Papá, siempre he considerado que los poetas son unos auténticos valientes a la hora de abrirse a los demás. Siempre he afirmado que son realmente atrevidos, ya que en muchas ocasiones cada verso, o la mayoría de ellos, hablan de sus pensamientos y emociones. Por eso es realmente especial que hoy te traiga hasta aquí este libro, que es ya el segundo del que te hablo de su autora. Hoy te hablaré de Entre el mar y el cielo, la nueva obra de la escritora y poeta Rosa Marina González-Quevedo.
Estamos, sin duda, ante una autora realmente especial. Ya en su anterior novela su propia alma isleña corría entre la tinta. En este ejemplar, sin duda, esa sensación se multiplica por diez. El libro no podía comenzar con una declaración de intenciones más clara y precisa. Ya en ese comienzo nos queda marcado quién es ella y qué es lo que nos muestra. Podemos leer: «Cuánto me ha costado amar mi fragilidad. / Gracias a ella soy un ser mutante, / gota de agua que viaja eternamente entre el mar y el cielo. / Como todos».
Conozco a Rosa Marina, sé que no arranca hojas del calendario, sino que arranca versos al poema de su vida, sé que no duerme por las noches, sino que sueña con palabras y textos, sé que el destino quiso que, a pesar de estar a kilómetros de distancia uno del otro, la literatura hiciera que se cruzasen nuestros caminos. En este viaje hacia su propia vida, papá, ya en uno de sus primeros textos, que lleva por título precisamente Memorias, las intenciones no pueden estar más claras: «La isla que soy está en mis libros de cuentos. En sus barrios juegan los niños con palos y piedras. Ladran los perros en la madrugada. Trina el sinsonte al amanecer. Saltan el negro y el blanco en taburetes mulatos de dominó callejero. Entra el salitre a las casas y la lujuria en la gloria».
Una de las características principales que creo que definen a la autora es su gran esfuerzo por encontrar la palabra adecuada en cada contexto. Ese trabajo es muy de agradecer, esa pelea constante por buscar lo idóneo es de alabar. No todo el mundo lo hace, y ella lo perfila con perfección. Un gran talento al servicio de un gran talento. Poemas como Telediario de última hora así lo atestiguan. Si no, lee atentamente sus últimos versos, que aquí te dejo plasmados: «¡Lo sabía! / Una noche no basta para contar estrellas. / Siempre un punto y aparte nos saca sin piedad del sueño. / Saltamos de la cama. / Abrimos la ventana y vemos / que el sol no despierta aún».
Varios de los poemas que encierra Entre el mar y el cielo, sin duda, encierran detrás de sí mucho más que versos y sensaciones. En ellos podremos encontrar pensamientos profundos, sinceros y que me han llevado, en más de una ocasión, a reflexionar sobre lo que Rosa nos quiere contar y preguntar. Un buen ejemplo de ello es el poema El barro, donde tras una breve introducción donde la poeta se pregunta «¿Por qué me fui?», podemos leer: «Los niños juegan con él a crear el mundo. / Enlodados hasta el cuello regresan a casa. / Un buen día dejan de jugar / con el sueño de acariciar la tierra. / Entonces se les dice que han crecido. / Y empiezan a jugar a ser el lodo». Me pregunto, papá, cuándo dejé yo de jugar, para comenzar a ser el lodo. Una pena, la verdad.
Otro de los poemas que más ha impactado en mi lectura, que más me ha llegado hasta lo más arraigado de un alma quebradiza y un corazón latente y dudoso, es, sin duda, el que lleva por título Luego. Supongo que si puedes leerlo (siempre me he preguntado si realmente puedes hacerlo, podría asegurar que sí), sabrás el motivo. Tan solo voy a escribirte aquí los primeros versos, y estoy seguro de que lo entenderás perfectamente: «Sombra materializada de años felices / cuando aficionado a Selecciones del Reader´s Digest / mi padre era el héroe de mis sueños. / el cajón donde escondía su fiesta personal / descansaba a la vuelta de mi mano abierta / repleto de cómics de Marvel y Superman». Todo ello, justo tras comenzar con el siguiente pensamiento: «¿Por qué te fuiste?». Mágico.
