De siempre y para siempre, quien se sitúa en el centro de la Plaza de la Encina acaba levantando la mirada hacia la torre de la basílica, la Giralda del Bierzo, apelativo nacido del cariño que le profesan muchos bercianos. En su campanario resuenan nombres cargados de historia, como la campana de «S. Pío X», en honor al papa que decretó la Coronación en 1908, o la de «Santa Bárbara», conocida popularmente como la campana del fuego.
Desde hace unos años, tanto quienes viven en Ponferrada como quienes llegan de fuera pueden escuchar, en torno a las doce del mediodía y a las seis de la tarde, los acordes de «A Ponferrada me voy», interpretados por el carillón instalado en la torre de la basílica. Es una de las canciones más tradicionales del folclore berciano y una de las que mayor arraigo popular conservan. Se canta en reuniones familiares, actos populares, acontecimientos deportivos o encuentros de amigos. Con el paso del tiempo, ha terminado por convertirse en un símbolo reconocible —casi a modo de himno— del espíritu bercianista, que refleja el profundo vínculo y cariño de sus gentes por su tierra.
La letra hace referencia directa a la Virgen de la Encina, patrona de El Bierzo, y habla también de una forma de vida tradicional ligada a la tierra. Aparecen el campo —«que se seca toda la ribera»—, los pimientos —«que se secan los pimientos»— y el vino —«que se seca el buen vino»—. Y, como broche final, aparecen los portadores de la imagen, fácilmente identificables al haber quedado prendidos en la memoria popular: «los cuatro pimenteros de Ponferrada».
Hoy, basta un ejercicio de memoria para devolverle el movimiento de otros tiempos. Allí estuvieron los comercios que durante décadas le dieron vida: la frutería «Manila», de Demetrio y Ramón Tahoces, ultramarinos y frutas selectas, cuyo nombre procedía de un antepasado que había trabajado en Filipinas y había traído mantones de Manila como regalo; Valentín Fernández, «los Fornelo»; Casa Sierra, mercería y confecciones; Tejidos y Confecciones «El Sol», del señor Tomás, con su rótulo de «Camisería, ropa blanca y género de punto»; «Farmacia y Droguería Buelta»; Viuda de Adelino Pérez, dedicada a ferretería, batería de cocina, maletas y baúles; Benjamín Nieto, «la Lucha», comercio; Banco Urquijo Vascongado; Ramón, el de Molina, zapatero; hermanos Fernández Voces, «el Chato», hijos de José Fernández, con su tienda de tejidos y paquetería; Pedro G. Galán, almacén de calzado y almadreñas; Manuel Martínez Caballero, farmacia, droguería y lubricantes, con un surtidor de gasolina enfrente; Miguel González, «El Bolero», carnicería; Sinforiano Fernández Castro, tejidos, prendas de vestir y mantonería, «la casa que más barato vende»; Casa Romero, pastelería, bazar y objetos de regalo. También tuvo aquí su lugar Casa Rimor, de la familia Arias.

Muchas de aquellas tiendas estaban regentadas por gentes de la propia villa o por personas llegadas de pueblos cercanos, como Molinaseca, Los Barrios, San Esteban, Montes o Compludo.
En uno de sus extremos, un pasadizo o arco abría paso hacia la calle Tras la Cava. Allí estaban Paco y Ángela, con su vino de cosecha; la pulpería y casa de comidas Las Cuadras, a la que también se podía acceder desde la calle Gil y Carrasco; y Segundo, herrador.
Todos ellos son nombres que quizá hoy digan poco, pero que, al evocarlos, devuelven a la plaza una parte de aquella vida cotidiana que el tiempo se ha llevado. Basta con añadir sonidos: el golpe de los cascos de los caballos sobre el empedrado, el chirrido de las ruedas de los carros, las voces de los campesinos o el bullicio de quienes acudían a vender y comprar pan, queso, hortalizas y otros productos agrícolas. Durante décadas, el mercado se celebró los miércoles y los domingos, hasta que, a partir de 1943, pasó a celebrarse los sábados.
Con el tiempo, aquel mercado tradicional dejó de celebrarse regularmente en la Plaza de la Encina por distintas razones, entre ellas la falta de espacio y la suciedad que generaba. Las aglomeraciones llegaron incluso a invadir el atrio de la basílica, circunstancia que provocaba el rechazo del párroco de la época. La ciudad estaba creciendo y Ponferrada se extendía hacia la parte baja, hacia la Puebla. Hacían falta espacios más amplios y aquella transformación terminó llevando a la planificación de una plaza de abastos.
