Casi con el título de "profe" en la mano, Diego quiso ir a más y rebuscó en las nuevas tecnologías la manera de hacerlo. Así, este berciano de 22 años que empezó el Grado en Educación Primaria en la Universidad de León en 2022 y lo ha acabado este, con la mención en Educación Física puso en marcha Simulaula, una plataforma educativa web basada en simulaciones interactivas que ayudan a alumnos y docente. Mientras prepara las oposiciones a maestro de Primaria en Castilla y León, Diego avanza con esa innovación que incluye ya tres simulaciones y que considera una herramienta necesaria que avanza precisamente en el camino abierto de la enseñanza desde un ordenador.
-¿Maestro por qué?
-Elegí la enseñanza porque me apasiona ese mundo, y porque creo que aún queda un camino largo hasta llegar a una enseñanza completa e integral. Una enseñanza que se apoye en la motivación intrínseca del alumnado y en la extrínseca que aporta el profesor, y que se construya sobre una relación leal y real entre los dos. El alumno tiene que tener interés por la asignatura, y eso se consigue con un aprendizaje activo que el profesor ha creado pensando en él o en ella, personalizando las actividades para que lleguen a todos.
-¿Cómo y por qué tuvo esta idea que fue su trabajo fin de carrera?
-Nació de una dificultad muy concreta. El Sistema Solar se estudia en 4.º de Primaria y es más difícil de lo que parece para un niño de nueve o diez años. No se trata de aprenderse los nombres de los planetas, sino de imaginarse algo que nunca ha visto: unas distancias enormes, unos planetas que no paran de moverse y una vista desde fuera que nadie puede tener desde su pupitre. Muchos alumnos reconocen el dibujo del libro, pero no saben explicar por qué giran los planetas ni qué los mantiene en su sitio. Y en una misma clase conviven niños que casi lo tienen claro con otros que ni se imaginan las órbitas, así que una única explicación deja fuera a parte del grupo. Pensé que eso no se arregla con una explicación mejor, sino con algo que se pueda tocar y después ver. Por eso mi Trabajo de Fin de Grado tuvo dos partes. La primera fue una maqueta motorizada, construida por mí, en la que los planetas giran de verdad alrededor del Sol. La segunda, un simulador en 3D que se abre en el navegador, donde los alumnos visitan cada astro y responden cuestionarios ligados a los criterios de evaluación del decreto de Castilla y León. Primero se manipula, luego se ve y por último se pone en palabras. Lo probé con un grupo de 4.º de un CEIP de Ponferrada. Ver a los niños atentos durante dos horas, colocando juntos los planetas en la maqueta y contándose curiosidades, me convenció de seguir con el simulador después de la carrera. De ahí salió Simulaula.
-¿Qué dificultades hay en realizar una web de apoyo de este tipo?
-Sobre todo tres. La primera, que Simulaula funcione en los ordenadores de los colegios, que muchas veces son modestos. Un Sistema Solar en 3D pide bastante al equipo, así que el simulador comprueba cómo va y, si el ordenador no llega, baja él solo la calidad de la imagen para que siga moviéndose con fluidez. Además se abre en el navegador, sin instalar nada, y funciona en el ordenador, en la tableta y en la pizarra digital. La segunda, los datos de los niños, que son menores y merecen el máximo cuidado. Por eso los alumnos entran con un código de clase, sin cuenta y sin correo electrónico, y los datos se guardan en servidores de la Unión Europea. La tercera, el currículo. Cada comunidad autónoma tiene su propio decreto, con sus criterios de evaluación redactados a su manera. Para que cada maestro trabaje con los de su comunidad, he tenido que transcribir esos decretos de los boletines oficiales, uno a uno: todas las asignaturas de Primaria de las diecisiete comunidades y de Ceuta y Melilla.
-¿Está enfocada más para el alumno o para el docente, porque tiene ambas vertientes?
