En su vitrina ya empiezan a no caber los premios. Reconocimientos por destapar errores, sesgos y fallos que pueden ayudar a la ciencia a progresar, pero también por saber contarlos y acercarlos a la sociedad. Ese es el hilo conductor de la trayectoria de la berciana Ángela Bernardo, periodista científica, biotecnóloga y doctora en Derecho, distinguida por la Asociación Leonesa de empresas tecnológicas ALETIC con el Premio a la Mejor Divulgación de las TIC. Su trabajo parte de una convicción: el conocimiento científico no puede quedarse encerrado en una torre de marfil, debe llegar a la ciudadanía de forma accesible, rigurosa y crítica, sin perder nunca de vista la equidad y la dignidad de las personas.
-¿Qué supone para usted este premio y que venga de León?
-Pues es una alegría, en primer lugar, poder volver a León, y tener un reconocimiento en casa, en tu tierra, es una doble alegría. Y más si es también un reconocimiento un poco a la trayectoria profesional en el ámbito de la divulgación y la comunicación científica, que creo que es esencial. Además, yo personalmente empecé a hacerla en León, en el seno de la Universidad de León, cuando estudié la carrera de Biotecnología con otras compañeras y compañeros en la Asociación de Biotecnólogos de León, primero, y luego en la Federación Española de Biotecnólogos. Siempre he pensado que es algo importante y esencial comunicar la ciencia, el conocimiento científico y los avances científicos y tecnológicos, más allá de que queden en una torre de marfil. Tienen que llegar al público general y esa divulgación tiene que hacerse de forma accesible y clara, pero también rigurosa y crítica. Estamos en un momento de auge de tecnologías que están marcando un punto de inflexión, como pueden ser los sistemas de inteligencia artificial, y también en un campo en el que me he especializado, que es el de la biotecnología.
-¿Dónde está la dificultad o cuál es la clave para acercar a los lectores un conocimiento científico a veces tan tecnificado y conseguir que todo el mundo lo pueda entender?
-Yo creo que la primera gran dificultad es que la información científica tiene un lenguaje técnico especializado muy particular. Primero, es difícil hacer comprensible esa información. También, al final, el avance en ocasiones es vertiginoso. Está pasando con la inteligencia artificial. Antes pasó y sigue pasando con todas las tecnologías de modificación genética, por ejemplo. Es difícil no solo porque sean cuestiones muy técnicas y de gran complejidad, sino también por el propio ritmo de los avances. Pasan días, semanas, meses y cambia radicalmente la actualidad. Esas son las dificultades que creo que son importantes. Al final, entre la investigación científica y el ámbito comunicativo y periodístico, los tiempos son diferentes. El saber científico o el conocimiento científico siempre es provisional, siempre está sujeto a que haya nuevas evidencias. Y eso también es difícil de transmitir, porque se dice una cosa en un momento dado y, a los años, cambia de forma radical. El conocimiento científico es así: está sujeto a que aparezcan nuevas evidencias, se contraste nueva información y haya nuevos descubrimientos. Pero esto también es difícil de comunicar y de entender a veces. Y creo que también es importante ese punto crítico de no creernos todo avance científico porque sí. Hay que ver que existen avances científicos en los que puede haber conflictos de intereses, por ejemplo, cuando no es solo el sistema público el que desarrolla esa investigación o esa innovación. También hay que tener cuidado con eso y mantener ciertas cautelas. No solo se trata de que ese conocimiento sea accesible, sino de ser rigurosos y críticos al contarlo.
