Ruth Prada, Las modernas y una gran novela

Ruth Prada llega por primera vez hasta las Cartas a ninguna parte con una novela, Las modernas, tan imprescindible como necesaria

Ruy Vega
29/10/2023
 Actualizado a 29/10/2023

Un grupo de estudiantes saltó a la calzada delante del autobús, que al frenar de golpe levantó de sus asientos a las chicas que iban a bordo. Las cabezas de Catalina y Manuela entrechocaron al volver a caer sentadas pero no dijeron nada, se quedaron mirando por la ventanilla: una bandera roja se mecía provocadora en la fachada dela Universidad Central». Las modernas nos traslada a una época ahora lejana, finales de los años veinte, y a un instante de gran peso en la historia de España. Papá, hoy te traigo por primera vez a Ruth Prada, la talentosa escritora que tuve la fortuna de conocer este mismo verano. 

Esta novela nos traslada a un momento trascendental y de gran repercusión para lo que posteriormente fue nuestro país. Bajo la mirada de Catalina, la protagonista, la autora nos describe no únicamente la vida de la sociedad española en aquel momento, sino también el día a día de las mujeres, y sobre todo, de aquellas que miraron a los ojos a un destino injustamente marcado y que lucharon por tomar las riendas de su vida.

 Esta novela, con un lenguaje cuidado y un, sin duda, gigantesco trabajo de documentación, está dentro de los textos que estoy seguro que te hubiera gustado leer (quizá lo puedas hacer, quién sabe lo que podemos o no podemos / queremos hacer desde allí). Sin duda, construir y ambientar la trama ha llevado a la autora cientos de horas, días interminables y tardes de meticuloso estudio.  Catalina, nuestra joven protagonista, como te comentaba, se revela contra un camino marcado, contra unas normas impuestas y contra un destino no buscado para luchar por su propio universo de vida. Por lejano que parezca, por muy extraño que nos resulte cien años después, en el momento en el que transcurre Las modernas, el solo hecho de estudiar una carrera era algo impensable para una mujer: «Ella también podía ser una estudiante. Ya se veía viviendo en Madrid, en ese chalé que se veía al fondo de la fotografía en la que unas chicas jugaban al tenis. Universitaria y sofisticada, eso es lo que quería ser», podemos leer en los primeros capítulos. 

La protagonista intenta romper el muro social, lo hace con todas sus fuerzas, dando un salto desde Villafranca del Bierzo a Madrid, la gran capital. Parte de la novela transcurre precisamente en Villafranca, lo que le da un aire mágico y cercano a los que hemos tenido la suerte de poder pasear entre sus calles infinidad de veces: «A continuación el taconeo nervioso subiendo la escalera del torreón y el chirrido de las patas de la butaca que su madre cambiaba de posición hasta conseguir el punto de vista que le interesaba ese día: giraba hacia la colegiata, enfrentada a los soportales donde estaba la farmacia o en diagonal a la calle Mayor […]. Así empezaban todas las mañanas, también esta de domingo en la que don Ernesto había salido a primera hora y desayunaba en la terraza del café Central».

En ocasiones me pregunto cómo seríamos cada uno de nosotros si nos hubiera tocado vivir en aquel momento. Es muy fácil caer en la tentación de ser tajante en la respuesta. Probablemente tomaríamos una decisión y llegaríamos a una conclusión desde nuestro punto de vista, cien años más tarde, pero quizá no sea tan fácil ponerse en la piel de aquellas personas que lucharon por un futuro mejor y más justo, un futuro como el que intentaron romper sobre lo escrito las mujeres que nos describe la novela: mujeres de distintos perfiles y formas de ver la vida, pero con un interés común por su futuro, por su propio futuro. Ruth Prada, su autora, se sirve de Catalina y sus amigas para llevarnos a ver el mundo desde los ojos de quienes lo vivieron. Podemos leer, en los primeros capítulos tras su llegada a la capital: «¿Habrá más chicas en clase? Ojalá. ¿No te parece demasiado corta esta falda? Qué dices, si te tapa las rodillas. ¿Serán muy duros los profesores? Pues claro, esto es la universidad. ¿Cómo será estar entre tantos chicos?». Venga, un ejemplo más. Creo que no será necesario decir mucho más, tan solo te voy a escribir lo que un chico le dice a nuestra protagonista sobre la dureza de los profesores en los estudios: «A vosotras, son más exigentes con vosotras». 

