La calle del Rañadero, antaño con el nombre de Mateo Garza —farmacéutico, alcalde y dramaturgo, quien tuvo una de las mejores y más modernas boticas en la plaza de la Encina—, es una de esas vías cuyo nombre refleja claramente su origen tradicional y funcional dentro de la villa medieval. Su recorrido está perfectamente delimitado: la plaza de la Encina —su comienzo— y la plaza de las Nieves —su final—. En el siglo pasado estuvo empedrada con pequeños cantos rodados, lo que la hacía incómoda y sucia; sería pavimentada en enero de 1933, borrándose así aquel antiguo empedrado.
El término «Rañadero» proviene del verbo rañar, que en el contexto antiguo hacía referencia a limpiar, raspar o preparar pieles y materiales, especialmente en actividades relacionadas con oficios artesanales. Todo apunta, por tanto, a que esta vetusta calle fue un espacio donde se desarrollaban actividades industriales artesanales, vinculadas —probablemente— al curtido de pieles, la limpieza de restos animales y los procesos previos a la elaboración del cuero.
Las actividades más molestas o con olores fuertes —como el curtido— se situaban en zonas concretas, a menudo cerca de corrientes de agua para facilitar el trabajo y alejadas de las áreas más nobles o residenciales. La calle del Rañadero encaja dentro de este patrón.
Hoy, la calle forma parte del entramado histórico que rodea el casco antiguo, cerca de puntos tan emblemáticos como el Castillo de los Templarios y la Basílica de la Encina. Ahora tal vez muestre una imagen un tanto lóbrega, a modo de suburbio marginal. Sin embargo, su mayor esplendor y apogeo comercial se sitúan entre los años 20 y 60 del pasado siglo. Si nos acercamos, más concretamente, al período comprendido entre los años 60 y 70, acuden con cierta nitidez a la memoria los nombres de algunos de aquellos comercios o negocios que en algún momento estuvieron ubicados a lo largo del trayecto de esta calle.
Por una de sus márgenes: Aurelio Álvarez González, vinos y comidas; «El Descanso», Benito Macías Gallego; «Destilerías Leonesas, S. A.», fábrica de alcoholes y aguardientes compuestos, Manuel Martínez Caballero; «Doña Sara», librería; Casa Rico, medias de nylon; Relojería Rico, Certina, un gran reloj; Dositeo, mercería; Hermanas Vals, taller de ropa y sombreros; Ángel Cacharrón, librería e instrumentos musicales; Isidro de Cal, pescadería; relojería Gabaldón; Castro, básculas y balanzas, cortadores de fiambre, cafeteras exprés; Pedro y Antonio González —herederos de Ramón González—, instalación de calefacción, cuartos de baño y hojalatería; Ramón, carnicería; Julio Martínez, loza, cristal y objetos de regalo; establecimiento de máquinas de coser Singer y Alfa; armería «Eibarresa», objetos de pesca. Hacia la zona de Tras la Cava, no debe olvidarse el bar Mira el Río.
En la otra parte de la calle: Quico “Nieto”, ultramarinos, quesos y fruta; Foto Madrid; una librería con Lola “la de los gallos” al frente; Pío Suárez, comestibles y frutas; Bazar Blanco; escuela de don Vitaliano; Casa F. Martínez, comestibles y frutas; «Sastrería Americana», Gumersindo Pérez Casal, con gran surtido en abrigos, pañería y artículos para caballero.
A los pies del Rañadero, en la actual plaza de las Nieves —en aquellos años, plaza del 18 de Julio—, abierta a la carretera Madrid-La Coruña (Nacional VI): Bazar Barredo, de Victorino Barredo; «José Cubelos», acreditada casa de comidas y bebidas; «Cayetano Fernández», farmacia. Desde aquí, en su ascenso, nos conduce a la plaza de la Encina —no confundir con la Calzada, que nos llevaría a la plaza del Ayuntamiento—.

El Rañadero ha sido —y sigue siendo— paso obligado para los peregrinos del Camino de Santiago Francés, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. La calle actúa como nexo, a modo de cordón umbilical, entre el casco antiguo y el centro urbano, gracias al puente de la Puebla, conocido popularmente como el de Cubelos, en sus inicios el pons ferrata.
Los acontecimientos a relatar a continuación quedarán en los anales de la historia de Ponferrada. Se proyectan en dos direcciones: una mira al pasado, con la historia de su famoso Arco de las Nieves; la otra, al asesinato de la niña Soledad Sembranes.
El Arco de las Nieves fue una de las antiguas puertas de la muralla medieval de Ponferrada, construida en el siglo XIII en época templaria. Formaba parte del sistema defensivo junto a otras puertas como la Puerta del Reloj, la Puerta del Comendador, la Puerta del Paraisín y la propia Puerta de las Nieves. Su desaparición en 1864 simboliza el paso de la ciudad amurallada a la urbe moderna.
En lo que respecta al asesinato de Soledad Sembranes Negral, ocurrido el 23 de abril de 1960, conmocionó profundamente a la ciudad. La menor, natural de Castroponce de Valderaduey (Valladolid), fue asesinada en una vivienda de la calle por José Luis Monteagudo Blanco. El caso tuvo una enorme repercusión social y quedó grabado en la memoria colectiva de Ponferrada.
Para quienes éramos niños, aquello marcó un antes y un después: descubrimos el dolor y la maldad, perdiendo parte de la inocencia. La memoria de la niña permanece como una sombra persistente en el recuerdo.
El Rañadero sigue siendo esa misma calle que recorremos en momentos como la Semana Santa, las fiestas de la Encina o celebraciones tradicionales. Parece callado, pero no lo está; solo espera a que alguien lo camine despacio para volver a contar su historia.