Camino de mi pueblo, a un lugar sin miércoles, las próximas semanas no tendré la ocasión de saludarles. Me despido por un tiempo de ustedes, queridos lectores. Espero volver, pero uno nunca regresa siendo el mismo. El camino, vivir, nos va cambiando y si elegimos bien, nos va transformando en aquello que queremos ser, nos lleva a cumplir nuestro destino. Me despido por un tiempo porque necesito tiempo, tiempo para adentrarme en el mayor de todos los misterios: el amor. El amor cuando pasa de misterium a sacramentum y se hace juramento: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la dicha y en la pena y que sólo la muerte pueda disolverlo.
El misterio del amor para dar luz al misterio de la vida. Encontrarse en el otro, compartir para ganar, descubrir que «uno será igual a ninguno y la unidad consistirá en ser dos». El maravilloso misterio del amor como la posibilidad de salvación, de salvarnos del ciego egoísmo. El amor como la única posibilidad de transcendernos a nosotros mismos.
Se eligen los caminos sin tener todas las certezas, pero yo estoy seguro del camino en el que me adentro: el 2 de septiembre me caso con Helena. Espero encontrarles a todos a la vuelta. Caminemos.
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