La vida para Catalina da un giro, un cambio inesperado. El plan, su plan, se ve detenido en lo pretendido por una pregunta que ella no plantea y que, de hacerlo, tiene clara la respuesta, pero no todos lo ven así. La llegada a su vida de un noviazgo hace sonar campanas en su entorno, llegando a decisiones que ella, ni siquiera, se ha planteado. Papá, la novela nos lleva a distintas reflexiones, a dejarnos espacio para pensar sobre la realidad, sobre lo que se ve y lo que no se ve. Para ello, la escritora nos va poco a poco introduciendo, como pinceladas de un lienzo mayor cuyo conjunto lo hacen único, líneas y párrafos que sirven para que entendamos mejor el momento.

Podemos leer, por ejemplo: «Él la agarró del brazo para cruzar la calle y le preguntó qué había hecho esos días; ella le dijo que estudiar para los exámenes. Ella le preguntó qué había estado haciendo él, porque deseaba que le diera una explicación que alejara sus temores, pero Álvaro le contestó que luego se lo explicaba con calma. […] Álvaro era tan maravilloso que no podía creer que le hiciera caso a ella, porque, seamos sinceros, no era más que una cría comparada con las mujeres con las que se relacionaría él, un hombre hecho y derecho, un ingeniero, con tanto mundo».  Y así, poco a poco, Ruth nos lleva a sumergirnos en la lectura de Las modernas, haciéndonos devorar páginas y páginas sin darnos cuenta. Logra una trama entretenida, pero no solo eso, sino que también nos facilita poder entender mejor un periodo histórico de nuestro país. Al igual que me ocurría con Cicatrices de charol, de Berta Pichel, al leer la novela tengo la sensación de que el contexto histórico que nos describe, con continuas referencias a hechos, calles, lugares e incluso publicaciones del momento, ha llevado tantas horas como la redacción en sí. Me parece un trabajo inmenso, muy difícil. Ya sabes, de esos libros con los que no solo pasas un buen rato, sino que también aprendes. Ver la vida como una joven que desea estudiar, que quiere formarse en un mundo en el que su función social estaba muy alejada de ese concepto es algo que le da un carácter de imprescindible a esta novela.

 He tenido la fortuna de conocer a Ruth Prada, de compartir con ella presentación, de compartir con ella un café, de compartir con ella el amor por la literatura y las buenas historias. Sé que nos volveremos a encontrar, por eso te confieso aquí, papá, que ojalá que escriba pronto una nueva novela, ya que desearé leerla de nuevo, porque estoy seguro de que, como en este caso, no solo me entretendrá, sino que también me servirá, como las buenas historias, para reflexionar. 

Papá, el mundo, muchas veces, ha sido injusto. Quizá no ha llegado a ser justo en ningún momento, puede que no lo sea nunca. Y todo ello es por nosotros, por nuestra sociedad, tan cargada de injusticias y lucha por los intereses individuales, aun cuando ello vaya en la dirección contraria a los intereses comunes. Por eso vidas como la de Catalina, la plasmada en la Residencia de Señoritas y muchas otras vidas, fueron tan necesarias. Muchas y muchos que lucharon, que se entregaron a las causas justas. No sé, a veces creo que vamos por el camino correcto, otras pongo las noticias y opino lo contrario. 

Donde ahora te encuentras todo será mucho mejor. Los años que pasamos aquí deberían de tener como único objetivo dejar un mundo, cuando nos vayamos, un poquito mejor que el que encontramos al llegar. No siempre es así (si bien es cierto que muchas cosas han mejorado y estamos a años luz de distancia de otras épocas). Pero lo que sí que tengo claro es que si todos nosotros al menos tuviéramos tan solo una décima parte de tu forma de ver la vida y de tu generosidad, hoy en día el sol iluminaría a todos, y no iluminaría solo a unos y quemaría a otros. No pasa ni un día en el que no lo piense, no pasa ni un día en el que no esté seguro, también, de que no es inmortal el que nunca muere, sino el que nunca se olvida. 

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