Ovalle ha sido el ojo de una quincena de conflictos bélicos y ha cubierto con las cámaras de Televisión Española sucesos como el golpe de estado del 23-F, la conocida como ‘matanza de Puerto Hurraco’ o, más recientemente, el terremoto que destrozó Haití y que es, a su juicio, «una de las mayores catástrofes». «He vivido situaciones muy difíciles y de riesgo, incluso me he jugado la vida y quizás lo que más me ha marcado a parte de las quince guerras es el terremoto de Haití», reconoce.
El cámara recuerda que al bajarse del avión en Puerto Príncipe tuvo la sensación de estar «en el rodaje de una película». «Gente deambulando, llorando, muertos por la calle, las casas ardiendo, se oían tiros y yo iba solo con mi cámara y un pequeño generador», apunta. Sin embargo, su olfato le llevó a seguir un camión lleno de cascotes que iba a descargar a un vertedero y, fruto de su viaje, pudo filmar unas de las imágenes más impactantes de este terremoto. «Siguiéndolo llegamos a una fosa y cuando el camión estaba basculando todo ese material de desecho, en el medio del amasijo de hierros y cascotes de hormigón, caían restos humanos. Había cuerpos», recuerda.
Ovalle dio cuenta de la barbarie en una secuencia que mostraba la caída de los cuerpos a la fosa común y en la que, relata, «había dos jóvenes de unos 15 o 16 años que se quedaron en una posturadifícil, como si no quisieran entrar y se fueran a quedar fuera, pero de pronto llegó una máquina y los llevó dentro».
La crudeza de las imágenes sirvió, según explica, «para que la misión, el sentido de nuestro trabajo, se cumpliese»; y es que gracias a ellas «Naciones Unidas le dijo a El Salvador: ustedes tienen que enterrar a los muertos con dignidad, no entre hierros y hormigón».
¿El final del reporterismo?
Pero para grabar estas imágenes capaces de conmover al mundo y de promulgar acciones de condena por parte de los organismos internacionales no basta con un teléfono móvil. Ovalle reivindica el papel del enviado especial que, dice, «hoy en día ya no existe». «Antes hasta que nosotros llegábamos con las imágenes del lugar del siniestro, no se enteraba nadie. Ahora, con las redes sociales y el nuevo sistema de informar te enteras online de lo que está ocurriendo en el mundo y cualquier persona con un teléfono móvil se considera ya un reportero gráfico», lamenta Ovalle, quien considera que «el periodismo auténtico se está perdiendo». «Ahora se trabaja mucho con agencias y me gustaría, aunque no lo creo, que volviera esa televisión que en 2011 yo dejaba con la caída de Gadafi en Libia».
El reportero gráfico insiste en la importancia de ofrecer a los lectores o a los espectadores otra visión, «de personalizar y dar fe y testimonio de lo que está ocurriendo» y reprocha a los medios la «excusa» de la crisis. «Claro que hay dinero para enviados especiales, lo que pasa que interesa pagar a una agencia que te cuesta uno y yo te voy a costar dos, pero eso no es informar», declara.
No obstante, Ovalle muestra su confianza en el futuro que, dice, «está en manos de las nuevas tecnologías y la corriente es la de competir continuamente». «El futuro está asegurado pero también es cierto que lo que yo hice en los años 70, 80 o 90 no va a volver», apostilla.
La calidad de un profesional se mide además por lo que no se ve y, en este sentido, Ovalle rechaza el sensacionalismo. Tildado por sus compañeros como propulsor del ‘reality show’ en España por unas imágenes tomadas tras la matanza de Puerto Hurraco, en Badajoz, cuenta su experiencia: «Entré en una casa por un pasillo muy largo, donde estaban a la derecha y a la izquierda señoras mayores sentadas vestidas de negro, la cámara acercándose, giro a la derecha y encuentro unos ataúdes de dos hermanas. En ese momento, empieza la abuela a gritar, la madre, la familia, todo el mundo comienza a llorar. Yo con mucha discreción salgo poco a poco, pero no me recreé en los planos de los cadáveres, la abuela... Hay que saber hasta dónde llegar», agrega.
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