«La ciencia y la tecnología no son neutrales, pueden tener problemas, limitaciones y riesgos»
-¿Qué es lo más difícil? No sé esas investigaciones sobre cuestiones oscuras que no podemos llegar a ver y que, supongo, en su caso resulta muy complicado ir desentrañando datos, o si la inteligencia artificial también nos la puede jugar. Me refiero a casos como el de un algoritmo que falla en la detección de melanomas, como descubrió en una de sus investigaciones premiadas…
-Sí, es verdad que el uso de sistemas como Gemini o Claude está siendo muy popular, pero tenemos que tener cuidado. Por un lado, porque pueden presentar lo que se llaman alucinaciones y darnos información errónea. Siempre que se utilicen estos sistemas, primero hay que hacerlo con supervisión humana y, segundo, no fiarnos de la información que nos dan. Es decir, tenemos que tener un conocimiento del tema sobre el que estemos preguntando, porque nos pueden dar unas cosas por otras y resultar engañosos; lo que nos responden puede ser una verdad a medias. El sistema al que te referías, el de detección de melanoma, era un sistema cuyos datos de entrenamiento estaban muy limitados. Si pensamos que esa tecnología, si nos centramos solo en lo que nos están promocionando, tiene un 80% de precisión, pues claro, la primera percepción es: «¡Ostras, funciona muy bien!». Pero luego, si rascas un poco más, ves que en realidad otros datos específicos sobre su funcionamiento no son tan buenos. No hay que quedarse con esa primera idea engañosa de la precisión. Por eso hablo del conflicto de intereses. Cuando te lo está vendiendo una empresa, lo habitual es que te dé la información más positiva, pero hay que ver todas las caras y todos los prismas e intentar que la incorporación de estas tecnologías resulte beneficiosa. Hay que promover esos efectos positivos, pero evitando problemas. En este caso, por ejemplo, el problema que tenía ese sistema era de sesgos discriminatorios, algo que se sabe que puede ocurrir en las tecnologías relacionadas con la inteligencia artificial. Tenemos que ser muy cuidadosos porque, cuando una persona se equivoca al tomar una decisión, se equivoca en un solo caso, pero si se equivoca un sistema de inteligencia artificial, el impacto erróneo y perjudicial se multiplica por mucho. Con eso hay que tener mucho cuidado.
-Además, en sus trabajos de investigación muchas veces llega a sacar los colores a empresas o instituciones. ¿Cree que finalmente merece la pena y que tiene un recorrido positivo? ¿Alguna vez le han puesto en el brete de no publicar algo?
-Es verdad que me ha pasado. Cuando trabajaba dedicándome profesionalmente a la comunicación científica, primero en diversos medios digitales y luego en la Fundación Civio, nos ha ocurrido que alguien intentara que no publicaras alguna información o incluso, cuando ya la habías publicado, que intentara que la retiraras. Incluso tuvimos un caso reciente en el que nos llegaron a demandar, aunque se quedó en nada porque se consideró que prevalecía el derecho a la información. Pero eso siempre ocurre, porque al final también hay muchos intereses de por medio. Cuando se publica información rigurosa y crítica, puede ocurrir que quien tenga interés en que esa tecnología salga con cierta buena prensa considere un problema que se expongan los fallos o errores que puede tener. Pero esa información tiene que llegar al público y también a las administraciones públicas. No es de recibo que se puedan incorporar tecnologías o que nos fijemos en tecnologías que tienen fallos importantes o que suponen problemas relevantes en ese sentido. Creo que, cuando se da a conocer o se divulga información científica y tecnológica, es importante ser claros, comprensibles y accesibles, pero siempre desde esa mirada crítica que tenemos que tener todos como ciudadanía.
-¿Y esa crítica finalmente sirve para algo? Cuando hay fallos de guion, ¿se mejora ese guion?
-Ha habido ocasiones en las que sí, por suerte, y otras en las que no. Es verdad que esta tecnología concreta de la que hablábamos, que había comprado el Servicio Vasco de Salud, sí que recibió críticas políticas a nivel parlamentario para intentar que se retirara y se exploraran sus fallos, cuando todavía estaban investigando su incorporación y su implementación. Yo creo que toda información que se saque a este respecto es positiva, en el sentido de que nos va a dar esa mirada crítica. Exponer esos problemas no es desconfiar de la tecnología, simplemente es poner de manifiesto que, cuando se incorpore, hay que hacerlo bien y de forma rigurosa e impecable. No hay que adoptar una perspectiva, digamos, tecnoptimista de la ciencia y la tecnología y pensar que todo avance, descubrimiento o desarrollo tecnológico va a ser positivo per se. Tenemos que pensar que nos ha llevado muchas décadas ser conscientes, a nivel ético y legal, de que la ciencia y la tecnología no son neutrales, sino que pueden tener problemas, limitaciones, errores, peligros y riesgos. Por eso hay que mantener esa perspectiva crítica.