Creo con firmeza que Rosa Marina González-Quevedo es una persona sensible, alguien con una gran capacidad para reflexionar sobre lo que nos rodea y extraer pensamientos de ello. Es, como te he dicho en otras ocasiones, una poeta de los pies a la cabeza, del alma al corazón. Porque, insisto, son muchos los que se lanzan a escribir poesía, y es de alabar, sin duda. Pero de entre ellos, de entre todos los que se lanzan a una hoja en blanco para dibujar versos, solo algunos son poetas. Porque no estamos hablando de perfección en su métrica, o indiscutible técnica en sus letras. No, no hablo de eso. Hablo de descubrir la belleza en la tormenta, de llenar mares de belleza con una única lágrima salada, de romper montañas con la mirada de la melancolía. Hablo de, sencillamente, tener la enorme capacidad para ver la vida como solo los y las poetas son capaces de verla. Y Rosa lo es.
Estamos ante una poeta. Muestra de ello son muchos de los textos de los que aquí te hablo, de las breves pero intensas y acertadas conversaciones que he podido mantener con ella y, por supuesto, de ejemplos como el poema Dos puertos, en el que ha escrito la siguiente belleza: «Hay un puerto de mar donde anclan mis recuerdos / de amaneceres turbios y arcas escondidas. / En su atlántica arena se ahoga y renace / la mitología de palmeras que danzan. / Otro puerto sucumbe ente un rey que bosteza / en su trono de alta montaña. / En su carnaval de serpentinas ondas / los lobos pardos cantan coplas a la luna». Otro buen ejemplo es el poema La respuesta, donde podrás leer los siguientes versos: «y vi un arcoíris donde ángeles mudos recogían flores frescas / y ausente de palabras y de frases gastadas desperté / y dije la verdad».
Esta tierra que nos rodea, papá, esta tierra berciana y esta tierra leonesa han acogido a gran número de autoras y autores. Novelas, ensayos y, obviamente, poemarios. Muchas veces me pregunto el motivo. Otras tantas me lo han preguntado a mí, que qué opino o cuál creo yo que es el motivo por el que la creación literaria es enorme (tanto en cantidad como en calidad) en estas tierras. Y, la verdad, lo desconozco. No lo sé, lo confieso. No tengo ni la más remota idea. Quizá sea por un pasado reflexivo, puede que sea por un presente melancólico o porque por nuestras venas corre tinta. No importa, solo sé que tengo la suerte de conocer a gente maravillosa con un enorme talento. Y a muchos poetas. Rosa Marina González-Quevedo es una de ellas.
Me voy a ir despidiendo ya, papá. Pero me voy con un último poema extraído de Entre el mar y el cielo, una última joya que muestra el gran acierto de su autora por adentrarse en el mar de la poesía, y que aparece en el libro de los que yo guardo en los estantes de aquellos a los que en algún momento quiero regresar. En este poema, titulado Si aún, podemos encontrar los siguientes versos: «Cuando no sea tersa mi piel y el deseo / parta al infinito sin dejar despedida / tomas mis manos y hazme sentir la mujer que he sido. / Cuando sea árbol seco mi intelecto y la memoria / emprenda un largo viaje sin retorno / cuéntame un cuento y arropa mis huesos con la manta a cuadros».
Papá, cada vez que cierro un libro tengo la sensación de que he finalizado un camino. Puede que regrese a él en más ocasiones, puede que nunca más. Es algo así como un pensamiento que viene y va en mi mente. Algo que me lleva una y otra vez a plantearme si la vida es precisamente eso, una gran estantería de la que vas leyendo libros de tu vida, dejando algunos atrás y otros a mano, para poder regresar. Y de regresos sabe mucho la poesía y sus poetas. Porque también eso empuja nuestras almas, o al menos la mía, en ocasiones dura, en la mayoría de ellas frágil y quebradiza. Y entre esos regresos siempre estás tú, tus palabras, tus enseñanzas y los años que pasamos juntos. Por eso siempre, siempre, acabo cada una de mis cartas indicando que no es inmortal el que nunca muere, sino el que nunca se olvida.