Corrían los años cuarenta y en muchos pueblos se habían cometido atrocidades, como en el resto del país. Aquellos que no eran influyentes, bien por sus riquezas o por sus ideas, cabalgaban como podían en medio de una crispación general, que no distinguía blancos o negros, y los grises quedaban siempre expuestos a cómo convergiera la luz sobre ellos. Eran aquellos mal paridos años de posguerra, que, como todas, dejaba unas secuelas que en ocasiones eran difíciles de olvidar o, en el peor de los casos, no se olvidarían jamás, dependiendo de dónde viniera la luz cegadora de la justicia.
Un pobre hombre de un pueblo próximo a Villafranca del Bierzo pagó con la cárcel, sin ver la cara del juez que debería juzgarle, por ser portador de una carta de su padre que, desde Barcelona, se quejaba de no llegarle su sueldo para comer.
Este hombre, por coincidencias de la vida y por no ser muy lúcido mentalmente, se tuvo que echar al monte huyendo de las amenazas de unos ladrones, hijos de gentes pudientes que él conocía y sorprendió robando en la fábrica que custodiaba por las noches, mientras que por el día lo pasaba en la cárcel o donde quería. Al fin, era como una obra de caridad darle un techo y algo de comer al mediodía.
Este buen señor, sin darse cuenta, encontró en la montaña una mina de wolframio, mineral que conocía por haber trabajado en la mina de los alemanes en Casaio (Valdeorras-Orense). Al intentar venderlo le siguieron y así tuvo lugar la gran explosión de buscadores del preciado oro negro, que algunos llamaban wolframio.
Pronto la Peña del Seo se convirtió en un lugar donde muchos cientos de hombres y mujeres arañaban las peñas en busca del preciado mineral, que seguidamente tuvo compradores tanto de España como de Portugal, porque con el estraperlo se ganaba mucho y se cobraba al instante, en billetes de cien pesetas y, en ocasiones, de quinientas.
El primer año coincidió con un invierno duro en toda Europa. La Segunda Guerra Mundial hacía estragos y los muertos se contaban por miles, mientras que en El Bierzo se comenzaba una era de prosperidad con las minas de carbón en toda la comarca de Laciana.
Muchos de aquellos mineros vinieron a probar fortuna en la Peña del Seo, porque, si había suerte, en un día se ganaría lo que en dos meses en la mina y, en aquellos tiempos, como ahora y siempre, el dinero tiene preferencias que son insaciables, por lo que no es de extrañar que muchos abandonaran el trabajo estable y vinieran a darle vueltas a la ruleta de la suerte.
No tardaron en imponer leyes que nunca fueron escritas, pero que resultaban eficaces, tanto que aquellos improvisados mineros, el que no portaba un arma, llevaba dos... Por lo que pobre de aquel que intentara meterse en el tajo donde estaba trabajando un ciudadano cualquiera. Mientras él estuviera trabajando, nadie podía entrar a aquella pequeña parcela, salvo que quisiera probar el sabor del plomo de sus armas. Una vez que este abandonara su tajo para dormir o buscar alguna cosa, perdía todos los derechos sobre la pequeña parcela. Esta es la razón por la cual casi nunca se trabajaba solo y no se abandonaba su labor, solamente para defecar, que nunca se hacía a más de cinco metros de las herramientas, por lo que el lugar, pese a la altura de la montaña, se hacía insoportable cuando el viento zarandeaba los olores.
En aquellos tiempos, los guantes eran algo que solo se veía en las películas y los trabajadores mineros usaban calcetines de lana gruesa como manoplas, mientras sus cabezas siempre estaban cubiertas por amplias gorras caladas hasta las orejas. Incluso se podían ver pasamontañas que, con las enormes barbas, amparaban del frío gélido de las noches en que uno custodiaba la parcela; el otro, o en muchos casos los otros, bajaban a meterse en pequeñas chozas de ramas, de las que pronto parecían un artículo de importación debido a la cantidad de mineros improvisados que trataban de hacer sus chozas.
El guardián siempre tenía una pequeña fogata (no había leña por ninguna parte) y dos o tres mantas de las maragatas, que eran más fuertes. Le permitían no dormir, pero sí estar acurrucado, mientras que los trozos de lonas en las que, en muchos casos, se podían leer Renfe, le protegían de la nieve, la lluvia o la helada.
Los sabañones se hacían competencia con los de las mujeres que lavaban las piedras en los pequeños arroyos. Pero estas no estaban expuestas a recibir una montaña de escombros cuando algún minero, desde lo alto, decía: «Prendiendo fuego», y varias toneladas de piedras y tierras bajaban por la montaña, matando a quienes estaban debajo, que siempre eran muchos, pero que solo en una ocasión fallecieron dos al mismo tiempo.
En otras ocasiones era uno, pero como si fueran muchos más, porque de los diez que allí dejaron la vida, nadie pagó por su muerte.