El monte que cambió y el fuego que encontró nuevas oportunidades

El Comité Científico de los Ancares Leoneses analiza cómo el cambio climático y la transformación del medio rural están modificando el riesgo de incendios

24/08/2026
 Actualizado a 24/08/2026
Imagen del incendio que sufrió Las Médulas, paraje Patrimonio de la Humanidad para la Unesco, el año pasado. GREENPEACE / PEDRO ARMESTRE
Imagen del incendio que sufrió Las Médulas, paraje Patrimonio de la Humanidad para la Unesco, el año pasado. GREENPEACE / PEDRO ARMESTRE

La Reserva de la Biosfera de los Ancares Leoneses ha puesto en marcha una nueva serie de artículos divulgativos elaborados por su Comité Científico con el propósito de acercar a la ciudadanía el conocimiento sobre algunos de los principales retos que afronta el territorio. El primero de estos trabajos, firmado por el catedrático de Ecología de la Universidad de León Estanislao de Luis Calabuig, pone el foco en la relación entre los incendios forestales, el cambio climático y la transformación del medio rural.

El análisis parte de una idea fundamental: el riesgo de incendios no depende de una única causa, sino de la combinación de diferentes factores. Este verano, por ejemplo, la primavera húmeda favoreció un importante crecimiento de la vegetación, especialmente de las plantas herbáceas. Después, varias semanas de temperaturas muy elevadas y olas de calor secaron esa vegetación y generaron unas condiciones especialmente favorables para la propagación del fuego.

A este escenario se suma un fenómeno que ha transformado profundamente los espacios rurales desde hace décadas: el abandono progresivo de actividades tradicionales como la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento forestal. Según explica el investigador, la desaparición de estos usos ha permitido que la vegetación evolucione de manera natural, aumentando en muchos casos la cantidad de biomasa presente en el monte.

Sin embargo, el artículo matiza una idea muy extendida: tener más vegetación no significa necesariamente que haya más incendios. Para que se produzca un fuego tienen que coincidir diferentes circunstancias, entre ellas las condiciones meteorológicas y, sobre todo, una fuente de ignición. De hecho, el autor señala que la mayoría de los incendios tienen origen humano, ya sea por descuidos y negligencias o de forma intencionada.

El cambio climático sí está contribuyendo a que, una vez iniciado un incendio, las condiciones sean cada vez más difíciles. Las temperaturas elevadas y los periodos de sequía y aridez favorecen tanto la aparición como la propagación de las llamas y ayudan a explicar que algunos fuegos alcancen comportamientos extremos.

Frente a esta realidad, De Luis Calabuig plantea la necesidad de recuperar una gestión sostenible de los montes, que permita compatibilizar los intereses sociales, económicos y ambientales. El aprovechamiento forestal puede contribuir a reducir determinados impactos, pero debe realizarse de manera planificada y teniendo en cuenta las características de cada territorio.

El investigador también llama la atención sobre el valor de las superficies forestales que hoy pueden considerarse abandonadas. Más allá de la percepción de que son terrenos sin utilidad, estos espacios cumplen una función importante como sumideros de carbono, al contribuir a retirar CO₂ de la atmósfera. Por ello, propone avanzar hacia una valoración de este servicio ambiental que ayude también a financiar y mejorar la gestión de los territorios que conservan estas masas forestales.

Otro de los elementos destacados es la importancia de mantener un paisaje diverso y con diferentes usos. La combinación de zonas forestales con espacios agrícolas, ganaderos o de otros aprovechamientos puede dificultar la propagación del fuego al romper la continuidad de la vegetación. No obstante, el artículo advierte también de que una intervención excesiva puede provocar otros problemas ambientales, como la pérdida de biodiversidad.

La conclusión pasa, por tanto, por abandonar las soluciones simples. Prevenir, gestionar, extinguir y restaurar deben formar parte de una misma estrategia, adaptada además a unas condiciones climáticas que están cambiando. El tratamiento de la vegetación debe centrarse especialmente en proteger a las poblaciones rurales y las zonas donde las viviendas se encuentran próximas al monte, pero sin plantear una limpieza indiscriminada de todo el territorio.

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