Sobrevivió a la explosión de Combustibles de Fabero en 1984, después de refugiarse con un compañero en una galería de ventilación. Pero antes de convertirse en minero, José Lindoso fue un niño de O Courel que llevaba 200 cabras al monte, un joven que llegó al Bierzo con un petate y un hombre que se compró un traje a plazos para poder ir al baile. A sus 95 años conserva en la memoria una vida entera.
«Veíamos pasar el humo, bufaba, suuuuuuu, y nosotros nos metimos en una galería de ventilación hasta que vimos cuatro lámparas que venían a rescatarnos». Han pasado más de cuatro décadas desde aquella mañana de 1984 en Combustibles de Fabero, pero cuando habla de ella no parece estar contando algo que ocurrió hace una vida. Vuelve a estar allí. En la galería. Viendo el humo espeso que maneja con sus manos en el aire.
José trabajaba entonces de maderista, asegurando las galerías después del paso de la rozadora en un pozo moderno. Había aprendido a conocer la mina a fuerza de años, y aquella mañana en Combustibles de Fabero, algo le hizo desconfiar. «Olía mucho a humo y le dije a mi compañero que aquello no me olía nada bien. Él pensó que era el motor de la rozadora, que se estaría quemando». Pero José se acogió al por si acaso y decidió retirarse con él a una galería de ventilación. «Y dejamos que la galería exterior se llevara el humo».
Esperaron allí durante aproximadamente una hora, mirando el humo. El aire empezaba a faltar. Su compañero tenía silicosis y decía que no podía salir. José también se encontraba cada vez más cansado. Hasta que aparecieron las luces. Los rescatadores pensaban que estaban muertos. Y cuando José salió encontró entre quienes acudían al rescate a un viejo amigo, uno de los dos rusos que habían llegado años antes a Fabero para poner en marcha una máquina que entonces parecía pertenecer al futuro, la rozadora. «Lindoso no estás muerto, me decía».
Afuera ya sabían que había habido una explosión de grisú. Los llevaron en coche hasta una plaza. Allí José vio una escena que tampoco ha conseguido borrar de su memoria. «Había doce muertos en el suelo», aunque eran ocho, se unían a los heridos y sonaban las sirenas, la gente salía hacia el pozo para saber quiénes eran los fallecidos. Fabero entero parecía haberse acercado hasta allí. «Estaba todo el mundo ayudando, hasta el herrero. La gente se mareaba. No sé cómo nosotros aguantamos».
La explosión causó finalmente ocho víctimas mortales. José sobrevivió. Le dieron un mes de baja y después volvió a la mina, aunque ya le quedaba poco para jubilarse. En 1985, con 55 años, colgó definitivamente el casco después de 32 años trabajando bajo tierra.
Tres décadas compartidas con las cuencas y dando alas a aquel rapaz de Céramo, una pequeña aldea de O Courel en la que José vivió hasta bien entrada la veintena y donde entonces solo había siete familias. José era el tercero de cinco hermanos. El mayor, Dosieto, le llevaba nueve años y fue quien se quedó con lo que en las familias llamaban la «manda», la herencia de los padres que recibía el hijo que permanecía con ellos para cuidarlos. Después estaba Manuel y, detrás de José, los dos pequeños.
En Céramo no había dinero, pero había de todo lo necesario para vivir. Su padre tenía siete vacas, de las que sacaban leche para casa y para elaborar quesos y mantequilla que su madre y su abuela vendían en la Feria del Courel. Había dos bueyes para trabajar, un caballo para ir a las ferias o llevar el centeno a moler y también compraban un macho en invierno para cebarlo y venderlo en mayo en la Feria de Cacabelos. «Teníamos patatas, leche, pero no teníamos dinero». «Teníamos una casa de labrador rico», recuerda.
Su padre quería "que fuese fuerte". Sus hermanos mayores no habían sido demasiado valientes y con él quería otra cosa. Por eso no sirvió que llorara o se meara de miedo cada vez que, con 12 años, su padre le mandaba a pastorear a las 200 cabezas de ovejas y cabras de todo el pueblo al monte “tenía que ir igual. Eso me hizo fuerte», reconoce.
Aquel chaval que temblaba en los montes gallegos acabaría siendo el hombre que se metía cada día bajo tierra. En el pueblo, sus hermanos eran considerados más dóciles "a mi me llamaban pillo y decían que no me querían para sus hijas".
Después llegó la mili. Infantería. Santiago de Compostela y tres meses de instrucción en el monte de A Coruña. Llevaba también una novia, pero aquella relación terminó quedándose atrás. «Me fui olvidando, al principio le escribía, después poco a poco no».
Fabero apareció en su vida a través de un vecino que repartía patatas por la zona y que había entrado en la mina. Le contó que allí se ganaba dinero. Su amigo Francisco y él cogieron el petate y dejaron su casa. Fue el 10 de agosto de 1954.
