V de vacaciones y verano

18/08/2024
 Actualizado a 05/05/2026
Imagen reciente de la zona de baño en Toral de los Vados.
Imagen reciente de la zona de baño en Toral de los Vados.

Verano y vacaciones son palabras a manera de almas gemelas, inseparables. Lo mismo ocurre con los meses de julio y agosto, que se asemejan a los raíles por donde circulan los trenes, paralelo uno al otro. Mismo número de días 31 -ambos-, temperaturas similares, duración de horas solares y noches lunares muy parejas.  ¡Era verano, el despertador quedaba en un segundo plano! El dejar de ir a la escuela -en nuestra primera etapa escolar-, posteriormente al instituto -para realizar los estudios de Bachiller- era tiempo de un asueto total para dar rienda suelta a la diversión, el compartir, la alegría… y a todo tipo de juegos. 

Los primeros recuerdos que solemos tener las personas giran en torno a los tres años y medio, como media. El abanico que abarca desde los 4 a 10 años son recuerdos de mi tierna infancia, unos de manera vaga e imprecisa, otros más reales que encuentran su habitáculo en la memoria de aquel tiempo vivido. Nuestro deambular diario giraba en un espacio muy concreto y determinado. Se ceñían a las tres o cuatro calles anejas al domicilio familiar, más escuelas y economato MSP, estación del tren P-V… factor clave, los niños/as del barrio.

Las casas de aquellos años, en su mayoría, constaban de planta baja y un piso. Una parte de la misma podía estar dedicada al negocio de los ascendientes como eran ultramarinos, panadería, escuela, cantina, carpintería, taller de vehículos…; otra, era donde tenían su morada los miembros de la familia donde se llevaba a cabo la vida normal de cualquier persona. 

En mi caso concreto, una parte era un habitáculo bastante espacioso donde se desarrollaba la labor industrial de la familia: fabricación de helados y barquillos. Este espacio daba cobijo a todo tipo de instrumentos y herramientas propias para la elaboración de los productos anteriormente citados. Destacaban los carros para la venta de los helados en verano y de castañas asadas en el otoño, carritos de helados con ruedas de hierro que portaban unas garrafas, dentro un cilindro de acero protegido y rodeado de hielo -a su alrededor- para mantener frío el género. Los helados eran elaborados artesanalmente, y predominaba el de sabor a mantecado (hoy con la denominación de vainilla) elaborado a base de yema de huevo y leche, en aquellos años distribuida por lecheros, en su mayoría de Dehesas. Mucho movimiento en la temporada veraniega dado que entre 4 a 6 criados -empleados, sería la palabra más concreta- se incorporaban para ir a vender el helado por la ciudad y pueblos de los alrededores de Ponferrada con ocasión de sus fiestas patronales.

En cuanto a la zona habitable, eran dos viviendas en planta baja y otras dos en planta superior, ocupadas todas ellas por familiares de la rama materna (tíos, tías, primos y primas carnales, abuelo, añadiendo mis padres y hermano) formando en su conjunto una saga con apellido común a todos nosotros. Con ellos compartí multitud de fiestas navideñas, nacimientos, santos, bodas, cumpleaños, etc.; incluso la tradicional matanza del cerdo con la elaboración de productos como chorizos, tocino, botillos, lacones. chicharrones… alimentos básicos para el consumo anual de la familia. 

En verano era obligatorio la correspondiente siesta que ocupaba parte de la tarde -algo así como un par de horas- para después de cenar salir a la calle para que nuestras madres y vecinas del barrio se sentasen en unos banquitos de madera aprovechando el fresco de la noche, dando rienda suelta a todo tipo de conversaciones. Por nuestra parte toda la muchachada de la zona nos dedicábamos a jugar a los juegos típicos y tradicionales de los 60. No había televisores, ni móviles, ni otro tipo de objetos de diversión como hoy en día. De los más destacados el de «un, dos, tres, escondite inglés», frase que decía la persona que era encargada de dirigir el juego. La misma se colocaba mirando a una pared, de espaldas al resto de jugadores, con las manos se tapaba los ojos. Objetivo del juego: conseguir ser el primero en alcanzar la pared, pero con mucho cuidado e ingenuo de que no te pillase moviéndote para no tener que volver a empezar desde la línea de salida. Esto ocurría cuando él que dirigía el juego se daba media vuelta tras decir la frase y ver si alguno de los jugadores se movía. Había que quedarse inmóvil a manera de estatua.

