Era muy joven, aunque no demasiado para aquellos tiempos, porque a los doce años ya sabía lo que tenía que hacer para ayudar en casa, a sus padres, a sus hermanos... y a las cuatro ovejas. Como siempre, tenía que apartarse para que sus hermanos tuvieran la oportunidad de acercarse a las ascuas que iban quedando después de que su padre hubiera echado más leños a la cocina baja, que así se llamaba a un trozo de gruesas baldosas que miraban, sin pudor, a las llamas que consumían los troncos más deprisa de lo que sus padres querían.
Familia numerosa, tiempos difíciles y las secuelas sangrantes de una guerra que alguien llamó civil, olvidando, quizá sin querer, lo de incivil. El enorme pote colgaba de la cambeira de madera, que giraba sobre una base vertical y que, años más tarde, recordaría poderosamente a las enormes grúas de las grandes obras.
No había más opción que calentarse al amor de la lumbre y luego, a toda prisa, ir a la cama para que la entrada entre las gruesas sábanas fuera más dulce. Con aquellas bombillas de escaso filamento de tungsteno era preciso darse prisa, porque se fundían en una veloz carrera contra el tiempo.
Así vivió Jesús Arias Jato, compartiendo desde niño los escasos alimentos con aquel peregrino que llegaba a deshora, con ropas raídas y algo parecido a unas alpargatas, que el desgaste del Camino había permitido que dejaran pasar el agua, el barro y, a veces, las espinas de los matorrales que encontraba a su paso.
En la casa de Arias Jato, el peregrino era sagrado y Jesús lo sabía. Aquella noche el caminante dormiría en el pajar o sobre la hierba amontonada en la bodega. El enorme plato de caldo nunca faltó al peregrino. Toda aquella bondad fue dejando huella en aquel muchacho espigado y curioso por todo cuanto acontecía en el Camino de Santiago.
Con pocos años, pero con la mente despierta, pidió a sus padres que le dejaran ingresar en un seminario de frailes. Eran unas manos que se perdían para trabajar, pero también una boca menos que alimentar y, entre recomendaciones y reticencias, un día se encontró impartiendo más absoluciones que escuchando la palabra de Cristo.
Una de sus hermanas siguió sus pasos y se hizo monja, lo que obligó a sus padres a multiplicar aún más los esfuerzos para sacar adelante a la familia, mientras los peregrinos comenzaban a aumentar, muy lentamente, igual que aquellos a quienes la guerra había arrebatado familias, ilusiones y trabajo.
Llegó un momento en que Jesús abandonó los hábitos. Sus padres ya no podían más y sus manos eran imprescindibles. Salir a ayudar a su familia no contradecía sus creencias y, con harto dolor, regresó a su Villafranca. Con nuevas ideas y muchas ganas de trabajar pensó que hacerse camionero, profesión de la que había pocos y estaba bien pagada, podía ser el camino. Su osadía le llevó incluso a conducir camiones sin carné ni documento alguno que lo autorizara, iniciando una vida trepidante, con apenas horas para dormir.
Como viajaba con frecuencia a Madrid, ya con el carné de chófer en el bolsillo, pronto se enamoró y se casó con una mujer madrileña, con la que tuvo seis hijas, multiplicando las bocas que alimentar. Entretanto, sus hermanos siguieron su ejemplo, estudiaron cuanto pudieron y trabajaron por el bien común de la familia.
Jato llevó a Brasil una imagen de Santiago y, junto a otros peregrinos, fundó el Camiño do Sol.
Jesús y su esposa hicieron una pequeña inversión: compraron un terreno junto a su casa y levantaron el primer albergue moderno para peregrinos del Camino. Sus hijas ayudaban y estudiaban de sol a sol. Nunca tuvieron tiempo para hacer lo que hacían otros jóvenes y, desde muy pequeñas, aprendieron a querer y respetar a los peregrinos. Llegó un momento en que algunas, ya con carreras universitarias, seguían ayudando siempre que hacía falta. Los títulos nunca fueron una excusa para dejar de trabajar y así, Jesús y su esposa comenzaron a planificar un hospital de peregrinos, el primero de la época moderna.
Desgraciadamente, una noche de invierno se quemó. Aquel golpe, lejos de desanimarlos, les dio fuerzas para volver a empezar y por eso comenzaron a llamarlo "El Ave Fénix", nombre con el que hoy es conocido.
A sus hijas nunca se les cayeron los anillos. Con la ayuda de algunos peregrinos, materiales reciclados y una férrea voluntad, comenzaron a construir un albergue dedicado al amor por el Camino. Y esto sí que es muy cierto, porque es el único abierto durante el invierno donde ningún peregrino se ha marchado sin un plato de comida y una cama limpia.
De esta manera, Jesús, encorvado por el peso de los años y por el trabajo diario realizado por amor al Camino, duerme pocas horas y sigue pensando que todo cuanto hace algún día le será recompensado en el cielo. Porque él no pide nada, solo salud para seguir siendo útil a los demás. Algo debe de haber en esa fe que mantiene intacta, porque recibe con frecuencia recuerdos y mensajes de agradecimiento desde todas las partes del mundo, razón por la que es uno de los hospitaleros más reconocidos de los Caminos Jacobeos.

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