Publicidad
El día en que murió mi madre

El día en que murió mi madre

ACTUALIDAD IR

Ampliar imagen
María Casas Robla | 13/11/2020 A A
Imprimir
El día en que murió mi madre
Tribuna La madre de María Casas murió a finales de octubre y analiza en esta tribuna cómo lo vivió y el periplo sanitario que padeció
Mi madre murió el 28 de octubre de 2020, víctima de la mala gestión de la sanidad pública en León y en esa cosa administrativa monstruosa (y constitucional) llamada Castilla y León, y de un encharcamiento de los pulmones y el corazón producido por una dolencia antigua y otra nueva que no conocíamos, agravada por una rotura de cadera y de hombro. Se había caído en su casa el 11 de octubre y ese mismo día, tras estar en un box de urgencias, la trasladaron a una planta de triado del Hospital Universitario de León y de allí, tras comprobar que no era positiva en covid-19, ingresó en la tarde del día 12 en la planta sexta, traumatología.

El día en que murió mi madre hacía ya ocho que le habían dado el alta los traumatólogos que la habían operado la cadera y estabilizado un hombro que no consideraron operable. El día 20 de octubre por la tarde nos la llevamos a casa con un tratamiento de oxigenoterapia, le llaman ahora, porque desde el día en que se produjo la caída fatídica, no respiraba bien y no saturaba oxígeno. No fuimos capaces de entender con claridad, tampoco nadie nos lo explicó, por qué mi madre, que hasta el día 10 saturaba bien y respiraba, ya no era capaz de hacerlo. Pero en el alta del hospital no había ningún comentario al respecto ni del geriatra ni del neumólogo ni del cardiólogo: el técnico que lleva el aparato de oxígeno a las casas fue el que nos explicó que 16 horas al día era lo normal «en esos casos».

El día en que murió mi madre hacía ocho que estaba en casa. La movíamos ayudados por una auxiliar de clínica contratada e intentábamos seguir las pautas del fisioterapeuta que la visitó tres veces durante toda su estancia en el hospital con otra fisioterapeuta, también contratada: 12,10 euros la hora los días de diario, 16 euros la hora los fines de semana, 35 euros la hora. Más un IVA del 10%. Sumemos a este gasto, aunque sea con cifras hipotéticas, las pérdidas de sus hijos al tener que emplear horas de trabajo en cuidados que nadie facilita y que deberían de hacerse en hospitales y clínicas públicos o concertados. Sumemos también el gasto en pañales, empapadores, esponjas jabonosas, pomadas para los hematomas, aceites para las escaras, patucos contra las escaras, protectores del colchón, toallas, batas de paciente…

El día anterior al que murió mi madre la enfermera de su médico de familia del Consultorio de la Condesa vino a tomarle una muestra de sangre para el control de coagulación (llevaba años sintromizada), se acordó por sí sola de llevar la vacuna de la gripe (se vacunaba desde hacía años), le curó con mucho cuidado una escara que le había salido en el coxis (lo habitual cuando se está encamado), le tomó la tensión, la temperatura y la saturación de oxígeno. Y se preocupó. Envió una doctora esa misma mañana, la enésima doctora que se ocupaba de los pacientes del médico de familia de mi madre, a quien esta no veía desde el mes de febrero. Había hablado varias veces con la cuidadora de mi madre, pero no se había acercado ni una sola vez a verla y no había hablado por teléfono con ella: mi madre tenía una afasia de wernicke consecuencia de un ictus y había que tener mucha paciencia para hablar con ella, asegurarse de que te entendía y comprender tú lo que ella te respondía. Un médico de familia ausente durante prácticamente un año. Para avisar a la enfermera de que mi madre había sido operada y no podía ir al centro a cumplir con la cita del control de anticoagulación, y que, además, habían de realizarle una cura de la operación el día 29, tuvimos que ir al consultorio porque nadie, nadie, nadie coge nunca, nunca, nunca el teléfono.

La doctora que sustituía al doctor que no veía a mi madre desde febrero fue tajante: no sabemos qué tiene exactamente, no es mi paciente, lo único que conozco de su caso es el alta del hospital y allí falta el alta de geriatría. Puede ser un encharcamiento por la falta de movilidad. La única solución es llevarla a urgencias del Hospital de León.
El día anterior al día en que murió mi madre los casos de covid-19 tratados en el Hospital de León habían llegado al límite y el centro hospitalario se había bloqueado a los acompañantes: uno por persona, con autorización médica y la obligación de asumir que si entras en el centro, no podrás salir si quieres volver a entrar, así que tuvimos que pensar antes de decidir ingresarla porque la probabilidad de no poder estar con ella, pasara lo que pasara, era de un 99%. Y doy esa cifra porque en todo momento, desde que entramos en el hospital el 11 de octubre a las ocho y media de la tarde hasta que nos fuimos el 20 de octubre a las seis y cuarto de la tarde, y también cuando tuvimos que regresar el día 28 a las dos y cuarto de la tarde, el personal de urgencias y de planta, al ver la dificultad de comunicación que tenía mi madre, nos permitió estar con ella allá donde se aplican las restricciones y los enfermos mueren solos. Comprendieron que, aunque uno siempre muera solo, los familiares de ese uno necesitan estar junto él porque si no son ellos los que enferman de soledad.

