En el exterior de mi despacho el tiempo no sabe qué quiere hacer, si desea calor o pretende frío, y quizá se esté decantando por esto último. Algunas gotas caen tímidamente, como el que no quiere molestar. Es un buen momento para escribir sobre libros, sin duda. Y a ello me he puesto. Por cierto, la primera estrofa de la canción Lapsus (que justo es lo que estoy escuchando en este momento) dice que «sentarse a leer es pura rebeldía». Es del grupo Ultraligera, que os recomiendo. Quizá tengan razón, puede que estemos en un momento en el que leer y disfrutar con los libros se ha vuelto alternativo. Yo, sin duda, lo hago. Me acompaño de autores de todas las naciones que caen en mis manos, como también con las plumas bercianas y leonesas que me rodean.
He comentado varias veces que me llegan muchos libros a lo largo de un año, y que por tiempo me es imposible hacer una reseña de todos ellos. Eso es algo que en ocasiones me remuerde por dentro. Pero sabía, desde el momento en el que lo acabé, que Los labios de la noche, el último poemario de Amador Fonfría, sí que formaría parte de mis artículos.
No es la primera obra de la que hablo de él, seguro que no será la última. Pero no quiero hablar del pasado ni del futuro, prefiero centrarme en lo real, que es el presente. Lo primero que llama la atención de este ejemplar es directamente la sensación de cogerlo entre las manos. El tamaño de sus páginas no es el habitual para lo que estamos acostumbrados, y eso le da un aspecto particular. Su portada, en colores azulados, está dominada por una luna nocturna donde se resalta la palabra «labios» en color rojo.
Amador siempre ha sido un autor que reconoce la labor de otros que le gustan, y en gran parte de sus poemas o libros realiza una pequeña introducción incluyendo versos o textos de terceros. En este caso, la primera de estas anotaciones es de una autora referencia y que conquistó a miles (mejor dicho, millones) de personas en todo el mundo. No es otra que la conocida Alejandra Pizarnik. De ella, Fonfría destaca: «Tengo todo lo necesario para sufrir, pero me consuelo escribiendo poemas». Estoy de acuerdo. No son pocas en las entrevistas o presentaciones en las que he recomendado escribir como parte de la evasión del dolor que todos podemos llevar dentro en algún momento. Os insisto en que lo hagáis.
En el primer poema, que lleva por título Soy, encontramos estos versos, que nos hablan del dolor del amor y sus altos y bajos, con sus sensaciones abiertas al mundo, pero también aquellas otras que son realizadas a escondidas: «Soy una hoja en blanco / donde, / en un arrebato de locura, / escribes / mi nombre junto al tuyo / con los besos de un cigarrillo». El amor, ese sentimiento que ha movido la historia, nuestra historia como especie, desde el principio. No se entendería nuestra forma de vivir sin él. Por eso los poetas y los escritores lo manifiestan en sus textos, porque no hay duda de que si quieres hablar de la vida tienes que adentrarte en él. En La primera vez leeremos: «Anochece en mis pensamientos / cuando pienso que pronto te irás / y contigo llevarás / mi vida entera».
De Amador siempre he destacado una cosa que, por cierto, le he dicho a él en alguna ocasión, y es que cuida al máximo el lenguaje. Estoy seguro de que pasa horas y horas, días y días, buscando una sola palabra que encaje con lo que quiere decir más que las otras. No da por cerrado ni un solo texto hasta que no ha comprobado que, de entre todas las palabras posibles, no hay ninguna otra que pueda reflejar mejor que las que ya tiene lo que nos quiere transmitir. Hay muchos ejemplos de ello en Los labios de la noche, y os daréis cuenta al leerlo. Os traigo uno en concreto, extraído del poema Hojas sin rumbo: «El vuelo de las hojas / disimular el coqueteo / de nuestras miradas / y mi deseo de besar / el carmín de tus labios.» Y si damos un pequeño salto, en la misma página, encontramos: «La desnudez de la alameda, / empapada de llanto ajeno, / me unge el alma de morriña.» Si doy un pequeño recorrido hasta El vuelo del tren, también se observa esa delicadeza y preocupación por la búsqueda de la expresión más certera, por la profesionalidad del poeta: «Una brisa gris / me inunda todos los sentidos / mientras vuelo / en el silbido de los raíles / para encontrarte / en la estación del destino.»
