Lo que late bajo el hielo es una buena novela. Creo que no hay mejor forma de comenzar esta reseña, esta nueva Lectura del alma vagabunda que siento así de claro, así de conciso, con las cartas boca arriba. Tiene todos los ingredientes básicos para que así sea: entretenimiento, una lectura amena, unos personajes bien perfilados, un entorno adecuado para las escenas y, cómo no, una trama atractiva y adictiva.
El libro llegó hasta mis manos cuando su autor, Javier Pérez, me propuso realizar una presentación con él en Ponferrada. Por cierto, hago aquí un paréntesis para comentar que ha sido un gran placer que nuestros caminos se hayan cruzado. Lo leí con sumo interés, pues sabía de sus buenos resultados con la anterior novela. Me sorprendió muy positivamente.
Lo que late bajo el hielo nos lleva hasta una misión en el Ártico, en el entorno noruego, donde una misión científica sufre una serie de acontecimientos que nos llevarán a no dejar de devorar página a página. Ya no solo por los hechos en sí, sino también por la posterior investigación que se lleva a cabo a través de una serie de personajes con fuertes intereses.
Por cierto, la trama comienza con una potente referencia a la minería del carbón, con la que Javier tiene un enlace irrompible por vida y cultura. Podría haber escogido otro tipo de explotación, seguramente, no tengo la más mínima duda. Pero hacerlo precisamente con referencia al carbón es algo que en León llevamos con nosotros, en nuestro interior. «Noah, te mandé un mensaje, pero, como siempre, hacer eso es perder el tiempo. La SNSK quiere cerrar la mina. Te lo dije, maldita será, últimamente salía más piedra que mineral del carbón por esas cintas transportadoras», podemos leer al poco de comenzar la historia. «En el archipiélago no habían tenido esos problemas hasta ahora, pero tienen otro peor que será el fin de la explotación. Las recientes prospecciones geológicas […] han determinado que se han agotado las reservas rentables del mineral», dice un poco más adelante.
Como os comentaba antes, la descripción de las escenas es uno de sus puntos fuertes, ya que te llevan a estar ahí mismo, con los personajes. Y lo hace con una precisión milimétrica. Pero no únicamente con la parte más relacionada con la naturaleza o ciudades de Noruega, sino también con detalles técnicos. Esta parte tan cuidada y estudiada se agradece cuando lo que buscas es realismo en este tipo de novelas, más allá de la trama. Os pongo un ejemplo, también extraído de la parte inicial: «Un helicóptero HN90 surca el aire a seiscientos metros de altitud mientras de despliega a sus pies el océano Glacial Ártico […] Un panel abarrotado de luces debajo de la luna delantera preside la cabina del aparato, conde se alternan botones y esferas de distinto tamaño que ofrecen un espectáculo visual abrumador a ojos de un inexperto. Anemómetro, altímetro, velocímetro, variómetro y una larga lista de instrumentos forman parte del manual de vuelo».
Como os comentaba, todo comienza cuando algo ocurre en una aislada expedición científica. Este entorno, donde se encuentra el ser humano frente a circunstancias limítrofes, es un gran punto de partida para buenas historias, tanto en la literatura como en el cine. Y a mí, particularmente, me gustan; me atraen especialmente. Entorno tan radical como el que el propio Javier Pérez nos describe a continuación: «Los ocupantes van a relevar a sus compañeros, que llevan un tiempo indeterminado aislados del mundo exterior, sin tener contacto con nada ni nadie. Solo a la persona al mando se le permitirá tener línea directa con la dirección de la compañía. No se puede portar ningún dispositivo móvil, aunque tampoco servirían de mucho allí. Si surge algún problema que esté recogido como tal en el contrato que han firmado previamente y que requiera que alguno de ellos regrese a Oslo o comunicarse por vía telefónica o videollamada para solucionarlo, se evaluará y se actuará en consecuencia».
Recuerdo comentar, en la presentación de esta novela que tuve la suerte de hacer al lado del autor en Ponferrada, que uno de los puntos que destaqué de la misma fueron sus personajes. No descubro nada si digo que de ellos depende en gran parte cualquier historia. Es más, en algunas, que son historias precisamente de sus personajes, esta dependencia es casi del cien por cien. Me encantan unos personajes bien construidos y diferenciados (a veces se puede caer en el error de que todos tengan una misma personalidad, y apenas se diferencien entre ellos más allá de su nombre o posición en la trama). No es este el caso, ya que están perfectamente acoplados a lo que la lectura necesita, llevándonos no solo hasta sus distintas personalidades, sino también a sus propias historias, sus propias vivas, conformando un todo completo. Lo que hay detrás de cada uno de ellos es importante tanto en su devenir como en sus propias personalidades.
Lo que late bajo el hielo tiene lo que deben de tener este tipo de novelas. Es entretenida, agradable en la lectura y te mantiene en vilo de principio a fin. Se me hizo muy amena su lectura, estaba deseando conocer el final, el motivo que se escondía tras el misterio al que el autor nos lleva. Una buena forma de lograr ese interés es llevarte a sumergirte en la historia, a estar con los personajes en los mismos espacios y en las mismas escenas que ellos están viviendo. Para ello, Javier Pérez describe el entorno en el que estamos con las palabras adecuadas. En determinadas novelas se sobreexpone al lector a una descripción excesiva que no aporta nada, más allá de páginas. No es el caso.
