El otro Camino de Santiago: los bercianos y transeúntes que morían buscando sobrevivir

Los libros parroquiales de los siglos XVIII y XIX rescatan la historia de mendigos, jornaleros, canteros, segadores, soldados y familias itinerantes que atravesaban El Bierzo en busca de trabajo, comida o refugio

18/10/2026
 Actualizado a 18/10/2026
La Quinta Angustia, imponente al pie del Camino de Santiago en la salida de Cacabelos. | AYTO. CACABELOS
La Quinta Angustia, imponente al pie del Camino de Santiago en la salida de Cacabelos. | AYTO. CACABELOS

Hay una historia del Camino de Santiago que se cuenta con nombres propios. Reyes, obispos, peregrinos, hospitales, iglesias y viajeros que dejaron constancia de su paso. Y hay otra, mucho más silenciosa, que apenas aparece en las grandes crónicas. Es la historia de quienes caminaban porque no tenían otro remedio. De quienes cruzaban El Bierzo en busca de trabajo, de quienes mendigaban de pueblo en pueblo, de cuadrillas que regresaban a Galicia después de una temporada de siega o vendimia y de hombres y mujeres que simplemente intentaban llegar a algún lugar donde sobrevivir.

Esa historia ha quedado escrita en los libros de defunciones de Cacabelos, y ahora ha sido reconstruida por el archivero diocesano Miguel Ángel González García en el estudio Morir en el Camino. Muertes de transeúntes en Cacabelos en los siglos XVIII y XIX, publicado en Annuarium Sancti Iacobi.

El resultado es una extraordinaria fotografía de la movilidad, la pobreza y las condiciones de vida de quienes atravesaban la comarca hace dos y tres siglos. Porque Cacabelos era Camino de Santiago, sí, pero era mucho más que eso. Era también una de las principales puertas de comunicación entre Castilla y Galicia y, por tanto, un lugar de paso para todo tipo de personas.

Y algunos de ellos murieron allí.

La posición de Cacabelos explica buena parte de esta historia. La villa se encontraba en una ruta fundamental entre Galicia y Castilla y, al mismo tiempo, estaba atravesada por el Camino Francés. Su importancia llegó a ser tal que contó con hasta cinco hospitales destinados a la atención de quienes transitaban por ella, entre ellos los de San Lázaro, Santiago y Santa Catalina.

Pero no todos los que llegaban necesitaban atención por motivos relacionados con la peregrinación.

Por aquellos caminos circulaban pobres mendicantes, comerciantes, trabajadores temporales, soldados, personas que viajaban por motivos familiares y vendedores ambulantes. Algunos tenían casa a la que regresar. Otros, sencillamente, no la tenían.

El propio estudio plantea las partidas de defunción como una suerte de “sociología de los caminos”: una manera de conocer desplazamientos que normalmente no dejaban ningún rastro documental. Si alguien atravesaba Cacabelos, dormía una noche y continuaba su viaje, probablemente desaparecía de los archivos. Si moría, en cambio, el párroco dejaba constancia de lo ocurrido.

Y de ese modo, la muerte terminó convirtiéndose en la huella de vidas que de otro modo habrían desaparecido por completo.

Morir sin nombre

Uno de los aspectos más estremecedores de estos documentos es comprobar hasta qué punto algunos de aquellos viajeros eran personas sin identidad para quienes los encontraban.

Los párrocos tenían que consignar en ocasiones aquello que podían averiguar. A veces el nombre llegaba de boca de un compañero de viaje, de un vecino que lo había acogido o de alguien que lo había escuchado durante la enfermedad. Otras veces ni siquiera eso.

En 1836, por ejemplo, se enterró a un hombre cuyo nombre no pudo averiguarse, pese a que había permanecido expuesto durante dos días para que alguien pudiera reconocerlo. Nadie acudió a identificarlo. El párroco tuvo que describir su aspecto físico: su estatura, el cabello, la edad aproximada e incluso una pequeña marca en una de sus orejas.

