«…. Poseída por el impulso de decir lo que no había dicho nunca, de romper impúdicamente su apocamiento y su decoro, será que ella te hace cosas que a mí me habría dado asco hacerte y que parece que es lo que quieren todos los hombres y por eso van a esas casas inmundas». Nada más de acabar la lectura de estas palabras, en el libro ‘La noche de los tiempos’, del escritor jienense Antonio Muñoz Molina, a mi mente me vino la imagen de un letrero luminoso en un edificio de la Ponferrada de la década de los 60 del pasado siglo. El citado inmueble se levantaba en la esquina de la confluencia de la actual calle Dos de Mayo -actualmente numerado con el número 19- con la de Isidro Rueda, en un lateral de la fachada un letrero donde se podía leer ‘Sala Casablanca’, en horizontal. La contemplación del mismo daba una imagen de algo enigmático que, junto a la tonalidad grisácea de su fachada, creaba un ambiente oscurantista. Añadir el lamentable estado de abandono y dejadez, totalmente inhabitable en esa época. Era un casalicio que calificaríamos con un matiz de antro y de mala reputación en el más amplio sentido de la palabra, rayando en la pecaminosidad.
Años después -ya siendo un joven, camino de ser un adulto ‘hecho y derecho’-, conseguiría resolver el tipo de actividad o negocio que se había desarrollado en aquel local, para así quedarme claras las dudas y averiguar lo insondable que durante varios años había anidado en mi mente. Pensamientos mezquinos, cargados de cierto grado de prostíbulo con acento sibilino ante las creencias religiosas y morales recibidas en mi formación académica. Recuerdo los comentarios escuchados en boca de los adultos de aquella época. ‘Casablanca’, en su época dorada y de esplendor, vendría a ser un local de diversión nocturna en el que se ofrecían espectáculos diversos como podría ser baile, canto o música. En un ambiente de una decoración oscura, con luz tenue y un marcado acento de intimidad y arcano.
Había mesas de juego con la mítica partida del giley y cierre de negocios -algunos al límite de la ilegalidad-. El dinero florecía en abundancia en época del wolfran y el estraperlo. Dicho mineral era de color negro con brillo resinoso que se ofrecía al mejor postor. A lo largo del año 1942 se llegó a contabilizar hasta un total de quince registros de explotación de él en la zona de Ponferrada. En cuanto al estraperlo, resultaba ser un mercado negro donde se podían adquirir productos de primera necesidad e incluso de lujo. Este tipo de negocios llevarían a la ruina total a familias de la ciudad con una buena solvencia económica -ricos- y una buena posición social.
Por entonces, circulaban también rumores sobre zonas reservadas para tomar una copa acompañado de chicas ‘de la casa’ con el fin de mostrar sus ‘dones’ y ‘encantos’ -corporales- con un bello semblante y una sonrisa pícara. Posible negocio de sexo, demandado por un sector masculino, a veces jóvenes solteros y otras de lo denominado viejo verde.
La oscuridad de la noche, el aliado ideal para mantener el anonimato de alguno de sus clientes. El establecimiento, a lo largo de su historia, tuvo otros nombres como Suleica, Dólar e incluso creo recordar el de Kung-Fu. Con el transcurrir de los años se pasó a denominarse Tropical, que le dio un cierto aire de ritmos caribeños.
Sus espectáculos resultaban atrevidos y con un cierto matiz sexual. Las quejas que manifestaban en su mayoría los habitantes de la ciudad eran que las actuaciones de aquellas ‘artistas’ llevaban un marcado acento de escenas que rayaban y producían vergüenza. Se afirmaba con rotundidad que iban desnudas o casi desnudas lo que le denotaba una clara manifestación pornográfica. A tener en cuenta los valores morales de la sociedad de aquella España nuestra, donde predominaba un pensamiento basado en unos principios de gran exaltación nacionalista con el lema de España: ‘Una, grande y libre’, unido a unos principios morales con unas fuertes convicciones de catolicismo -rígido y rancio-, todo ello con un fuerte prisma de represión y falta de libertad sexual (todo era pecado).

