Heridas que no cicatrizan

Ana María Campelo regresa a las librerías con una buena y trabajada novela, con la que cualquier lector que se acerque a ella podrá disfrutar de su lectura

Ruy Vega
22/02/2026
 Actualizado a 22/02/2026
Portada del libro en la estantería de Ruy Vega.
Portada del libro en la estantería de Ruy Vega.

Escribir una novela de trama policiaca tiene, seguro, una buena parte de investigación, de conocer el cómo y el cuándo, de no dejarse llevar por la fantasía y sí de hacerla crecer con la semilla de la realidad. Y de eso sabe mucho Ana María Campelo.

Heridas que no cicatrizan, el libro del que os voy a hablar hoy, no es su primera incursión en este género literario, un espacio que ya comienza a dominar con magia, como se hacen las novelas bellas y bien trabajadas. Recuerdo haber leído, con esta, tres de sus novelas. Si hago memoria, la primera la leí en mi casa, la segunda en Portugal y a esta me acerqué tras ver su presentación en la Feria del Libro de Ponferrada (feria a la que os recomiendo acercaros siempre, para conocer tanto a autoras y autores ya consagrados como a otros más desconocidos).

Sé de buena tinta (nunca mejor dicho) que Ana María Campelo se toma muy en serio sus obras. Bien, esto debería ser lo normal, pero no siempre es así, creedme. Y más, como es en su caso, plantarle cara a lo que desconoces e informarte al máximo, con el personal que realmente se dedica a ello, para poder plasmar en una novela los pequeños detalles de una investigación policial real. Y es que hacerlo creíble es tan importante que, cuando lees una novela que no lleva esa marca, puede caer en términos que te hagan abandonarla. En este caso, la escritora ha puesto todo su esfuerzo en ese realismo tan necesario y yo, como lector, se lo agradezco infinitamente.

La obra está editada por Marciano Sonoro, unos grandes profesionales a los que también tengo el gusto de conocer. Ha sido un acierto el conjunto de ambos. Varios de sus títulos los guardo en mi recuerdo.

Una curiosidad que no había visto nunca (o al menos no lo recuerdo) y que a mi entender le da un aire diferente al libro, a la vez que muestra desde el principio el cuidado que la autora ha tenido con crear la atmósfera adecuada, es la inclusión del título y una breve sinopsis de películas en la entrada de cada uno de los capítulos. Esto es, sin duda, una buena forma de recordar filmaciones que todos hemos visto, pero también de descubrir otras que igual desconocemos, y a partir de esta lectura nos animamos a verlas. Una vez más, la magia del cine y la potencia de la literatura unidas por la palabra. Como os digo, un acierto.

La novela comienza potente y directa. Aquí tenéis un extracto del primer párrafo del primer capítulo (que lleva por título Mi verdadero yo): «Si algún día saliera a la luz lo que hago, seguro que todo el mundo querría conocerme a fondo: ¿quién soy realmente?, ¿qué me movió a actuar como lo hice?, ¿cómo es posible que nadie de mi entorno se diese cuenta de mi verdadero yo? Debe de ser una verdad como un templo eso de que nunca llegamos a conocer a fondo a los que nos rodean.» Y es que Heridas que no cicatrizan tiene mucho de eso, de descubrir realidades que permanecen ocultas. Ese juego de personajes, ese ir y venir de las capas que cada uno llevamos con nosotros, las visibles y las invisibles, es una parte esencial de la trama. Os animo a sumergiros en el juego, lo vais a disfrutar.

Como en sus anteriores novelas, Ana María Campelo nos transporta a través de sus líneas hasta El Bierzo. Es algo que a los autores bercianos y leoneses de novela les gusta hacer, y es algo que personalmente agradezco mucho. Leer capítulos en ubicaciones en las que has estado es fantástico. Me parece un punto muy positivo para el público más cercano. En anteriores casos su obra se centraba principalmente en Villafranca, esta vez el campo es algo mayor: «La víspera del acontecimiento que dejaría una laguna de olvido en la mente de Ismael, unos obreros habían colocado señales de obra, vallas y carteles anunciando unas inminentes jornadas de limpieza y acondicionamiento de las orillas del río Cúa a su paso por Cacabelos, por lo cual se prohibía el paso a cualquier transeúnte mientras durasen las labores.» Cacabelos es una de las joyas que tenemos. Ya lo comenté en alguna ocasión, creo, que mis abuelos vivieron un tiempo allí, por lo que yo pasé bastantes domingos en sus calles. No puedo evitar, por cierto, acordarme cada vez que se unifican literatura y Cacabelos del poeta, escritor y amigo, Jose Yebra. Venga, otra muestra de la presencia de nuestra tierra más cercana en la obra: «Después, esperamos a mamá sentados en un banco en el parque del Plantío. Desde donde estamos, veo la estatua de La Carrasca, la amada del escritor Gil y Carrasco, y el recuerdo de Mael me hace sonreír, el abuelo sigue a lo suyo.»