En otros casos las partidas son igualmente desoladoras. Un mendigo aparece simplemente como un hombre cuyo nombre, apellido y vecindad se desconocían porque no llevaba pasaporte. Otro entra en un hospital sin que nadie pueda comunicar a tiempo al sacerdote que estaba enfermo.

La documentación revela así un mundo en el que morir lejos de casa podía significar morir también sin nombre.

La pobreza no tenía edad. En octubre de 1844 murió en Cacabelos José María, un niño de apenas tres años, diez meses y ocho días, que había llegado a la villa con su madre, María de Prado. La partida explica que ambos eran pobres y que “andaban por el mundo”. El pequeño murió de una enfermedad y fue enterrado en el cementerio de la Edrada.

La historia vuelve a repetirse décadas después. En 1885 aparece registrada Sabina López, una niña de nueve años, pobre pordiosera y residente accidentalmente en Cacabelos. Procedía de Penoselo, en el Bierzo, y murió de enfermedad natural.

Son casos que permiten entrever una realidad mucho más amplia: familias enteras que se desplazaban porque la pobreza les obligaba a buscar en otros lugares las posibilidades que no tenían en el suyo.

El trabajo también llevaba a morir lejos de casa

No todos los transeúntes eran mendigos. Muchos eran trabajadores. Entre los documentos aparecen especialmente los canteros de la Tierra de Montes, en Pontevedra, una zona con una larga tradición de trabajadores de la piedra que se desplazaban por distintos territorios. Uno de ellos, José Camiña, murió en Cacabelos en 1849 a los 58 años mientras ejercía su oficio de cantero. Estaba casado y tenía cinco hijos.

También están los segadores gallegos que viajaban hacia Castilla en busca de trabajo temporal. En agosto de 1847 murió José Núñez, natural de Foz, cuando regresaba de Castilla a Galicia. Tenía 38 años, era segador, viudo y padre de tres hijos. Falleció de una fiebre y fue enterrado en Cacabelos.

La movilidad laboral era, por tanto, una realidad mucho antes de que habláramos de migraciones temporales o de mercados de trabajo.

También aparecen trabajadores que viajaban en sentido contrario. En 1807, Manuel Pereira murió en Cacabelos mientras formaba parte de una cuadrilla de gallegos que había acudido al Bierzo para vendimiar. Era el “cachicán”, el responsable de aquella cuadrilla. Su ropa fue vendida para pagar los gastos del entierro y las misas por su alma.

Una anotación aparentemente burocrática termina convirtiéndose así en una pequeña ventana a la emigración laboral estacional entre Galicia y El Bierzo.

Los caminos tampoco estaban ocupados únicamente por trabajadores del campo. El estudio recoge a Manuel González Quintana, natural de Taramundi, que recorría estas tierras como vendedor de productos de ferretería. Murió en Cacabelos en 1849, con apenas 30 años, víctima de una fiebre tifoidea.

Su presencia enlaza con otra de las grandes características de aquellas rutas: el comercio ambulante.

Desde Galicia llegaban canteros y trabajadores del campo; desde Asturias, vendedores; desde otras zonas, comerciantes y personas que recorrían las ferias. El camino era también una red económica por la que circulaban personas, productos y oportunidades.

Incluso aparecen oficios hoy prácticamente desaparecidos, como el de un joven del valle de Ancares que murió en 1805 y que trabajaba como techador con cuelmo, especializado en las cubiertas vegetales de las casas.

Ruta de soldados

Y hubo momentos en los que el tránsito dejó de estar relacionado con el trabajo o la pobreza. La Guerra de la Independencia llenó de soldados los registros de Cacabelos entre 1808 y 1810. Las partidas recogen militares de diferentes regimientos que murieron en la villa y fueron enterrados en sus hospitales o capillas.

Domingo Núñez, Rosendo Arias, Eduardo Santos, Tomás de Cós, Simón González, Pantaleón Gutiérrez o Julián Carbonell son algunos de los nombres que aparecen en aquellas páginas. En otros casos, ni siquiera se conoció la identidad de los soldados fallecidos.

La guerra dejó incluso una imagen particularmente reveladora: en noviembre de 1809 el párroco anotó que uno de los enterramientos tuvo que realizarse en la capilla de San Roque porque la iglesia estaba ocupada por los franceses.