Hoy, la principal actividad comercial ambulante se concentra en torno al Mercado de Abastos y en sus calles próximas, los miércoles y los sábados. La Plaza de la Encina queda reservada para ferias de manera excepcional y para momentos puntuales.
El santuario de Nuestra Señora de la Encina es un edificio religioso construido entre los siglos XVI y XVII. La iglesia se levantó hacia finales del siglo XVI, sobre planos atribuidos a Juan de Alveras, y la torre se construyó posteriormente, ya en el siglo XVII, aunque sufrió modificaciones después del impacto de un rayo. Sus naves están cubiertas por bóvedas de crucería y su fachada combina el mampuesto con la sillería. Su arquitectura responde a un estilo renacentista de transición hacia el clasicismo, con importantes añadidos barrocos. El retablo mayor pertenece a la escuela de Gregorio Fernández, mientras que la imagen de la Virgen de la Encina, conocida popularmente como la Morenica, es una hermosa talla gótica del siglo XV.

Cuenta la leyenda que la imagen de la Virgen de la Encina fue traída por santo Toribio desde Jerusalén hasta Astorga en el año 442. Muchos siglos después, durante la invasión musulmana, y por temor a que cayera en manos de los infieles, fue escondida en el corazón de una encina de un bosque berciano. Pasaron los años y, un día, unos caballeros templarios que cortaban madera para la construcción de la fortaleza de Ponferrada derribaron una de las encinas y se produjo el prodigio: en el interior del tronco apareció, intacta y luminosa, la imagen de la Virgen. Es una leyenda no probada, pero forma parte inseparable de la identidad de este lugar.
Una nueva página que incorporar a su historia es la del Museo de Arte Sacro y el Mirador de la Torre de la Basílica de la Encina, inaugurados el 30 de julio de 2026, que constituyen un nuevo atractivo cultural y turístico de Ponferrada. El proyecto, denominado «El Tesoro Inédito de la Basílica y Torre Panorámica de La Encina», ha permitido recuperar espacios de la torre y poner en valor una importante colección de patrimonio religioso.
El museo reúne aproximadamente 150 piezas relacionadas con la historia religiosa de Ponferrada, de la comarca de El Bierzo y de la devoción a la Virgen de la Encina. La colección incluye pinturas, esculturas, orfebrería, cruces procesionales y otros objetos vinculados al culto. Entre las piezas que destacan en el recorrido se encuentran la talla del Salvador de Montes, un cuadro realizado en nácar de la Virgen de la Encina, la cruz procesional de Santo Tomás y las conocidas piezas de ajedrez de San Genadio, además de diversos objetos de platería y piezas procedentes de iglesias y lugares de tradición religiosa del Bierzo.
La visita pretende contar la historia espiritual y cultural de la comarca. El recorrido se detiene en la devoción a la Virgen de la Encina, en los orígenes del cristianismo en la Tebaida berciana, en el Camino de Santiago e incluso en la relación entre religiosidad y tradición minera. La propia basílica conserva, además, un importante patrimonio artístico reunido y cuidado durante siglos. Entre las obras documentadas se encuentran pinturas de Juan de Peñalosa, retratos de Felipe V y de María Luisa Gabriela de Saboya y otras piezas vinculadas a la historia de la iglesia.
Una de las novedades de esta visita es que el recorrido culmina con la subida a la torre de la basílica: unos 155 escalones que conducen hasta el campanario y el nuevo mirador. Desde esta atalaya se abre una panorámica de 360 grados sobre la ciudad de Ponferrada y buena parte de la comarca de El Bierzo. Las vistas desde esta altura, hasta ahora cerrada al público, hacen de esta inmersión cultural algo más que un simple recorrido museístico.
Desde aquí, merece la pena acercarse, si es posible, al Castillo de los Templarios, ese «dinosaurio» monumental que forma parte esencial del patrimonio artístico y cultural de la ciudad. En su interior se encuentra Templum Libri, una exposición permanente de libros facsímiles —copias exactas de manuscritos originales—, libros de autor y obra gráfica. La colección permite contemplar reunidas algunas de las grandes joyas bibliográficas de la historia de la humanidad. Las piezas fueron cedidas por el bibliófilo berciano Antonio Ovalle García.
Muy cerca se encuentra también el barrio de San Andrés, de origen antiguo, nacido como arrabal —zona periférica— de la Ponferrada medieval. Sus calles pequeñas y sus pocas vías conservan todavía esa fisonomía característica de los barrios antiguos.
Al regresar a la Plaza de la Encina, quizá la mirada ya no sea la misma. Todo permanece, de alguna manera, en la memoria de las piedras. Porque hay lugares que no necesitan contar su historia: basta con permanecer en ellos el tiempo suficiente para que sea la propia historia la que vuelva a hablarnos.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.