-Hoy, el periodista crítico, el que fiscaliza, ¿es una rara avis o cada vez es más necesario y hay más periodistas con la intención de hacerlo, pase lo que pase?
-Yo creo que en el ámbito que he conocido, que es el del periodismo científico, sí que ha habido un cambio grande, pero también en la sociedad. Antaño, cuando se hablaba de comunicación científica, una parte de la población general e incluso de la propia comunidad investigadora entendía que los periodistas eran una suerte de traductores. Hoy, por suerte, se entiende que el periodismo científico tiene que aportar esa perspectiva crítica y que, gracias a esa labor periodística, vigilante y de rendición de cuentas, que creo que está, por fortuna, extendida en España y que realizan muchos y muchas periodistas de ciencia, esa perspectiva crítica que tiene que tener el periodismo es una realidad. También debe aplicarse en un ámbito de mayor complejidad o con más tecnicismos, como puede ser el de la ciencia y la tecnología. El periodismo tiene que informar y tiene que hacerlo de forma crítica y rigurosa, sea de política, de economía o también de ciencia y tecnología. Creo que esa perspectiva más crítica y esa alfabetización mediática han llegado. Puede haber excepciones, pero creo que todos somos más conscientes de la importancia de esa labor informativa.
“El conocimiento científico siempre es provisional, está sujeto a que haya nuevas evidencias científicas y eso también es difícil transmitirlo”
-Y, al tiempo que somos más conscientes, ¿cree que se nos pone más difícil a los periodistas investigar?
-Sí, yo creo que la falta de tiempo siempre ha sido una limitación y una barrera importante, pero es verdad que estamos en una época complicada por todo el tema de la desinformación y de los bulos. Quizás también es importante que esa mirada crítica que tiene que tener el periodismo la hagamos extensible a toda la sociedad y a toda la ciudadanía. Que cualquier información que nos llegue por redes sociales o por servicios de mensajería como WhatsApp o Telegram no nos la creamos en un primer momento, sino que dudemos. Al final, esta idea del pensamiento crítico, que está muy extendida en la ciencia, de la duda, del método científico, de ser escépticos, de esperar las evidencias y contrastar la información, que también es una labor periodística, creo que son buenos ejercicios y buenas tareas para toda la sociedad. Tener ese punto vigilante y escéptico, no creer todo lo primero que te llega, ayudaría también a la propia labor informativa.
-¿Cuál es la investigación que más le ha sorprendido de todo lo que ha hecho y cuál le ha costado más?
-Estuve prácticamente 15 años trabajando en periodismo científico. La verdad es que abordo temas diferentes, todos relacionados con la ciencia y la tecnología. En el ámbito del acceso a la salud ha habido varias investigaciones. Creo que una muy bonita que hice en el seno de la Fundación Civio fue una investigación sobre el acceso a la atención a la salud mental en toda Europa. Fue un trabajo muy difícil porque apenas había datos concretos sobre cómo era, por ejemplo, la atención psicológica en el sistema sanitario público de un montón de países europeos. Esa investigación fue muy costosa porque, además, la hicimos justo coincidiendo con la pandemia. Habíamos empezado antes, pero nos pilló el coronavirus por medio, se paralizó todo y fue más complicado realizarla. Recuerdo ese trabajo como muy costoso, pero a la vez fue muy gratificante poder aportar datos por primera vez comparando distintos sistemas sanitarios públicos: cómo eran las listas de espera en los distintos países, qué recursos había en cada Estado… Comprobamos que en España, pese a que cuesta mucho que te atienda un psicólogo en el sistema público y a las listas de espera, aun así estamos mejor que otros países, con lo cual te da un poco más de perspectiva. Fue muy costosa, pero a la vez muy gratificante por poder aportar luz en ese sentido. Y luego, la última investigación que publiqué en Civio sobre la incorporación de sistemas de inteligencia artificial en el Sistema Nacional de Salud también fue muy costosa, precisamente porque cada día, cada semana y cada mes se incorporaban nuevos sistemas en cada una de las comunidades autónomas y el cambio era muy acelerado. Pero también fue gratificante poder dar esa primera fotografía que no se había hecho hasta ahora en España y comprobar que algunos de esos sistemas que se estaban promocionando como grandes avances y grandes proyectos también podían tener sus costuras y había que pensar bien su incorporación. De alguna forma, son dos investigaciones sobre acceso a la salud muy gratificantes para mí, por aportar esa primera perspectiva y esa imagen un poco más inédita de lo que estaba ocurriendo.
