El Bierzo de Jovellanos

El paso del ilustrado por el Bierzo hace más de dos siglos, no fue algo pasajero. Vivimos con sus huellas y el recuerdo de que un día, el Bierzo, se dejó acariciar por él

Pedro J. Villanueva
14/07/2018
 Actualizado a 19/09/2019
Fotomontaje de Jovellanos a las puertas del Monasterio de Carracedo. | P.V.
Fotomontaje de Jovellanos a las puertas del Monasterio de Carracedo. | P.V.
Hace más de 200 años de la visita de Melchor Gaspar de Jovellanos a tierras leonesas. El ilustrado dejó escrito en sus Diarios (Memorias íntimas) sus impresiones como viajero realizando un documento viviente que recopila paisajes y costumbres, arte y monumentos de nuestra provincia. Así describe Eloy Díaz-Jiménezlos Diarios del escritor asturiano: «el escalofrío de lo sentimental en el momento que la llama del amor prende voraz en el corazón de nuestro literato, que pierde su albedrío a la vera de la dama de los pensamientos…».

El Bierzo no fue ajeno a la visita de Jovellanos, y dejó patente la importancia de la comarca. Andrés Viloria, quien fuera miembro activo del Instituto de Estudios Bercianos, en los años setenta nos recordó nuevamente que: «el Bierzo no puede ser una simple cáscara vacía». El viaje del ilustrado Jovellanos pudo acontecer así: La tormenta despidió a Melchor Gaspar de Jovellanos aquel 25 junio de 1792 de León, cuando aún eran visibles los restos de las hogueras de la pasada Noche de San Juan. El arco iris era rasgadopor los rayos latentes de Zeus, bajo un cielo púrpura de luz apagada. Había dedicado todo el mes de junio a recorrer los rincones de la provincia descubriendo y guardando los secretos del paisaje, monumentos, arte y libros en su cuaderno de memorias, sus Diarios más íntimos. El Bierzo se dejó acariciar por la cultura y el buen hacer del ilustrado y las gentes de la comarca leonesa, de carácter fino, de trato alegre y noble recibieron al ilustrado junto a mantos floridos de paisajes románticos y variados. El valle, resguardado entre montañas y cubierto de flores de almendros, miró a Jovellanos bajo el recuerdo del fuego de las calderas de la fábrica de hacer oro por excelencia, las Médulas, con su sombra aletargada de pasados gloriosos de unas montañasderrumbadas para saciar la codicia de Roma.

El castillo de los templarios aún respiraba hiedra y batallas, y permanecía sigiloso ante el extraño visitante con sombrero de tres picos. El futuro fantasma del Señor de Bembibre de Gil y Carrasco alargaba su mano a otro autor, Jovellanos escritor, digno y con porte aristócrata pero poseedor de principios e ideales que aún hoy marcan las horas de un tiempo deseado que nunca llegará. Desde la Torre del Homenaje del castillo templario, observa cómo serpentea plácido y casi parado el río. El aroma de azufre, hierba y frescor inundan el olfato del ilustrado evocando su tierra natal, Asturias, tan hermana de historia como la de León y el Bierzo.Pelayo, los Alfonsos, Ramiro, los Ordoños… tantos reyes de una tierra tan igual y tan común como el amanecer que refleja destellos sobre las aguas y las pupilas ávidas de saber de Jovellanos. La Basílica de Nuestra Señora de la Encina recibe al caballero, sin pena ni gloria, como una vieja sentada en el quicio de la puerta atormentada de un futuro incierto, negro como el carbón que oscurecerá los años venideros. Tan sólo apunta en su libreta, dos cuadros dormidosde la sacristía de esa Basílica, sin autor definido. Mira el reflejo de uno de ellos, el de la Batalla de Lepanto que sirve de fondo de decorado al trajín de púrpuras en Semanas Santas y velorios, que recitan salmos cristianos entre las paredes ahumadas por velas quemadas y oraciones rogadas por quienes más pecaban.