Como os comentaba antes, los personajes en esta novela tienen un enorme peso específico. Sin ellos y sus diferencias no se entendería bien lo que Heridas que no cicatrizan nos cuenta. Lo agradezco, me encantan este tipo de libros donde los personajes son diferenciables. De otra forma no tendría sentido. Ana María Campelo, que ya lo había hecho en sus anteriores obras, lo impulsa todavía más en esta, donde incluso en cómo escribe según quién y cuándo es diferenciable, llegando a usar, por ejemplo, un diario en algún momento, como es cuando nos encontramos con Sara: «Cuatro de febrero de 2016: comienzo este diario y lo hago por las circunstancias excepcionales en las que me veo inmersa. Es un hermoso cuaderno de tapas de terciopelo verde y con un candado minúsculo que me regalaron cuando cumplí los trece años, igual que le sucedió a Ana Frank.» Ella es, sin duda, uno de los personajes más potentes en personalidad (desde un punto de vista literario). Por cierto, aprovecho esta entradilla para recomendaros la lectura de Ana Frank.

Os pongo otro ejemplo de lo que os comentaba, esa capacidad de Campelo para dibujar personajes tan solo usando la palabra y su expresión. Este extracto pertenece al capítulo Karlotta dialoga con su amigo… imaginario: «¿Tú sabes que todos llevamos un monstruo dentro? Ha oído bien, todos, to-dos. Nadie se libra, nadie. Muy adentro, enraizado en las entrañas. Tan adentro que ignoramos que es un integrante más de nuestro ser, hasta que sale a la luz.» Y vosotros, ¿pensáis que todos llevamos un monstruo dentro? No, no me respondáis, primero leed Heridas que no cicatrizan y luego lo debatimos.

Como toda buena novela policíaca, y tal y como os escribía antes, la precisión forma parte esencial de la misma. Sin duda, es minuciosa hasta el mínimo detalle. Una precisión que me recuerda a la que me encontré en la novela El reverso de la venganza, de Manuel Fuentes y Ana Julia Martínez. Otra novela que os recomiendo. Y como no hay mejor ejemplo que mil palabras (o eso dicen), os copio a continuación unas pequeñas líneas de la maestra mano de Ana María Campelo: «También sabemos, o deberíamos estar enterados de que, entre una víctima y su verdugo, puede haber transferencias indeseadas: que si un pelo con su bulbo y todo, que si una gota de saliva, que si una colilla, que si una pisada, que si una huella dactilar…, cualquier error, por nimio que sea, daría al traste con el deseo de permanecer en el anonimato.» Estoy convencido de que, para escribir estas líneas, Campelo ha estado horas hablando con quienes se dedican a este tipo de investigaciones. Y yo, perdonad que sea tan insistente, lo agradezco.

Es pues, Heridas que no cicatrizan, un buen libro al que acercarse y pasar unas horas de buena y entretenida lectura de la mano de una de nuestras autoras más conocidas a día de hoy, que no solo lleva la literatura en la sangre, sino que además lleva al Bierzo a cada uno de sus libros, de la mano de personajes muy trabajados. No sé cuál es su siguiente paso, pero yo estaré atento a él.

Entre mi biblioteca y yo

Heridas que no cicatrizan me reafirma en la sensación que tuve la primera vez que leí un libro de Ana María Campelo, que con el paso del tiempo sería una de las referencias de la novela negra en el Bierzo. Y creo que ha llegado a ese punto, que no es nada fácil. La novela tiene esa magia que tienen las que están bien hilvanadas, que a través de los distintos capítulos te van atrapando en un puzle de acontecimientos y que te llevan a querer leer más y más. Es algo que ella sabe hacer, sin duda. Y, como toda buena novela, tiene un final… Bueno, es mejor que lo adivinéis por vuestras propias manos (o, mejor dicho, vuestros propios ojos). Hay sorpresas, y poco más puedo añadir para no desvelar nada. A través de distintos perfiles, de investigaciones bien llevadas y de giros de guion bien estructurados, la autora ha logrado en Heridas que no cicatrizan una suave y bien elaborada melodía de lo misterioso y un rock potente de sensaciones. Ya descansa en mi librería, que descanse también en la vuestra.

Más que un libro, un autor 

He tenido la suerte de conocer a Ana María Campelo. Creo que la primera vez que hablamos, hace ya tiempo (aunque no creáis que tanto), fue en una presentación en Villafranca, en su magnífico teatro, cuando se acercó a saludarme. Y, desde entonces, han sido varias presentaciones, tanto en las que hemos asistido ambos como en las que ella ha estado en las de mis libros y yo en las de los suyos. Este camino de literatura es mágico, siempre lo ha sido. Desde aquel momento en el teatro hasta la última vez en un evento concreto, que fue en el ciclo Crimen y literatura, donde tanto ella como yo participamos como ponentes (y oyentes, por supuesto). Ana es buena gente, muy buena gente, y eso es de agradecer en este mundo. Y si, además, como es el caso, tiene esa magia para escribir como la que muestra en cada novela que saca al mercado, por mi parte ya solo puedo recordarle, para cuando lea estas líneas, que a ella y a su hermana las espero en la próxima cena, que en la última no pudieron estar (ellas lo entenderán…).

Ruy leyendo el libro.
Ruy leyendo el libro.

 

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