El día en que murió mi madre estos eran algunos de los titulares de los periódicos locales:

«España sigue en el pico de la segunda ola: 19.765 nuevos casos y 168 fallecidos». 167 fallecidos más uno, mi madre. No es bueno no ponerle nombre a los números, es hora de que empiecen a humanizarlos. Señores de las administraciones públicas: póngale rostro a los muertos para que les persigan hasta que inviertan lo que sea necesario en los medios efectivos, no para detener la pandemia, no: para recuperar el sistema de sanidad pública y que personas como mi madre puedan ser atendidas, tratadas y seguidas.

«Castilla y León se confina perimetralmente hasta el 9 de noviembre». ¿Cómo vamos a volver mi hermano y yo, que vivimos en Madrid, si decidimos regresar a casa unos días a descansar? ¿Qué autorización, certificado, burocracia, hace falta para poder regresar? ¿Cómo va a recaer en nuestra hermana todo el trabajo? Llevo un mes en León con la misma ropa de una maleta hecha para estar una semana. ¿A quién llamamos para preguntar si nadie, nadie, nadie de ninguna administración coge el teléfono?

«Sánchez y sus ministros sí se aplican en 2021 la subida salarial que se rechazó en el Congreso para los diputados». Soy autónoma desde que la empresa para la que trabajé dieciséis años decidió prescindir de mi «colaboración» en enero de 2019. Tengo 55 años y la vida se ha vuelto muy fría para los que trabajamos para las empresas culturales. Espero angustiada que los clientes que han reducido la producción y dejado de contar con externos tengan algo para mí. Desde marzo, mis ingresos se han visto reducidos a la mitad, así que no llego al límite para pedir ninguna ayuda o exención. Y en octubre han subido la cuota de autónomos: en este preciso momento han decidido aplicar la subida que no aplicaron a principios de año. Pero el caso de mi hermana es mucho peor.

El día en que murió mi madre mi hermana llevaba un año y dos meses de baja. Trabaja en un call center desde hace diez años. El resultado, no considerado como enfermedad laboral (¿): calcificaciones en los tendones del hombro derecho y protusiones vertebrales. Cuando hace más de un año le dieron la baja, lo único que hicieron fue enviarla a rehabilitación sin las pruebas necesarias para valorar los daños. Poco después los dolores aumentaron y para encontrar la causa tuvo que hacerse una ecografía privada: había una fisura en uno de los tendones del hombro derecho. En octubre del año pasado le prescribieron ondas de choque y la fecha que le dieron fue mayo de 2020. Y en mayo de este año, anularon la cita. Que no ha recuperado. Cinco meses después, los daños en el hombro derecho se han reproducido en el izquierdo, ambos siguen sin tratamiento, al igual que las protusiones cervicales, y lo único que puede hacer mi hermana es tomar analgésicos cada vez más potentes porque es lo único que le prescriben. Esto no solo supone arriesgar la salud y el futuro de una persona de cuarenta y siete años, divorciada y con una hija a su cargo, sino que el perjuicio económico es más que considerable e inadmisible: tras un año de baja, a mi hermana empieza a pagarle la mutua de su empresa durante dieciocho meses, y si su salario ya se había visto reducido un 25% por la baja prolongada, ahora hay que sumarle otra reducción que deja sus ingresos en 661 euros netos.

Mi hermana no quiere estar enferma ni estar de baja: quiere trabajar. Pero para volver al trabajo necesita curarse. El protocolo, según le han dicho, empieza porque reciba las ondas de choque, y si estas no son efectivas, seguirá hasta el último recurso, la operación, eso creemos. Mientras, doce días después de que muriera mi madre leo que se va a endurecer (vaya término) el acceso a la prejubilación. Mi hermana, gracias a la administración, empieza a ser una candidata firme a recibir una pensión de incapacidad dentro de un año. Doce días después también leo la misión, visión y valores del Hospital Universitario de León. Copio: trabajar por la salud de todos los ciudadanos (en negrita en la web el hospital), ser un centro de referencia nacional por la atención a los pacientes, mediante un hospital tecnológicamente avanzado (que no tiene nada más que una máquina para aplicar ondas de choque), hacer que el usuario sea el centro del sistema sanitario, teniendo en cuenta sus necesidades y expectativas, y promoviendo su participación en la toma de decisiones… ¿Para reír o para llorar? Ya no estamos de humor para lo primero.

¿La única manera de solucionar esta negligencia intolerable es denunciar el caso y que, por un milagro, los tribunales competentes empiecen a tomárselo en serio? ¿Seguirá siendo la pandemia un pretexto para abandonar a todos aquellos que, además de los enfermos de covid-19, necesitan de la sanidad pública? No entendemos nada y empezamos a estar muy enfadados ante la incapacidad manifiesta de los políticos, que cada vez nos representan menos, para solucionar este problema inmenso: los daños colaterales de la pandemia. Como mi madre. Como mi hermana. El día en que murió mi madre no nos acordamos de ninguna otra heroína que no fuera ella. La «estrategia que salva vidas» y que consiste en dar prioridad al virus sin preservar los medios disponibles o aumentarlos con el gasto que sea necesario para los que tienen otras enfermedades de las que también ha de ocuparse la sanidad pública, solo salva unas vidas mientras acaba con otras. Como la de mi madre. Como la de mi hermana.

Maldigo el día en que murió mi madre, maldigo el año en que murió mi madre. Y solo espero que se obre lo extraordinario, el milagro, y que mi hermana reciba el tratamiento que lleva esperando un año y dos meses, que alguien nos escuche y actúe, porque mantener a mi madre con vida ya no es, lamentablemente, perentorio, pero sí que mi hermana pueda recuperar la suya.
Volver arriba

Newsletter