En la novela de la que hoy os hablo forma parte de la experiencia que viviremos con su lectura. Os pongo un ejemplo: «Uno a uno van penetrando en ella y se desperdigan alrededor de la zona central como si fueran un enjambre de moscas invitadas a una merienda. Hay platos con algunos restos de comida y vasos entre los libros esparcidos por la mesa. Unos auriculares de cables están extendidos en toda su largura como una serpiente que se desliza por la hierba sorteando los obstáculos. Los integrantes de la expedición lo observan todo, pero sin apenas tocar nada, un comportamiento prudente hacia algo que no es tuyo o respetuoso hacia las pertenencias de un muerto». Venga, otro ejemplo de buena ambientación: «El paisaje es árido, la naturaleza es salvaje y las montañas peladas de vegetación asoman al fondo de la avenida, invitando a la gente a visitarlas. Las minas abandonadas que han visto a lo largo del trayecto desde el aeropuerto no ayudan a mejorar la imagen. Aun con todo eso, la sensación de estar en un sitio único en el mundo arraiga en el corazón con fuera, haciendo que uno parezca un diminuto actor en un escenario gigantesco».
Además de las descripciones en sí, por supuesto, nos encontramos con un misterio bien armado, desvelándose con las pinceladas necesarias para mantenernos en vilo durante toda la lectura. Para ello, el autor se vale tanto de diferentes acontecimientos con de las conversaciones de los protagonistas: «Señores, tenemos entre manos una situación que hubiésemos deseado que no ocurriera nunca. No tenemos constancia de que el helicóptero con sus hombres y el equipo de reemplazo haya llegado a su destino. -Hace una breve pausa y continúa-: Pero tampoco podemos establecer contacto con la base del Ártico, y si una cosa me preocupa es esta. Hay mucho en juego en esta investigación».
Me voy despidiendo ya. Creo que fue todo un acierto poder adentrarme en la lectura de Lo que late bajo el hielo. Llegó a mis manos sabiendo que su autor era muy leído, que tenía un gran número de lectores que siguen cada creación suya y que se acercan a sus presentaciones, y eso es peligroso, ya que tenía grandes expectativas con la novela. Sin embargo, ya no es que me gustase y no decepcionó para nada, sino que además la recuerdo con gran felicidad por haberme acercado a ella. Creo que estamos ante un gran escritor, con un futuro prometedor y que, sin duda, yo seré uno de los que estaré esperando sus siguientes novelas.
Entre mi biblioteca y yo
Lo que late bajo el hielo tiene todo lo que debe tener una novela de misterio. Su lectura es entretenida, agradable, y te apetece seguir avanzando página a página. Pero es que su autor va más allá, con una trama creíble y que te lleva a plantearte preguntas, a veces incómodas y acertadas para su reflexión. Uno de sus puntos más potentes, y que a mí particularmente más me han sorprendido, es su capacidad para describir el entorno de las escenas, más teniendo en cuenta en la dificultad de hacerlo desde León, pero hablando de sitios tan lejanos como Noruega o el Ártico.
Está tan bien hecho que, yo que he tenido la suerte de haber estado en el país nórdico, le pregunté al autor si había estado allí. Me sorprendió su respuesta: no había estado. Si a todo esto le unes una técnica literaria bien asentada, sin fisuras y con un estilo definido, donde lo importante es la historia en sí, la sensación de que su lectura es muy recomendable es completa. Por ello, supongo, que estoy ante uno de esos libros a los que recurro pasado de nuevo un tiempo para, bien en su totalidad o solo recordando pasajes, regresar a una de esas lecturas que me llenan y me apetecen.
Más que un libro un autor
Había oído hablar de Javier Pérez en algunos de los círculos literarios leoneses. Además, conocía que era un autor muy seguido y que estaba teniendo bastante repercusión en cada paso que daba. También sabía que logra lo que pocos consiguen (diría que en todo León serán unos cuatro, quizá cinco), que es tener bastante gente en cada una de sus presentaciones. Por eso me apetecía la lectura de su última novela. Creo que tanto él como yo encajamos muy bien desde el principio.
Os voy a confesar dos temas personales, de esos que nunca suelo hacer. La primera vez que nos vimos fue para quedar a comer juntos (en un italiano, por cierto), la segunda, para un café. Y en ambas creo que notamos que somos de esas personas que, sin conocerse previamente, encajas a la primera. Hablamos de muchas cosas, por supuesto de la literatura y el mundo editorial. Pero bueno, además de todo ello, lo importante, por lo que hoy os lo he traído hasta esta nueva Lectura de un alma vagabunda, es porque creo que ha escrito una excelente novela, y que estoy ya deseando adentrarme en su siguiente creación. Sin duda, estamos ante un autor con un excelente futuro.

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