El Sil no es solo un cauce de agua, es la columna vertebral que cohesiona la economía rural a lo largo de su recorrido. Si en el pasado fue el referente de una actividad minera de la que aún conservamos vestigios, hoy lucha por reconvertirse para ofrecer una extraordinaria propuesta de turismo de naturaleza.
Su valle sigue deslumbrando a miles de visitantes con ese carácter salvaje que se resiste a desaparecer: un aroma a antiguo, a paisaje indómito, de una belleza casi oscura y mágica gracias a la frondosidad de sus riberas y al color de su roca, omnipresente en sus construcciones centenarias. De la salud natural de este valle depende el futuro de los vecinos ribereños. Sabemos que el cambio climático nos castiga con sequías y altas temperaturas, fenómenos globales contra los que a nivel local parece difícil luchar. Sin embargo, hay agresiones que no son obra de la naturaleza ni del calentamiento global, sino de la negligencia humana directa.
Agresiones frente a las que sí se puede y se debe exigir responsabilidades. Hoy en día, a muy pocos ciudadanos se les ocurriría tirar su basura en medio del campo. Del mismo modo, debemos exigir que los responsables de gestionar lo público sean los primeros en cuidar de nuestro municipio y del patrimonio natural que pertenece a todos. Sin embargo, parece que en el río Sil esta norma básica no se aplica.
Algún responsable público, amparado en la burocracia, ha decidido que la mejor idea es verter los lodos y residuos de la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) de Matarrosa directamente al río. Esta decisión, probablemente motivada por el intento de ahorrarse los pocos euros que cuesta la retirada legal de estos lodos conforme a los protocolos de protección fluvial, es un atentado ambiental. Convierte el lecho del río en un basurero, aniquilando a su paso macroinvertebrados, truchas, anfibios, mamíferos y, por extensión, parte de la vida y el futuro de los pueblos situados aguas abajo.
La crudeza de esta realidad nos la encontramos mi compañero y yo el pasado martes, día 13 de octubre, mientras paseábamos por la orilla, a la altura del cementerio de Matarrosa. Nuestro río, habitualmente cristalino, comenzaba a tornarse blanquecino y turbio. Al notar la presencia de un vehículo y un operario en la depuradora, sospechamos y nos acercamos. La imagen era desoladora: un pequeño cauce, conectado por un tubo a la EDAR, estaba desaguando lodos. Una espesa corriente de pasta marrón grisácea se unía al curso prístino del Sil hasta convertirlo en una cloaca maloliente. Inmediatamente llamamos a Emergencias para denunciar el hecho. Tomaron nota y nos aseguraron que darían parte a la Guardia Civil, quienes supuestamente, se pondrían en contacto con nosotros de inmediato.
Renunciamos a todos nuestros planes y decidimos quedarnos allí, esperando. La responsabilidad y el dolor de ver así a nuestro río se convirtieron en nuestra única prioridad. Esperamos en la orilla, aguardando a que alguien apareciera con el mismo compromiso, con la voluntad de acompañarnos en la denuncia y proteger lo que es de todos. Pero el silencio institucional suele ser tan denso como ese lodo. No es el único ataque que el Sil tiene que soportar.
Durante el estío, el río sufre la avaricia desmedida de quienes solo ven megavatios y euros; empresas que, ante la falta de una regulación estricta, lo exprimen dejando un caudal ecológico cada vez más escaso. Si a esto le sumamos el aumento de temperaturas provocado por el cambio climático, la situación del agua es crítica. Este año, a la altura de Matarrosa, se registraron temperaturas superiores a los 21 grados, el límite letal para la trucha salvaje, emblema de nuestro valle y motor del turismo de pesca. Añadir a este ecosistema al límite los vertidos tóxicos de una depuradora, es una irresponsabilidad imperdonable. Pone en riesgo el esfuerzo y la esperanza de quienes, valientemente, se niegan a dar por perdida su tierra y apuestan por un futuro prometedor para la comarca. No podemos conformarnos con un simple "alguien debería hacer algo". Las administraciones públicas no pueden comportarse como un infractor más utilizando nuestros ríos como vertederos para encubrir su mala gestión. Es hora de exigir responsabilidades, sanciones y un compromiso real para que el río Sil vuelva a ser el tesoro vivo que todos merecemos.
Fernando J.E. Gil Castillo, (exdirector de revista de naturaleza) Luis Meana Baeza- (editor y escritor)
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