Hay estatuas que decoran una ciudad y otras que la observan. Que ven pasar el tiempo, los cambios urbanos y sociales, las generaciones. En Ponferrada, pocas figuras cumplen ese papel como La Carrasca, una de las esculturas más singulares y queridas de la ciudad, que este año alcanza el siglo de vida.
Instalada originalmente el 10 de octubre de 1926 en la plaza de la Encina, La Carrasca nació como homenaje al escritor berciano universal Enrique Gil y Carrasco, autor de El Señor de Bembibre. El monumento fue costeado y regalado por la colonia berciana en Buenos Aires, un gesto de memoria y orgullo hacia uno de los grandes nombres de la literatura romántica española.
Una musa hecha piedra
La escultura representa a la musa de Gil y Carrasco, una figura que la tradición ha vinculado históricamente a Eladia Baylina, y que ha terminado por adquirir identidad propia. La idea original fue firmada por Arturo González Nieto, mientras que la ejecución corrió a cargo del escultor e imaginero José Juan González, también citado como Juan José González, de origen gallego.
La obra se realizó con mármol procedente de las canteras de Cuevas del Sil, el mismo material empleado en su día para las escaleras del Palacio Real de Madrid. En ese trabajo participaron los hermanos Miguel y Pepe, hijos del conocido vecino David Monteagudo, mientras que el montaje de la escultura fue obra del maestro cantero Manuel Vilas, residente ilustre de la calle Real. Las piedras de la base procedían de la cantera de Vicente Pacios, «el Rojo».
Tres ubicaciones, una sola mirada
A lo largo de su siglo de historia, La Carrasca ha cambiado de lugar, aunque no de significado. Tras su estreno en la plaza de la Encina, fue trasladada en torno a 1940 al Parque del Plantío, coincidiendo con las obras de pavimentación de la plaza y en un contexto marcado también por motivos religiosos y políticos. Durante décadas permaneció allí, integrada en la vida cotidiana de la ciudad, hasta que a finales del siglo XX volvió a moverse. Su última ubicación la situó en la glorieta entre las calles Ancha y General Vives, donde hoy da la bienvenida a buena parte de quienes acceden a Ponferrada desde la avenida de Astorga.
En ese traslado, la escultura ganó una fuente y una posición más visible, pero también perdió parte de su conjunto original: la base en forma de violeta, flor asociada a Gil y Carrasco, que no fue trasladada y permanece en el interior del Parque del Plantío, como una pieza separada de la historia.
Con el paso del tiempo, La Carrasca ha adquirido una intrahistoria propia. Para muchos bercianos ya no es solo un homenaje literario, sino casi una ciudadana ilustre, impasible ante el paso de los años, testigo silencioso de cómo la ciudad crece, se transforma y cambia de ritmo.
Desde su ubicación actual, frente al Parque del Plantío, la dama de piedra observa una Ponferrada muy distinta a la de 1926. Y, sin embargo, sigue cumpliendo la misma función: recordar de dónde viene la ciudad y a quién decidió rendir homenaje.
Con motivo de este centenario, el Ayuntamiento de Ponferrada se propone conmemorar los cien años de La Carrasca. El alcalde, Marco Morala, ha subrayado que se trata de «algo más que un símbolo», una pieza clave del patrimonio sentimental y cultural de la ciudad.
También colectivos como el Club Xeitu han contribuido a rescatar la memoria del monumento, desempolvando fotografías antiguas que muestran sus distintas etapas y ubicaciones, cuando el busto se acerca a cumplir su primer siglo de vida.
Un siglo después de su inauguración, La Carrasca sigue ahí. Eterna, silenciosa, observando. Como si supiera que, más allá del mármol, representa la memoria de Ponferrada y la historia de quienes la han habitado.