En el Museo del Hombre que ocupa parte del palacio parisino de Chaillot en Trocadero y aún conserva esa denominación tan vetusta como socialmente inconveniente en estos tiempos, triunfa ‘Neandertal’, una exploración acerca del destino de la otra especie humana. De cuando fuimos dos linajes y, según parece, acabamos con nuestros hermanos. No sabemos aún qué sucedió, quizás nunca lo sepamos con exactitud, pero la tarea de los museos precisamente estriba en efectuar esas preguntas incómodas con la crudeza de las evidencias que dejan a su paso.
Por su parte, el Museo de Londres, en la sede del reconstruido Barbican dedicada a la biografía de esa capital, exhibe con gran resonancia el ‘fatberg’, una repugnante muestra de la formidable masa de porquería humana que taponó el alcantarillado de Whitechapel hace meses... Plena contemporaneidad.
Así se comportan los museos; ese es el mecanismo a veces intencionado, otras azaroso, sutil o grosero con que establecen relaciones inauditas o esperadas. Sus fetiches escapan a nuestro control una vez comienzan a exponerse ante la diversidad de sus espectadores, ante una realidad mudable que despliega coincidencias, revelaciones y acertijos con cada imagen que se entrecruza en este universo poblado de símbolos, iconos, señales. La condición más íntima del museo pretende ir más allá y mostrar cómo podríamos llegar a ser, quizás porque ya fuimos así. Sus mecanismos parten de dos recursos básicos: la alusión y la asociación. O, si se prefiere, metonimia y metáfora. De lo más eminente a lo más infame cabe en los museos, tal y como reside en nosotros desde siempre.
El Museo del Hombre de París, además, entre otras sorprendentes reliquias custodia el cráneo de Descartes. Quizás sea su pieza más sugestiva, aunque por sí misma no pueda decir nada. Esa bóveda de hueso alumbró algunas de las intuiciones más agudas que el ser humano ha producido. Hoy es una cáscara hueca. Como buen objeto de museo, es alegoría y metonimia a la vez. Como en esa calavera, en los museos abruma el eco del vacío, justo hasta que algo se ilumina en el interior de quienes los visitan y, entonces, todo cobra sentido.
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