El «’escondite’ tenía como meta el que no te encontrasen y salvarse, que nos hace recordar aquella frase de: «por mi» o bien «por mí y todos mis compañeros», en un lugar determinado. De ser descubierto pasaríamos a ser el encargado de hacer lo que llamábamos, persona que «paga» (el que busca al resto de jugadores). A manera de variación estaba el de «tres navíos en alta mar» con dos grupos con un mismo número de miembros en cada equipo formado por niños y niñas, con unas normas establecidas cuyo fin era atrapar a todos los componentes del bando enemigo que eran encarcelados y vigilados para que no fuesen liberados. Otro juego, un tanto vestía, era el churro o mango donde los de abajo lo pasaban mal, pero no se quejaban. Había que aguantar el máximo de tiempo sin caerse. No podemos dejar de citar todo un clásico como la comba, la gallina ciega, el pañuelo, la semana… e incluso el fútbol en plena vía pública, libre de la circulación de cualquier tipo de vehículo.

Debido al escaso poder económico de nuestras familias, la mayoría de nosotros no conoceríamos lo que podríamos denominar vacaciones veraniegas fuera de Ponferrada hasta bastantes años después. Pasar unos días en algún lugar donde alojarse y comer fuera de tu propio hogar. Los lugares a elegir eran ciudades que tuviesen mar con su correspondiente playa. La manera de suplir la práctica del baño era viajar en tren hasta la cercana localidad de Toral de los Vados para que personas mayores, adultos, amigos y pandillas pudiésemos disfrutar de una jornada dominical única, a orillas del cauce del río Cúa. Medio de transporte el tren, con un único y corto trazado. Las aguas del pantano o río Sil resultaban peligrosas, casi prohibitivas.

La tarde del sábado se preparaba parte de las viandas a llevar al día siguiente. Más o menos siempre lo mismo, una ensalada a base de lechuga, tomate y cebolla. A veces ensaladilla rusa. De fiambre, rodajas de chorizo de la matanza casera. Las menos alguna loncha de jamón serrano y, cómo no, para los más peques todo un clásico, la mortadela. A temprana hora del domingo se frían unos filetes de ternera empanados. Dos rebanadas de pan de hogaza darían forma a un suculento bocadillo, único en aroma y sabor para siempre. Bebida: agua natural del grifo, para niños y mujeres. Para ‘ellos’, bota de vino y trago a moro. En contadas ocasiones, refrescos de la marca Anaical (nombre al revés del lugar de origen, la comarca de Laciana).

En la estación de la Renfe o del Norte (para otros), largas colas para sacar el correspondiente billete. Posteriormente nos situábamos en el andén para subir a los vagones del tren. Era una expedición especial. Todos cargados con bolsas de tela, que resultaban ser casi todas idénticas. Máxima prudencia y vigilados por los ojos de nuestros familiares, subíamos al tren buscando un asiento. Un empleado de Renfe uniformado elegantemente con su correspondiente gorra, banderín rojo y silbato en la boca. Su sonido y el ondear del citado banderín era la señal para que el maquinista pusiese en marcha el tren. En su trayecto veríamos el barrio de La Placa, el apeadero de Dehesas, Villarverde de la Abadía, Villadepalos y la estación de Toral.

Una vez apeados y con todos los bártulos nos dirigíamos a la zona de una plantación de chopos. Toda una odisea conseguir el mejor lugar. Mientras los mayores iban haciendo los preparativos oportunos, los más peques nos íbamos despojando de nuestras prendas de vestir para ir a darnos el oportuno chapuzón en las aguas del río. Así transcurrían la jornada matinal hasta la hora de comer. Después del almuerzo y cumplido el período de digestión, dos horas, nuevo chapuzón. Junto a la correspondiente merienda, momento para el juego del burro con la baraja española. Tablero con dos juegos clásicos. Por una cara el parchís. Por la otra la oca.

Con los últimos rayos del sol la última tarea, recogida de ‘todo’ para retornar a la estación para el viaje de regreso. Volvíamos a nuestros hogares totalmente agotados y con ganas de coger la cama. Había sido una jornada agotadora, llena de alegría compartida con familiares y conocidos. Algunos de nosotros estábamos con la piel del color del caparazón de un cangrejo, totalmente roja. Unas compresas de agua y vinagre aliviaban el picor que sentíamos especialmente en hombros y espalda. A pesar de todo ello nuestra mayor ilusión era ver transcurrir los días de la semana para volver de nuevo al domingo siguiente… Así era el transcurrir dominical del estío. 

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