«Había que tener cojones para meterse en la mina»
José y su amigo Francisco llegaron a Fabero y se instalaron en una pensión mientras buscaban trabajo. La mina era el futuro, aunque aquel futuro no tenía nada de cómodo. «Había que tener cojones para meterse en la mina», dice.
Empezó sacando escombro. Después hizo raíles, fue ayudante de caminero, tubero, pinche y ayudante de picador. Probó diferentes oficios hasta que encontró el que realmente le gustaba: maderista «porque eran los que arreglaban las cosas cuando había un accidente». La mina de aquellos primeros años no se parecía a la que dejaría en 1985. «Era horrible, unos chamizos, sin luz, tenías que ir con un candil que se te apagaba».
José trabajó en Antracitas de Fabero, después en Alba, en Pozo Julia y finalmente en Combustibles de Fabero. Fue viendo cómo la cuenca cambiaba. Llegaron las luces, los sistemas para retirar el agua y las máquinas que comenzaron a sustituir parte del esfuerzo humano. Entre ellas estaba aquella rozadora comprada en Rusia. Dos rusos acudieron a ponerla en marcha y uno de ellos hablaba español. José hizo amistad con él.
La máquina entraba en una rampa de cien metros y se metía un metro en la pared para sacar el carbón. «Te echaba en cada pasada 100 vagones», recuerda. José tenía entonces una visión privilegiada de aquella transformación. Había conocido los tiempos de los candiles y acabó trabajando en una mina cada vez más mecanizada.
"Nos pagaban 20 pesetas por día"
Pero el dinero tardó más en llegar. «Nos pagaban 20 pesetas por día y trabajábamos 25 días». Unas 500 pesetas al mes. La pensión y la comida se llevaban prácticamente todo. Y José tenía 24 años “y a mí me gustaban las chicas», dice pillo. Era joven, quería salir, ir al baile, ligar. Se compró un traje y un reloj aunque tuvo que pagarlos a plazos porque no podía permitírselos de golpe.
Para conseguir algo de dinero a mayores aceptó incluso un trabajo que lo llevó al límite. Tenía que abrir un piso para cortar una capa de carbón durante la noche y después enlazar con el turno de la mañana. Entraba a las cinco de la mañana. «Por cada vagón lleno nos pagaban siete pesetas, pero a veces no teníamos tanto con qué llenarlo». Aguantaron casi un mes trabajando día y noche. «Casi nos morimos», dice, recordando a su compañero de trabajo.
Un hombre que tenía un bar lo vio tan desmejorado que le dio un consejo: mezclar jerez con un huevo para recuperar fuerzas. José lo siguió y consiguió terminar el trabajo, saldar sus deudas y, con lo que ganó, comprar dos trajes más de verano.
Su amigo Francisco, aquel con el que había llegado desde O Courel, acabaría marchándose a Buenos Aires. José, en cambio, se quedó en Fabero. Empezó también de picador, pero aquello no le gustaba. «Trabajabas acostado, con agua debajo y cayéndote todo encima».
Buscó otro puesto, cambió de empresa y llegó a cobrar 9.000 pesetas. Ya era un buen jornal. Lo suficiente para pensar en algo más que sobrevivir. Y entonces apareció Rosa. Ella era bordadora. José la había visto mientras aprendía a coser por una galería. Pero fue en La Pista, aquel enorme espacio de baile al que acudían los mineros los fines de semana, donde terminaron conociéndose.
Rosa tenía otro pretendiente, un amigo de José al que llamaban el Asturiano. Pero las borracheras del hombre empezaron a incomodarla. Una noche le pidió a José que la acompañara a casa para que no siguiera molestándola. Y aquella conversación terminó convirtiéndose en una vida. Tuvieron una hija, Rosa. Solo una. José lo había decidido así. «Quería tener solo un hijo y que fuera niña, porque sabía que así podía darle una cultura». Quería que estudiara. Y consiguió que su hija fuera maestra.
Mientras tanto, él siguió bajando a la mina. Pasaron los años, las empresas, los compañeros. Y pasó aquella mañana de 1984 en la que cuatro lámparas aparecieron entre el humo. Había visto crecer Fabero hasta convertirse en una cuenca en la que, recuerda, llegaron a trabajar unos 5.000 mineros en un municipio de unos 9.000 habitantes. Había visto llegar la abundancia después de aquellos primeros tiempos en los que las 20 pesetas apenas alcanzaban para la pensión y la comida.
Hoy vive en una residencia de Camponaraya con Rosa. A sus 95 años sigue pendiente del reloj para que no se les pase la hora de la cena.
José mira atrás y reconoce que no tuvo una vida fácil. Pero «lo que hice siempre me salió bien», dice mientras mira a su Rosi, con la que nunca ha dejado de bailar.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.