El carro se detiene ante el Monasterio de Carracedo, sus muros aún recuerdan el ataque del Moro Almanzor a su paso hacia Santiago. El polvo en suspensión se mezcla con el olor a viña y pergamino de libro viejo; Jovellanos, arruga el ceño buscando a quien le ha de recibir. Sin esperas, acompañan al ilustrado al útero del monasterio que contiene como ama de cría los libros recopilados por los monjes a lo largo de sus vidas. La humedad y suciedad de la biblioteca del Monasterio entristece al asturiano ¡Tanta sabiduría y tiempos pasados estrangulados por el abandono! Revisa, apunta, define…Historias del Reino de Asturias y León, Incunables, 4.263 libros al abrigo de los monjes de Carracedo. En el sitio que le hospeda ese día en Villafranca del Bierzo, sueña con llevar todos a su casa, adoptados y salvados por él. Son bastantes y buenos, aunque no en todo, fija su atención en un tomo en gran folio que contienequinientos cuarenta y nueve documentos sobre historia del que dará buen provecho. Después de muerto sabrá dónde terminaron: algunos destruidos por los franceses durante la guerra de la Independencia, unas ochenta arrobas de libros se vendieron al precio de 956 reales amontonados en cinco carretas de bueyes del Señor Flórez de Castro de Valdeorras, en compañía de algún cuadro y lienzos; muchos fueron leña de inviernos en las casas de labriegos indiferentes a la importancia de la tinta y los sabios.

Dice la historia social del lugar queel pergamino de las tapas de muchos de ellos, acabaron musicando los RomancerosLeoneses, su piel será usada para fabricarpanderetas que sonaran enlas fiestas más populares de los pueblos. Sólo algunos permanecerán, lejos de su casa, en las estanterías de bibliotecas y archivos leoneses, diezmados eso sí, como si del castigo de las ‘Legiones Malditas’ se tratase. Sentado en uno de los claustros, observa una inscripción incompleta a la entrada dela iglesia reconstruida del monasterio: ‘ERA M. POST CARRACEDO EDEM ANNO IV’. Lo anota y después dibuja en su cuaderno, a mano alzada, el panteón de los abades y un mapa del pueblo de Carracedo con sus lugares cercanos y el avance sinuoso del río Cúa hacia el Sil, dónde morirán junto al Miño y otros hijos en el mar del fin del mundo.

El abad Fray Roberto de Palencia,interrumpe su trabajo invitándole a acompañarle en el silencio de los pasillos benedictinos hacia la salida de la abadía. Algo llama excepcionalmente la atención de Jovellanos; una fuente decora otro de los claustros existentes. Un plato de piedra contiene la columna pétrea de tiempos romanos, corona la misma la figura de un niño sosteniendo dos peces, por cuyas bocas brota el agua que con su música salpica el silencio del lugar y refresca a los pequeños gorriones que se sumergen en sus cristalinas aguas tal y como hacían sus antepasados. A los pies del niño, cabezas de leones custodian la inmovilidad del pequeño y los peces. Es una ensoñación, Jovellanos recuerda haber leído algo sobre que los romanos adoraban al Dios Neptuno niño, pero mil preguntas surgenen la cabeza del ilustrado. Sin dar tiempo a éste a preguntar nada, otro de los frailes del monasterio, fray Federico Gutiérrez, sentado en el claustro y aún atareado en sus meditaciones, no pierde la ocasión de acercarse y aclarar lo que sin palabras Jovellanos le preguntaba.

Así sabe el político asturiano, que dicha fuente procede de los orígenes mismos del Bierzo, de Castroventosa, primer asentamiento romano de la zona, ni el ilustrado ni el fraileimaginarían que hoy la fuente del niño Neptuno sigue viva, cosida con trozos de cemento y hierros en el paseo de la Alameda en Villafranca del Bierzo, la llaman la «Meona». Pocos conocen toda la historia de la fuente, y muchos menos sabencómo se libró de los cañonazos de las tropas invasoras francesas y la cruenta Guerra Civil española, amiga muda de una memoria desnuda ante el interés político del que pide su turno de opinar y escribir a su manera la historia. No hay una placa ni apunte alguno a la vista,que recuerde a quién por allí transite que un día, Jovellanos y la fuente fueron amigos, amigos de historia y de cambiar las cosas. Ninguna inscripción quedará para los que vengan y quieran saber dónde están sus raíces. Siempre les quedará Wikipedia para seguir ciegos.

Sit transit gloria.

AGRADECIMIENTOS:

Raúl Valcarce, alcalde de Carracedelo, por su cercanía y ayuda. Marcos  Fernández, concejal de Villafranca del Bierzo, siempre atento a su Villa. Personal del museo del Monasterio de Carracedo, sabedores de todo lo que les rodea. Sandra González Valles, por su aportación descriptiva de planos arquitectónicos. Dolores Marba, por mostrarme la habitación donde durmió Jovellanos en Villafranca en 1792. Orlando Moratinos, investigador Foro Jovellanos, por tu amistad y paciencia. Instituto de Estudios Bercianos. Emilia Lagunar, amiga de la historia, por su inestimable ayuda.

BIOGRAFÍA:
-Diarios de Jovellanos. (Págs 60 a 270)
-Eloy DÍAZ-JIMENEZ. Jovellanos en León. Madrid (1925).
-Maximiliano PASTRANA. Patrimonio de León.
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