Tiempo de sentarse de nuevo con Sol Gómez Arteaga

Sol Gómez Arteaga publica Tiempo de vilano, un recopilatorio de poemas que nos llevan hasta su libro más personal, mostrando lo más certero y real del corazón de la poeta moderna, tan imprescindible como necesaria

Ruy Vega
03/12/2023
Portada del libro protagonista en la estantería de Ruy.
Portada del libro protagonista en la estantería de Ruy.

"Pase lo que pase nuestra esencia está intacta / Somos seres llenos de pasión. / La vida es desierto y es oasis". Papá, así comienza el poemario del que hoy te quiero hablar. Es una cita de Walt Withman, sin duda uno de los grandes autores que he tenido la suerte de leer, de los más significativos y que más me han impactado. En este tiempo de otoño, donde caen las hojas surcando los pensamientos, donde la pluma de los poetas dibuja árboles en bosques de sentimientos, donde los corazones no laten sangre, sino tinta de versos, llegó hasta mis manos Tiempo de vilano, la última obra de la autora Sol Gómez Arteaga, a quien ya conoces de otros libros. Durante todos estos años he tenido la fortuna de poder leer a muchos de los autores y autoras actuales de León, conociendo a la gran mayoría de ellos (o a todos, si no recuerdo mal).

De entre ellos, algunos, como Sol Gómez, ya forman parte de mi camino más literario, de mis senderos imperdibles entre las nubes y la lluvia. Con ella, creo, comparto muchas cosas. Y de entre ellas, la necesidad de no olvidar nunca el pasado, ese instante de nuestras vidas sobre el que se sustenta nuestro presente y nos servirá, sin duda, para entender mejor nuestro futuro (cuántas cosas se solucionarían si no olvidásemos nuestros años ya vencidos…). Versos como los siguientes me llegan a la necesidad de un sentimiento compartido: «De todo lo vivido / confieso que me quedo con la lluvia / que además de sanadora / es música celestial para mis oídos. / Elijo no olvidar, / el pasado me marca la pauta a seguir, / lo escucho / como se escucha llover, / quedamente. / Así me basta». 


Tiempo de vilano es un camino recorrido a lomos de los sentimientos de su autora, de la magia de sus palabras, un poemario conformado por sus pensamientos, por la pérdida, por la familia, por las vivencias, por el dolor… Porque la alegría, también, está construida bajo el cemento del dolor, que nos recuerda esos otros instantes en los que no pertenecemos a la tormenta. 


Papá, todos buscamos un lugar seguro en este mundo, un espacio donde solo nuestros pensamientos sean predominantes, donde la incertidumbre no sea más que algo que existe fuera de nuestro caparazón más seguro, una palabra lejana en un libro olvidado. Sol Gómez también lo busca, y así lo podemos leer en poemas como el que te indico a continuación: «Vuelvo a mi casa: / El epicentro del mundo. / Ese lugar / donde tengo / mi silla, / mi mesa, / mi desorden armónico, / mi ventana. / Mi casa es mi palacio, mi bastión de soledad. / A ella vuelvo siempre / que necesito encontrarme. / Ella siempre me espera». Y así es.

Nuestra casa, nuestro hogar (debo aquí diferenciar entre casa y hogar), nos espera, siempre lo hace. A él pertenecemos, a él nos asomamos cuando hay miedo. Y es que hogares hay tantos y tan distintos… Creo que aquellos a los que quiero son el mío. Sí, ese es mi hogar. Papá, un poema que la autora nos escribe, también con el hogar como espacio vital, es el siguiente, que creo que te encantará: «La casa / ese espacio intestino / donde transitan las horas / los amaneceres / los sueños / buena parte de la vida de uno».
Siempre he pensado que los poetas son capaces de crear arte de lo cotidiano. Recoger con sus ojos aquello que es sencillo (o quizá no tanto) y transformarlo en algo mágico, palpable e incluso místico. Así lo hacen mis autoras preferidas, así lo hace Sol Gómez Arteaga, una de ellas, sin duda. Te pongo un ejemplo de su propia pluma: «Me miro en el gesto de lunes / de los viandantes / presurosos / que llevan en andas / de niños agarrados de la mano, / espantan la pereza / y se enfrenta, / mal que bien, / a la cotidianidad / -esa losa-, / que evita el desequilibrio, / la locura».

