Las leyendas sobre el Camino de Santiago son tan abundantes como irreales, en su mayor parte. Los que vivimos el Camino desde la infancia y de eso pasaron ya muchos años, recordamos con frecuencia cientos y hasta miles de anécdotas que en mucho casos parecen que son irreales, pero que los que las hemos vivido las vemos como naturales al ser tan numerosas y extravagantes algunas.
Los perros peregrinos son aquellos que salen al Camino y sin saber la causa, se acoplan a un determinado peregrino que camina a pie y que le acompaña en su caminar hasta Santiago de Compostela.
Son muchos, quizás demasiados los testimonios y fotografías obtenidas de este extraño fenómeno que, año tras año se repite y que nadie sabe a qué puede deberse, pero lo curioso es que después de muchas investigaciones sobre el particular, puedo asegurar que existen y se producen con frecuencia.
El perro sale al Camino casi siempre entre las ciudades de Burgos, Sahagún de Campos y en algunos casos desde Astorga.
La raza no importa, porque ya he contabilizado más de diez mientras que casi todos parecen no tener una edad superior a los cinco años.
Ellos, los perros, sin saber la causa exacta, eligen al que van a acompañar, se sitúan a no más de cinco metros de distancia y comienzan a caminar , siempre ojeando a su acompañante que en multitud de casos no se da cuenta del extraño comportamiento del animal hasta pasados dos o tres días.
Como si conocieran los albergues donde pernocta el peregrino, en su enorme mayoría se quedan en la puerta y desaparecen hasta la mañana siguiente, en la que esperan en la puerta la salida del peregrino elegido. Este ya ha tomado alguna precaución y hace algún acopio de comida, para el supuesto de que el perro estuviera esperándole. Se da el caso de que, en muchas ocasiones, el peregrino se olvida de sacar algo de comer a su acompañante y el perro permanece en los alrededores sin atreverse a entrar. El perro intuye que su acompañante ocasional, no le va a olvidar y hay quien afirma, que en noches de lluvia intensa, el perro ha permanecido a la intemperie a la espera de que el peregrino le saque algo de comer.
Por el Camino, comparte alimentos con el peregrino y se da el caso de que al cruzarse con otros caninos, evita cualquier tipo de confrontación e incluso abandona sus inclinaciones sexuales, cuando se cruza con una perra en celo, de tal manera que nunca, absolutamente nunca, abandona la compañía del peregrino.
Cualquier peregrino que sea acompañado por uno de estos perros, jamás se equivoca de camino si es lo suficientemente sagaz como para dejarle que sea este el que elija el ramal que en ocasiones ( demasiadas) no está bien señalizado.
Jamás entran en las iglesias que visita el peregrino y cuando este se percata de su presencia, adquiere una cuerda para que en las ciudades donde atraviesan, no ocurra ningún incidente que pueda comprometer al peregrino.
Ninguno de estos perros lleva el chip de identificación, y no se ha dado el caso de que ningún peregrino tenga que responder por alguna causa que el perro pudiera originar.
Según el testimonio de algunos encuestados, afirman que el perro se siente incómodo si el peregrino elige un determinado albergue, haciendo que este se percate de que el lugar no ofrece las mismas garantías que otros más humildes o menos renombrados.
Así mismo, se observa que en el alcance o cruce con otros peregrinos el pelo del perro se encrespa hasta tal punto que el buen observador se percata enseguida de que el peregrino con que se para o camina parejo, no es del agrado del animal y este, de alguna manera, le incita a evitar su compañía.
El perro continua siempre fiel a la llamada del peregrino que, en muchos casos, le pone un nombre que le agrada a él, y el perro se acostumbra a ese nombre de inmediato, siendo capaz de no perderse entre la multitud de una fiesta, o cualquier tipo de evento.
En muchos casos, una vez dentro del albergue, el perro desaparece de la vista de su dueño momentáneo y no aparece hasta la mañana siguiente, sin que éste sepa dónde ha ido o dónde se ha alimentado, con la salvedad de que el perro, no parece tener en cuenta este detalle, y jamás comerá la comida del peregrino si este se la ofrece. Esto deja perplejo al peregrino.
Así continua a Santiago y una vez en la ciudad, el perro desaparece de la vista del peregrino y éste ya no lo vuelve a ver, salvo excepciones en las que se ha encariñado tanto con él que lo adopta y se lo lleva a su casa, con el increíble resultado de que aquellos que así lo hacen, llegan a quererle tanto como a un familiar, mientras que el perro adoptado, parece conocer desde el primer momento a todos los miembros de la familia, que ha olfateado siempre en presencia de su nuevo amo.
Después de muchas averiguaciones, he comprobado personalmente que los perros regresan de Santiago de Compostela aprovechando la noche hasta los lugares que anteriormente he mencionado a la espera de otros peregrinos.
Lo que resulta evidente es que, si los perros que llegan acompañando a los peregrinos a Santiago de Compostela, se quedaran en la ciudad, ocasionarían al Ayuntamiento de la esta ciudad, un grave problema por la gran cantidad de perros peregrinos que diariamente hacen el Camino.
Los que regentan albergues del Camino conocen perfectamente esta situación, que se repite desde hace muchos años y que en la actualidad, debido a la masificación de los caminos, son fenómenos que parecen no existir, pero no dejan de producirse con bastante frecuencia.