de él, desde su jubilación, su pasión por jugar la partida. Con él no ocurre aquello de que falte uno para los cuatro pues saca el móvil y empieza a llamar a jugadores, compañeros o rivales, pues él nunca elige: «No tengo manías, el que se ponga ahí me vale».

Siempre tiene alguna broma antes de empezar. Cuelga la cazadora donde no hay percha y al verla llegar al suelo asegura que «mira qué bien quedó, de ahí no se cae nunca». Y pregunta si no habrá frisuelos para mojar en el café.

- ¿Tú te miras el colesterol y todas esas cosas?
- Lo tengo todo muy bien. Me dijo el médico que si no me muero antes puedo vivir 150 años.

Es Jaimito. El de Transportes Salcedo, la empresa afincada en La Robla ya en manos de sus hijos pues él se jubiló y regresó al pueblo.

Cada mañana, desde hace varios años, llega la furgoneta con el menú. "Voy temprano a Mercaleón por él" Lo que no sabe mucha gente es la ocupación que tiene, que ha elegido cada mañana, este entrañable personaje. Allá a las diez de la mañana, por el verano antes, su pequeña furgoneta blanca aparca en terrenos de Almuzara o Piornedo, entre otros. No hace más que bajarse y empiezan a aparecer mastines corriendo, ladrando, pero de felicidad y rodeando la furgoneta. Fernando Jaime los va contando: «Uno, dos... seis. Pues falta uno, la más vieja. Ésa ya la tengo a la puerta de casa». Y es que como ha quedado con Mauricio para hacer las fotos ya es un poco más tarde que de costumbre.

- ¿Y porqué no marchan todos para tu casa a esperarte?
- Porque saben cuál es su trabajo. Ellos no se mueven de al lado de las vacas.

Y recuerda un día que llegaron al lugar donde estaban las vacas y una de ellas había tenido un mal parto y se había muerto la cría. «Esa mastina (señala a una) se puso al lado del ternero y de allí no se movía para nada, si le dabas de comer como si no. Como sabíamos lo que había pasado venía Isidoro (ya fallecido, pero fue hace unos años) conmigo y a él no le dejó acercarse. A mí sí porque me conoce de todos los días».

Y sabe lo que va a hacer cada uno de los mastines. «Este que está mirando según abra la puerta viene y se sirve él mismo, aquel que quedó entre las vacas mirando es el más esquivo, tengo que tirarle la comida allí, pero es el más bueno, es el que se quedó con el ternero».

- ¿Y este que está vigilando, ahí tumbado al acecho?
- No está vigilando, es un cachorro y está esperando a que yo quite el cable pues es un pastor eléctrico y se conoce que alguna vez ya le sacudió la corriente y ya aprendió la lección.

Y nada más que vio pasar a otro ya se confió y pasó él.

Jaimito habla con ellos. Tal vez conversaciones parecidas cada día. Va sacando las piezas de carne y hueso y se las va dando, salvo el que como intuía se sirve él mismo... y aventura. «Los trozos de tocino los meten para adentro como si fueran spaguettis». Saca tres ‘tiras’ y los tres lo engullen como un chaval los spaguettis. Los otros siguen a lo suyo.

- Pero no es una dieta variada.
- ¿Cómo que no? Hoy y mañana carne y pasado ya cambiamos de menú, pan duro en salsas, sobras de restaurante...

Y es el que el hombre que da de comer a los mastines (ajenos) baja muchas mañanas, bien temprano, a Mercaleón para hacerse con «el menú de carne»y otros días recoge en los restaurantes de la zona (Pico Gallo, Las Nieves...) las sobras de la comida. «El día que traigo pan y sobras bajan también las vacas y se la disputan, a veces se encaran unos con otros, pero no pasa nada».

Es así Jaimito. Le dicen que «hay un mastín abandonado por Valporquero» y marcha para allá a ver qué pasa. En una nevada en la que los mastines y las vacas se quedaron varios días entre la nieve en Piornedo acabó subiendo él para llevarles comida cuando «apareció uno con un palo en la boca y ya le pregunté: ¿Para qué quieres el palillo si no traes nada entre los dientes? Pero no se habían movido de con las vacas».

«Bueno, hasta mañana, que toca otra vez carne», les dice mientras cierra la puerta de la furgoneta y los mastines regresan a su trabajo, las vacas también miran como preguntando cuándo les toca a ellas. «El sábado toca pan y salsa», les dice.

Y se lo lleva.

Tanto los mastines como las vacas saben que mañana por la mañana volverá la furgoneta del hombre que da de comer a los mastines. «Ya quisiera haber comido yo así», bromea.
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