-Son investigaciones con una perspectiva que va más allá de las fronteras bercianas, pero, mirando de reojo a la comarca, ¿en algún momento se le enciende la chispa por investigar esas denuncias sanitarias que han movido a OncoBierzo?
-La situación me preocupa mucho en El Bierzo, en particular. Creo que la labor que se está haciendo desde plataformas como OncoBierzo es fundamental. Me parece importante que los servicios sanitarios públicos lleguen a toda la ciudadanía y a quien más lo necesite. Parte de esas investigaciones es verdad que tenían una perspectiva más nacional, incluso europea, pero lo que buscábamos era dar a conocer esas brechas y esas inequidades. Hicimos también algunos trabajos relacionados con la atención en reproducción asistida, por ejemplo, o con otros ámbitos relacionados siempre con el acceso a la salud. Esa inequidad era evidente entre comunidades autónomas y, a veces, entre países. Es preocupante lo que ocurre en El Bierzo y ojalá que de alguna forma se pongan recursos. Ahora me pongo un poco la bata más de profesora universitaria: desde la perspectiva de la justicia y la equidad siempre es complicado gestionar la distribución de recursos sanitarios, porque es cierto que los recursos no son infinitos. Pero creo que en un ámbito tan sensible, tan delicado y tan importante como la sanidad o la educación deberíamos priorizar totalmente ese acceso. Son servicios esenciales para la ciudadanía, para asegurar una esperanza y una calidad de vida y el bienestar de las personas, y también para asegurar el propio desarrollo de la sociedad. No nos podemos quedar atrás en educación y sanidad pública y hay que reivindicar que haya más inversión.
“Cuando una persona se equivoca al tomar una decisión, lo hace en un solo caso, pero si se equivoca un sistema de inteligencia artificial, el impacto erróneo y perjudicial se multiplica por mucho”
-También en estos años ha escrito un libro —hablando de falta de igualdad— sobre el acoso en la ciencia. ¿Qué le llevó a investigar una realidad que a todos nos parece un poco alejada de los laboratorios?
-La verdad es que fue una iniciativa que surgió por parte de la editorial que publicó el libro, una editorial que lamentablemente tuvo que cerrar hace unos meses y que trabajaba en temas relacionados puramente con la divulgación científica. Me propuso investigar estos temas en un momento en el que había explotado el MeToo en otros países, sobre todo en ámbitos relacionados, por ejemplo, con el cine, con el caso de Harvey Weinstein en Estados Unidos. También habían salido casos en universidades de fuera, pero no se había hecho un trabajo más sistemático sobre qué ocurría en España. Sí que es verdad que habían salido algunos casos, pero era más un goteo que una fotografía más completa. Propuse hacer una investigación periodística basándome en entrevistas con fuentes expertas y en la consulta de fuentes documentales y bases de datos para hacer una fotografía, una radiografía mejor dicho, de qué ocurría en España, si había menos casos o si es que salían menos a la luz. Tuve la fortuna de poder entrevistar a profesionales de ámbitos muy diferentes, desde la psicología al derecho y la criminología, así como a personas especializadas en temas relacionados con la igualdad de género. Pude entrevistar a varias víctimas de situaciones de acoso sexual y por razón de género en la universidad. Lo que habían vivido eran situaciones de extrema dureza que podían ayudar a otras personas a identificar estas situaciones, que ocurren en muchas ocasiones y no se saben identificar bien. Me refiero al acoso sexual y por razón de género, pero también ocurre con otros tipos de hostigamiento, por desgracia. Son situaciones muy graduales, que van escalando poco a poco, y es difícil percibirlas porque, además, suelen ser conductas perpetradas por