Molinaseca ha crecido alrededor del Camino. La villa berciana no solo recibe cada verano a miles de peregrinos llegados de todos los rincones del mundo, sino que debe buena parte de su historia, de su patrimonio y hasta de su desarrollo económico a la ruta jacobea, que desde hace siglos marca el ritmo de sus calles.
Tras superar la dura ascensión a Foncebadón, la Cruz de Ferro y el descenso desde El Acebo, el peregrino encuentra en Molinaseca uno de los lugares más esperados de todo el Camino Francés. El sonido del río Meruelo, la silueta del puente medieval y las terrazas de la Calle Real convierten la llegada en un auténtico premio después de una de las etapas más exigentes del recorrido hacia Santiago.
Aunque el Camino entra en la comarca por El Acebo de San Miguel, es Molinaseca la primera gran población berciana construida alrededor de la ruta jacobea. No es casualidad que haya sido declarada Bien de Interés Cultural como conjunto histórico.
Su trazado urbano conserva la esencia medieval y permite recorrer prácticamente intacto el itinerario que durante siglos siguieron millones de caminantes. El acceso se realiza por el conocido Puente de los Peregrinos, una construcción de origen medieval, levantada sobre otro paso anterior y documentada ya en el siglo XII, que salva las aguas del río Meruelo y se ha convertido en una de las imágenes más fotografiadas del Camino de Santiago en la provincia de León.
Desde allí, la ruta atraviesa la Calle Real, eje principal de la localidad, donde todavía se conservan casas blasonadas, soportales, balconadas de madera y edificios que recuerdan la importancia comercial y hospitalaria que tuvo la villa.
Un pueblo volcado con los caminantes
La hospitalidad hacia los peregrinos no es una tradición reciente. Ya en la Edad Media, Molinaseca llegó a contar con tres hospitales destinados a atender a quienes recorrían el Camino.
El más antiguo del que existe constancia documental es el Hospital de San Lázaro, citado en 1203 y dedicado a la atención de enfermos de lepra. A él se sumó la Casa Hospital de Molina, documentada desde finales del siglo XII y vinculada al Obispado de Astorga por privilegio del rey Alfonso IX de León. También existió el Hospital de San Nicolás, del que apenas se conservan referencias, pero que confirma la importancia asistencial que alcanzó la localidad.
Aquellos hospitales han desaparecido, pero el espíritu de acogida permanece. En la actualidad, Molinaseca dispone de albergues públicos, parroquiales y privados que continúan ofreciendo descanso a los miles de peregrinos que atraviesan cada año el municipio.
La protección de la Virgen de las Angustias
Antes incluso de cruzar el puente, el caminante encuentra el Santuario de Nuestra Señora de las Angustias, uno de los edificios más ligados a la espiritualidad del Camino.
La tradición sitúa en este lugar una pequeña capilla ya en el siglo XI. Durante siglos, sus soportales sirvieron de refugio para peregrinos y segadores gallegos que viajaban hacia Castilla. La devoción llegó a ser tan intensa que muchos arrancaban pequeñas astillas de las puertas del santuario para conservarlas como reliquia, lo que obligó a reforzarlas con planchas de hierro.
Si durante siglos el Camino fue la razón de ser de Molinaseca, hoy continúa siendo uno de sus principales motores económicos. Hoteles, casas rurales, restaurantes, comercios y servicios viven cada temporada la llegada de miles de visitantes que encuentran en esta localidad uno de los lugares más atractivos para detenerse antes de continuar hacia Ponferrada.
A ello se suma otro atractivo que hace décadas era impensable. El río Meruelo, antaño simplemente un paso obligado, se ha convertido también en una de las zonas de baño natural más conocidas de la comarca, donde peregrinos y turistas aprovechan el verano para refrescarse a la sombra del puente. Aunque los daños de los incendios lo mantienen en horas bajas, por los arrastres producidos, el Meruelo pretende recuperarse para seguir camino con sus peregrinos.
Y es que, pocos lugares representan tan bien la esencia del Camino de Santiago como Molinaseca. La mezcla de patrimonio, naturaleza, hospitalidad y tradición jacobea ha permitido que la villa conserve intacta una identidad forjada durante casi diez siglos.
Por sus calles siguen pasando caminantes de decenas de nacionalidades, pero también vecinos que mantienen viva una costumbre heredada de generación en generación: abrir las puertas a quien llega caminando. Una forma de entender el Camino que ha convertido a Molinaseca en uno de los enclaves imprescindibles de la ruta francesa a su paso por El Bierzo.
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