Hay dos poemas concretos, dos específicos, de los que no voy a escribiros nada, y es que me han gustado tanto que solo os voy a destacar los nombres, para que podáis adentrarnos en ellos con todas las ganas del mundo cuando el libro caiga en vuestras manos. Se trata de Solo tú y Espacios (este último dividido en Aquí, Fuera, Vuelo y Las palabras). Venga, os destaco uno más de los que más me han encantado. En este caso, lleva por título Suspira (pero a este le robo los versos «La persigue / el inmanente goteo de un amor / que no le dejaron sentir. / Suspira…»)
Otro de los temas tratados por Amador Fonfría en Los labios de la noche es la sensación de dolor y derrota, de esos instantes, minutos, horas y días, quizá años, en los que nos persiguen momentos de tristeza por instantes ya vividos o por un futuro incierto que parece llegar vacío de amor. Poemas como Sin noche, sin mañana es un buen ejemplo, y versos como los siguientes así lo determinan: «Quisiera foguear / en las llamas del alba / los hipnóticos recuerdos / de las noches perdidas, / pero nunca amanece.» Dice una conocida canción del grupo Héroes del Silencio que «amanece tan pronto, y yo estoy tan solo». Y es que el amanecer, real o figurado, certero o poético, nos muestra en toda su luz la realidad de lo que nos rodea.
Destaco también el texto El marco de mi vida, que es muy particular en el libro, primero por estar en prosa (con interrupciones poéticas) y segundo porque el autor se lo dedica a su padre. Es una página que he leído con suma atención, y que grita al viento el enorme corazón de Amador: «Tu sol invernal, siempre firme en el ángelus de mi vida y en la luna de mis desvelos, aluza hasta el infinito de mi oscuridad», podemos leer. Otro de los textos escritos en prosa poética es el que lleva por título Adelante, y que el autor dedica a Olga y Emilio y remata con una fantástica frase: «Resultaba imposible explicarle a alguien, que no fuera mi silencio, aquel entreacto del camino».
Por cierto, poco antes hay un poema dedicado a Morín, el perro del poeta, y que lleva por título La voz intermedia. En él podéis leer versos como estos: «Morín aúpa las patas sobre la mesa, / lanza un ladrido / y con el morro me empuja la mano / hacia el teclado del ordenador / porque él sabe bien / lo que me queda sin contar».
Destaco también, para ir cerrando, uno de los últimos poemas del libro, aquel que lleva por título Eterno, dedicado a alguien que ya nos ha dejado, y que remata con unos versos muy acertados: «Desde este lado de la luz / siento tu placidez / al reencontrarte / con la sangre de tu sangre / y tu plenitud al saberte inmortal / en el recuerdo de tus ángeles de la guarda / y de todos los que te queremos».
Es pues, Los labios de la noche, un libro en el que adentrarnos con delicadeza, de sumergirnos en la poesía de Amador Fonfría, de bucear en versos que hablan de lo más profundo de su autor, de su vida y de lo que le rodea. Creo que este poemario es un paso más de su autor hacia la reafirmación de su pluma como un referente en la poesía del noroeste berciano y de un valle que yo amo profundamente. Sé que llegarán más libros suyos (lo sé; sí, lo sé) y que tendrá a mucha gente esperando por ellos. Yo seré uno más.
Entre mi biblioteca y yo
Los labios de la noche reafirma y consolida la carrera de Amador Fonfría como poeta. Es un libro que cuando lo tienes entre las manos te das cuenta de estar ante algo distinto, con una edición cuidada, un formato no tan común y una portada atrayente; coronada con una luna y una palabra, «labios», dominando lo que nuestros ojos enfocan. Siempre he pensado, y este libro me convence aún más de ello, que estamos ante uno de los poetas que mayor búsqueda hace de la palabra más acertada para cada verso. Su pluma es tan cuidada como elegante, y estoy convencido de que tanto tiempo ha pasado pensando en lo que nos quiere contar con cada texto como ha consumido para buscar lo más adecuado para él. Vais a disfrutar de su lectura, se percibe sentimiento en cada página, en cada entrada. Hay algo en él que nos lleva a sensaciones comunes a todos los que lo leemos, y no es otra cosa que sentir que estamos leyendo a un autor que, sin duda, nos habla directamente y a los ojos de los mismos sentimientos, miedos y alegrías que también nosotros hemos tenido.
Más que un libro, un autor
Conozco a Amador Fonfría desde hace tiempo. Creo recordar (puede que me falle la memoria en este caso) que la primera vez que nos vimos dentro del mundo literario fue con un café de por medio, organizado por un amigo común. Desde entonces hemos compartido distintos encuentros, alguna presentación y varios libros. Con una carrera que comenzó hace unos años y con ya varios libros publicados en el mercado, se ha convertido un referente de la poesía del noroeste del Bierzo, teniendo con él a un público que le sigue fiel. Y sé que lo mejor de un escritor es destacar su pluma, y en su caso está clara, pero no puedo dejar pasar la ocasión para reconocerle que, siempre, siempre, siempre, está ahí para ayudar a quien lo necesite. Y eso, si lo unimos a su capacidad para escribir y para crear versos perfilados, lo hace imprescindible en la vida de cualquiera que vea el mundo como yo lo veo: un instante pasajero entre la primera vez que abrimos los ojos y la última que decimos adiós.