personas del entorno, que no son desconocidas. Habitualmente también se dan en relaciones jerárquicas: por ejemplo, del profesor universitario hacia una alumna o del director de tesis hacia una doctoranda. Suele ser también lo habitual que las personas que acosan sean hombres y las personas acosadas, mayoritariamente, mujeres. Lo que ocurre es que estos sistemas de acoso perpetúan situaciones de machismo y discriminación. En el ámbito de la ciencia, por mucho que a veces se piense que es una burbuja y por mucho que se hable de la objetividad y de las evidencias científicas, la ciencia la hacen seres humanos de carne y hueso. Los problemas que ocurren en la sociedad también suceden, por desgracia, en la investigación, en la universidad y en los centros de investigación. De hecho, hay estudios que plantean que existe un cierto paralelismo entre una estructura como pueden ser los ejércitos y las universidades, por ser estructuras tan jerárquicas. Esto es un problema y hay desigualdades evidentes y situaciones de precariedad que no ayudan. El libro hacía un recorrido por distintas visiones del ámbito del acoso: quiénes son las personas que acosan, que no han sido muy estudiadas y sobre las que, de alguna forma, tampoco tenemos mucho conocimiento; qué se puede hacer al respecto con los protocolos y qué medidas pueden ayudar a las víctimas de situaciones de acoso. Era un recorrido por distintos prismas para intentar concienciar, visibilizar y prevenir ese tipo de comportamientos.
-¿Ese libro consiguió algún cambio?
-A través de las presentaciones que pude hacer sí que he conocido algún caso de personas que, leyendo el libro, se dieron cuenta de que podían estar siendo o habían sido víctimas de acoso. Es difícil ponerle nombre a conductas que te hacen sentir mal, pero que igual tardas en identificar y en nombrar. La propia palabra «acoso» es algo que está muy estudiado en el ámbito de la criminología: tardas mucho en concienciarte de que esas actitudes lo son. Nombrarlo tú misma y hacerlo con otras personas cuesta mucho a las víctimas y a las supervivientes de acoso. Creo que ayudó un poco a visibilizar esto y también removió cómo se estaban haciendo los protocolos y las atenciones desde las unidades de igualdad y desde la propia Administración General del Estado. Tal vez pudo ayudar, sobre todo, a visibilizar, a que se hablara de este problema y a que se tomara un poquito más de conciencia de que la ciencia no es una burbuja aparte, sino que tiene los mismos problemas que existen en la sociedad, de precariedad y acoso.
“La ciencia no es una burbuja aparte, sino que tiene los mismos problemas que existen en la sociedad de precariedad y acoso”
-Y todo esto empezó por estudiar Biotecnología en la Universidad de León. ¿Qué queda de aquella universitaria que empezó aquí?
-Pues queda mucho. Ojalá siempre quede esa parte de curiosidad que me llevó a estudiar la carrera. Queda mucha ilusión por intentar hacer el mundo un poquito mejor desde los granitos de arena que puedo aportar y que, con otras personas, a lo largo de mi vida he podido trabajar y contribuir. Queda un poco esa necesidad de, no solo hacer ciencia, sino de que sea accesible a todo el mundo y de que todos, como ciudadanía, nos beneficiemos de las ventajas de la investigación y de la innovación, que son muchas, e intentemos minimizar o reducir sus riesgos y perjuicios al máximo. Es algo que también ahora, como docente, intento transmitir al alumnado en las clases que doy aquí, en la Complutense, sobre todo en la carrera de Medicina: que tengan esa visión crítica y esa perspectiva de que todas las personas merecen ser reconocidas y tratadas con respeto y dignidad. Y que esos avances científicos y tecnológicos lleguen a todo el mundo, sobre todo a quienes más lo necesitan.
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