El Camino era entonces también una ruta militar.

Hay otro elemento que atraviesa muchas de las partidas: la caridad. Los hospitales, las posadas y las casas particulares aparecen como lugares en los que aquellos viajeros podían encontrar cobijo. Pero también lo hacía la propia parroquia.

En numerosas ocasiones, los entierros fueron realizados de caridad, porque el fallecido no tenía recursos. Cuando existían algunas pertenencias, podían venderse para sufragar la sepultura.

La documentación muestra también hasta qué punto muchos morían sin recibir los sacramentos porque nadie había avisado a tiempo al sacerdote. La enfermedad, la soledad y la precariedad convertían los últimos momentos en algo especialmente duro.

En 1852, por ejemplo, se enterró a un mendigo que había muerto repentinamente en un horno de la villa, sin que hubiese sido posible averiguar su nombre ni su procedencia porque había llegado ya sin habla. No era una excepción.

Mujeres solas, viudas y ancianos

La pobreza itinerante tampoco fue exclusivamente masculina.

Las partidas permiten seguir el rastro de mujeres que mendigaban solas o acompañadas por sus hijos, especialmente en la segunda mitad del siglo XIX.

Francisca Núñez, por ejemplo, murió en Cacabelos en 1888 a los 30 años. Era viuda y dejó un hijo llamado José. La documentación la identifica como pobre pordiosera y residente accidentalmente en la villa.

También aparece Bernarda Santamarina, una mujer de 60 años que en 1887 fue enterrada tras morir repentinamente. Y Juana Pereira, una pordiosera de unos 74 años que residía en la parroquia.

La suma de estas historias permite observar cómo la vejez, la viudedad o la falta de recursos podían dejar a una persona completamente dependiente de la caridad.

En las últimas décadas del siglo XIX aparece otro fenómeno en los libros parroquiales: la presencia de personas y familias gitanas en tránsito por Cacabelos, muchas de ellas desplazándose hacia Galicia.

Las partidas registran a personas que se encontraban “accidentalmente” en la villa. Entre ellas aparece Javiera Giménez, identificada como gitana y natural de Jaca, que murió en 1891 a los 91 años. Un año después, Felisa Jiménez murió a consecuencia de un disparo recibido durante una disputa entre personas de su grupo.

También se documenta la muerte de un niño de apenas dos días perteneciente a una familia gitana que se encontraba de tránsito.

Estas anotaciones son especialmente interesantes porque permiten documentar la movilidad de estas familias por el noroeste peninsular y, al mismo tiempo, muestran los prejuicios y la distancia social con los que eran observadas por quienes redactaban los documentos.

Cacabelos, una fotografía de los caminos

Lo extraordinario del estudio de Miguel Ángel González García es que no cuenta solamente quién murió en Cacabelos. Cuenta quiénes viajaban.

Los libros parroquiales permiten reconstruir una red humana que conectaba Galicia, Asturias, Castilla, León y otros territorios. Aparecen trabajadores temporales, comerciantes, soldados, mendigos, familias, mujeres solas, niños, vendedores ambulantes y personas que viajaban simplemente porque necesitaban hacerlo.

Muchos de ellos no dejaron cartas, diarios ni fotografías. No conocemos sus pensamientos ni sabemos por qué eligieron aquella ruta concreta. En ocasiones ni siquiera sabemos con seguridad dónde habían nacido.

Pero dejaron una última huella: una línea escrita por un párroco en un libro de defunciones.

Y gracias a esas líneas sabemos que el Camino que atravesaba Cacabelos no fue únicamente una vía hacia Santiago. Fue también una ruta de trabajo, de pobreza, de comercio, de guerra y de supervivencia.

Los peregrinos buscaban una meta espiritual. Otros caminantes buscaban algo mucho más inmediato: un jornal, una limosna, un lugar donde dormir o simplemente llegar vivos al siguiente pueblo.

Algunos no lo consiguieron. Y dos siglos después, sus muertes permiten volver a ponerles en el camino.

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