Venga, otro ejemplo más: «Me podría quedar aquí para siempre, / oyendo las esquilas de las vacas, / haciendo fotos por sendas / rasgueadas a la hierba. / Me podría queda aquí para siempre, / sintiendo la brisa-corazón / en los pómulos, / sin importarme ya nada que las piedrillas / rebosen mis zapatos, / y el mar, / al fondo». 


Y de entre lo costumbrista, lo habitual y casi normativo, de entre aquello que nos rodea en la propia historia de nuestra vida y que conforma aquello que han dado en llamar el día a día; aquellos que, como Sol Gómez, son capaces de crear belleza con palabras y transmitirnos lo que sienten y piensan, nos dejan versos que te gustará leer varias veces. Observa: «Hay amaneceres que, / acaso más vulnerable / que otros, / la mirada se queda prendida / de la punta despegada de un cartón / colocado en el ascensor / por provisoria obra. / Así hasta que alcanzo la calle, / y comienza otro estadio de martes, / pongamos veintiuno, / mes de enero / año veinte». Año de pandemia, por cierto. 


En la parte final del libro podrás encontrar una serie de textos cortos, reflexivos, directos, bellos… Un remate acertado de su autora, sin duda. De entre ellos, hay dos que me han llamado poderosamente la atención. El primero nos lleva hasta las nubes y su mística. Lee atentamente: «No se pueden escoger las nubes, como no se puede escoger nada relacionado con los fenómenos atmosféricos. Pero si pudiera elegir, elegiría nubes de palabras -amistad, valor, pan, ola, alero, golondrina- y tumbada en la hierba las vería pasar y leería en ellas como quien lee un libro abierto». ¿Te imaginas, papá, un mundo cuyas nubes estuvieran construidas de palabras? Ojalá…

El segundo párrafo en el que me detengo es un profundo pensamiento, unas líneas realmente íntimas de la poeta, y que a continuación te transcribo: «El miércoles pasado, después de dormir veinte horas seguidas y de ver que el mundo seguía exactamente igual, me di cuenta de que era yo quien debía tomarme las cosas con más calma. Por las noches casi no sueño y lo lamento. Ya lo he dicho en otra nueva, pero es que me gustaría tanto recordar los sueños. Últimamente me asalta el pensamiento recurrente de que los atajos no existen, ello me obliga a seguir por el camino más recto. Agosto fluye entre pérdidas varias -algunas irreparables-, calor criminal, hermosas puestas de sol y calma chicha». 


Finalizo ya esta nueva carta, ese pedazo de papel que une la eternidad del recuerdo y el instante presente de la sensación de pérdida. Mis manos siguen, una vez más, tecleando dolor sobre un ordenador blanco mientras me asaltan golpes de realidad. Por eso, de una forma deliberada, he dejado para el final de hoy el siguiente poema de Sol Gómez Arteaga, escrito en Tiempo de vilano, y a quien estoy seguro de que ya estarás deseando leerla. De su corazón, de su alma, han nacido unos versos tan potentes como los siguientes: «Sobre la tumba de mi padre ha llovido, / hay lágrimas de lluvia en la resiliente planta / que adorna su mortal lecho. / “Felices pascuas, papá”, le digo / e imagino que él me escucha».  

No sé cómo es el otro lado, no sé si hay luz y lluvia, si las nubes flotan o se desvanecen, desconozco si la música rodea el aire o si los árboles florecen en invierno. No, no lo sé. Pero lo que sí que sé es que si han decidido llevarte hasta allí será porque es un lugar maravilloso.  Todo, absolutamente todo, puede ser descrito por poetas. Al menos todo lo importante. Poetas que nos llevan a encontrarnos con nosotros mismos tras cada verso, tras cada poema y tras cada libro. Y de nuestro propio interior, de lo más profundo de cada uno de nosotros nacen pensamientos que nos acompañan toda una vida. Reflexiones desde el corazón, como la que cierran estas Cartas a ninguna parte: no es inmortal el que nunca muere, sino el que nunca se olvida. 
 

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