La primera vez que olí el Camino fue en una mañana húmeda de Villafranca del Bierzo. Aún no había luz, y el aire traía un perfume denso, mezcla de pan recién horneado, estiércol de vaca y hojas de castaño en descomposición. El peregrino que despertaba en un albergue comunitario compartía esa materia olfativa con el campesino que ordeñaba, con el borracho que dormía bajo un soportal, con el ángel invisible que dicen- acompaña los pasos hacia Compostela. Allí se respiraba un mundo entero: lo sublime y lo vulgar en una sola bocanada, la liturgia de la aurora y la resaca de la taberna, la espiritualidad y la carne.
Hoy ese aroma ha cambiado. No ha desaparecido del todo, pero se ha diluido entre ambientadores de hostal, café de cápsula y las inevitables cremas solares con factor cincuenta que exhalan los grupos organizados que algunos llevan hasta su propio masajista. El Camino Francés, esa arteria que unió a Europa con Galicia y sostuvo durante siglos la peregrinación más célebre de Occidente, se tambalea bajo el peso de su propio éxito. Como una estrella de rock retirada, sigue llenando plazas, pero su voz ya no es la misma.
"Mochilas transportadas, cenas concertadas, selfies en cada mojón. La experiencia se mide en gigas de memoria, no en ampollas; en diplomas exprés, no en silencios compartidos"
Hubo un tiempo en que cada jornada era un ritual iniciático: atravesar la Tierra de Campos bajo un sol despiadado, perderse en la niebla de O Cebreiro, escuchar cómo cruje la rodilla en el descenso hacia Molinaseca. La penitencia física se mezclaba con la revelación interior: el Camino como prueba, el Camino como espejo. El peregrino medieval avanzaba hacia la tumba de un apóstol, pero también hacia el misterio de su propia fragilidad, sostenido por la hospitalidad de gentes que veían en el forastero un hermano de paso.
Hoy proliferan los 'caminos degustación': un menú breve desde Sarria que asegura la Compostela en cinco días. Mochilas transportadas, cenas concertadas, selfies en cada mojón. La experiencia se mide en gigas de memoria, no en ampollas; en diplomas exprés, no en silencios compartidos. Así avanza el Turigrino por su Camino VIP: cama reservada, wifi garantizado y la Compostela convertida en trofeo.
Mientras Galicia celebra su boom, vastos tramos del Camino Francés languidecen en la penumbra. Tierra de Campos, el páramo leonés, el propio Bierzo: nombres que fueron sagrados en la cartografía jacobea hoy sobreviven en la periferia de la memoria colectiva. El contraste es brutal: masificación en Galicia, vacío en Castilla y León. El mismo Camino que fue tejido de hospitalidad y resistencia es hoy un cuerpo amputado: brillante en sus extremos, necrosado en su centro. Se cierran albergues, se pudre el patrimonio, se evaporan las voces de hospitaleros que entendían su labor no como negocio, sino como forma de gracia.
Pienso en Jato, el mítico hospitalero de Villafranca, que aún con ochenta y cinco años repite que la hospitalidad consiste en acoger a cualquiera, sea transeúnte o millonario. En su Ave Fénix se hospedaron generaciones de caminantes, y bajo sus maderas se escucharon ronquidos, confesiones y sueños febriles de juventud. Ese espíritu, mezcla de generosidad y extravagancia, es hoy una rareza. Lo que impera en demasiados rincones es el cálculo: el peregrino como cliente, la etapa como paquete, la Compostela como certificado. Como si el Camino fuese un máster online que se supera con un puñado de créditos, sin necesidad de habitar realmente la experiencia.
"El Camino puede morir de éxito: convertirse en una atracción más, en un Disneyland pseudoespiritual donde se paga entrada y se sale con diploma"
Hay en todo esto una ironía dolorosa. El Camino nació como itinerario hacia la tumba de un apóstol, un trayecto que unía lo divino y lo terrenal en una geografía espiritual. Hoy la tumba importa menos que la foto en la Plaza del Obradoiro. El peregrino medieval caminaba hacia el misterio; el contemporáneo camina hacia la tienda de souvenirs. Y sin embargo, incluso en la banalidad, late todavía algo. Hay quienes descubren en medio de la ruta un destello inesperado: un anciano que les ofrece agua en Molinaseca, una iglesia románica vacía en Frómista, el vuelo de una cigüeña sobre Sahagún. El Camino, incluso degradado, sigue teniendo la capacidad de interpelar.
Veteranos hospitaleros lo repiten con voz grave: "si seguimos así, mataremos al Camino". No se trata solo de cifras económicas o de marketing institucional, sino de la esencia misma del viaje. El Camino puede morir de éxito: convertirse en una atracción más, en un Disneyland pseudoespiritual donde se paga entrada y se sale con diploma. Las comunidades autónomas fragmentan la gestión, cada una promocionando su tramo como si fuera parque temático propio. Surgen rutas "alternativas" de dudosa base histórica, multiplicando la confusión. El Camino, que en la Edad Media fue arteria de Europa, corre el riesgo de convertirse en mosaico de intereses turísticos mal ensamblados.
Y sin embargo, aún no es tarde. Basta recordar lo esencial: hospitalidad, autenticidad, silencio, resistencia. Recuperar la narrativa cultural y espiritual del Camino, no como sermón religioso, sino como experiencia de transformación humana. Potenciar los tramos olvidados, dar voz a las comarcas intermedias, rehabilitar el patrimonio que se desmorona. El Camino no necesita más turistas: necesita peregrinos. Personas dispuestas a caminar no para coleccionar certificados, sino para enfrentarse a su propia fragilidad, para descubrir la hermandad con desconocidos, para reconciliarse con el tiempo lento de la tierra.
Al caer la tarde recuerdo haber visto a un peregrino solitario llegar a Villafranca. Nadie lo esperaba, nadie lo fotografiaba. Se quitó las botas, se sentó en el bordillo y dejó que sus pies respiraran. En ese gesto humilde -la carne expuesta, el polvo adherido, el silencio del crepúsculo- había más verdad que en todos los diplomas expedidos en Santiago. Quizá el Camino no esté perdido del todo. En Villafranca, desde el mítico albergue Ave Fénix, proyectos como Por Amor al Camino, de Irene García-Inés, un compendio de trabajos culturales orientados a revalorizar la dimensión sociocultural del Camino y su esencia como rito de paso frente a la creciente banalización turística, apuntan precisamente en esa dirección.
Tal vez la esencia del Camino permanezca escondida en esos instantes minúsculos, donde lo banal y lo sagrado se rozan como las alas de un ángel cansado. Porque el Camino, al fin y al cabo, no muere nunca: solo se transforma, como la bruma que cubre la montaña y se disuelve, lenta, en la eternidad.