Como lugares históricos y que causaron una innovación en el mundo del espectáculo de la localidad, anteriores al de Casablanca, citar el café-teatro de Héctor Nieto Caamiña, en la esquina de la actual calle de Isidro Rueda con la Avda. de España, que conocí como calle del Capitán Losada (carretera a Orense). Allí se representaban espectáculos de variedad llegados de todo el mundo, sobre todo el Can Can, así como de un tal Monopol, en la calle Antolín López Peláez, en el año 1925. Este último establecimiento causaría un duro impacto y críticas por gran parte de la sociedad ponferradina del momento. Con el fin de acallar los comentarios negativos de las gentes, -pues gozaba de una mala fama- se dice que no se trataba de un cabaré, ni un café de camareras, sino de un local de ‘lujo, atractivo y moral’.
La ciudad sufriría una crecimiento demográfico e industrial de los más importantes en todo el noroeste del territorio nacional. En el aspecto industrial sirvan de muestra la empresa de nombre Minero Siderúrgica de Ponferrada. En 1918 se inician las obras del ramal ferroviario Ponferrada-Villablino y la explotación masiva del carbón; en 1945, comienzo de dos importantes obras: la construcción del Canal Bajo del Bierzo y del embalse Fuente del Azufre; el 18 de julio de 1949 entra en funcionamiento la Central Térmica de Compostilla I; año 1954, los cotos férricos de Wagner y Vivaldi ven la luz de su explotación en la zona del municipio de San Miguel de las Dueñas; 1955 se trabaja en la construcción del embalse de Bárcena; en 1957 monta su planta Siderúrgica Roldán SA en Santo Tomás de las Ollas con el objetivo de obtener aceros directamente del mineral de hierro; y en el año 1959 se inicia la construcción de la segunda Central Térmica Compostilla II en el término municipal de Cubillos del Sil, a 10 km. de Ponferrada.
En el aspecto demográfico su aumento queda demostrado con los números de población de la capital berciana. En 1920, el censo era de 9829 habitantes; en, 1930 pasa a 10.785; posteriormente, en los años 40, 50 y 60 sigue creciendo a los 13.008, 23.773 y hasta los 37.053 habitantes en cada una de las décadas respectivamente citadas. Vendrán gentes de diferentes puntos de la península Ibérica, principalmente Andalucía, Extremadura, Galicia y la cercana Zamora a la que se sumarían bercianos de los pueblos de los alrededores de Ponferrada. Así se produciría el primer éxodo de zonas rurales a la ciudad en la comarca. Como consecuencia de este gran auge económico de aquella Ponferrada, se la empezaría a conocer con un sobrenombre: la ‘Ciudad del Dólar’. Era una muestra ilustrativa del cambio que sufriría, es el paso de villa a su declaración como ciudad, pero muy falta de un plan urbanístico concreto para afrontar el reto de transformación que estaba sufriendo la localidad que no pasaba de ser un pueblo grande con gran carencia de infraestructuras de todo tipo para llegar a ser una urbe moderna y acorde con los tiempos que se avecinaban.
Habiendo situado el marco temporal, regresemos a la Sala Casablanca. Reconocida como casa dedicada a la prostitución (burdel o citas), era una edificación de planta baja y planta superior que se situaba en la zona llamada ‘El Bosque’, por la zona del actual barrio de la Estación -cruce entre Batalla de Bailén y el Camino El Bosque-. En su época de inicio estaba alejada del centro urbano, diríamos como en el extrarradio, con muy pocas casas y diseminadas. Otro nombre de la época era El Chigrín, en el entorno de la barriada de Flores del Sil, cuyas prestaciones venían a ser muy similares a las citadas al comienzo, según las gentes que vivían en el barrio y entorno más próximo.
Como dato histórico tenemos que del año 1941 al 1956 la prostitución en España fue legalizada y regulada por el régimen de Franco. Las normas de conducta, para hombres y mujeres, ya en esa época, no resultaban nada igualitarias. La mujer era educada para pertenecer a un solo hombre y además debería conservar la virginidad para el matrimonio. El hombre, por su parte, se le aconsejaba ser casto hasta el matrimonio, pero no se veía con malos ojos las relaciones con prostitutas como ‘escuela’ en las artes del amor.
Ir de burdeles con cierta frecuencia o de forma ocasional era algo común para el género masculino en aquellos tiempos, incluso desde edades muy tempranas. No estaba mal visto, ni recibía crítica negativa o reprobación moral alguna. La aceptación de dicha práctica era algo habitual, valga como muestra que, en algún sector del mundo laboral y ciertos negocios los propios compañeros, recolectaban fondos para llevar al aprendiz a que tuviera su primera experiencia sexual en uno de estos establecimientos.