-Simulaula tiene las dos, y cada una cumple su papel. El alumno es quien la usa en clase: entra con el código de su clase y explora el Sistema Solar en 3D, el taller de los números o el laboratorio de la gravedad, con misiones y cuestionarios. El maestro es quien la organiza: abre su clase, decide qué se trabaja ese día y ve los resultados. Y aquí está lo que creo que distingue a Simulaula: cuando un alumno termina un cuestionario, la nota le llega al maestro ya anotada con el criterio de evaluación del decreto de su comunidad, sin tener que apuntar nada a mano. Además tiene una sección para la programación, donde organiza los temas y la evaluación de cada asignatura con los criterios del decreto elegidos de una lista, en vez de copiarlos del boletín; un calendario con su horario y las fechas del curso; los boletines de notas para las familias, y herramientas para el día a día del aula, como pasar lista, hacer grupos o poner un temporizador. Si tengo que quedarme con una, está pensada para el alumno, pero hecha para que al maestro no le dé más trabajo, sino menos.
"Creo en una enseñanza en la que el alumno sea el protagonista de su propio aprendizaje"
-Desde que la creó, ¿cuántos alumnos y profesores la han utilizado?
-Simulaula acaba de salir. Antes se probó en un aula real, con un grupo de 4.º de un CEIP de Ponferrada, como trabajo de investigación educativa de la Universidad de León y con el informe favorable de su Comité de Ética. Me gustaría que llegara a todos los colegios posibles. No por el simulador en sí, sino por lo que hay detrás: que el alumno aprenda haciendo, explorando y comprobando por sí mismo, en lugar de limitarse a escuchar y memorizar. Las metodologías activas piden mucho al maestro, y una herramienta que le ahorra trabajo en vez de dárselo hace más fácil llevarlas al aula. Si Simulaula ayuda a que eso pase en más clases, habrá contribuido a mejorar la educación.
-De momento tiene tres aplicaciones, ¿ha pensado en aumentarlas?
-Sí. Simulaula empezó siendo solo el Sistema Solar, el de mi Trabajo de Fin de Grado, y hoy ya tiene tres simuladores: se han sumado el taller de los números, para Matemáticas, y el laboratorio de la gravedad, para Ciencias. La idea es seguir ampliándolo con simuladores para otras partes del currículo, siempre con el mismo criterio: que sirvan para trabajar algo que cuesta entender solo con el libro, y que lo que haga el alumno le llegue al maestro como una evidencia útil para evaluar.
-La aplicó con alumnos de cuarto de Primaria de un colegio público, ¿con qué resultados?
-Los resultados fueron excelentes. La sesión fue el 22 de mayo de 2026 en un CEIP de Ponferrada, con 19 alumnos de 4.º, de nueve y diez años, repartidos en nueve grupos, y con el dictamen favorable del Comité de Ética de la Universidad de León. La primera hora fue para la maqueta y la segunda para el simulador. En el simulador completaron 57 cuestionarios sobre los doce astros, con una media del 82,1 % de aciertos, y el 77,2 % de los resultados alcanzó el nivel avanzado, con un 80 % de aciertos o más. El del Sol llegó al 95,6 %. Además, el simulador detectó justo lo que más cuesta a esa edad: el cuestionario de la Luna, que entra en las fases lunares y en la gravedad, fue el que más trabajo dio (68,9 %), tal como señala la investigación. La encuesta anónima fue igual de clara. No hubo ni una sola respuesta negativa sobre la motivación, y ningún alumno eligió el libro de texto como forma de aprender esto: el 95 % prefirió la maqueta y el simulador juntos, y el 95 % se veía capaz de explicarle a otra persona cómo funciona el Sistema Solar.
"La tecnología ya forma parte del día a día del alumno, y por eso el objetivo del magisterio debe ser enseñarle a usarla de forma responsable y adecuada"
-¿Las herramientas virtuales son en la actualidad necesarias? ¿Es fácil implantarlas tanto en el docente como en el alumno?
-Hoy son necesarias. La tecnología ya forma parte del día a día del alumno, y por eso el objetivo del magisterio debe ser enseñarle a usarla de forma responsable y adecuada. El propio currículo lo pide: en el área de Ciencias, el decreto de Primaria recoge el uso de recursos digitales como una de las competencias que el alumno tiene que desarrollar, no como un añadido opcional. Además, permiten trabajar cosas que en el aula no se pueden ver ni tocar, como el Sistema Solar, y que cada alumno avance a su ritmo. En el alumno, implantarlas es fácil: los niños se adaptan enseguida, siempre que la herramienta sea sencilla. En el docente cuesta más, y es comprensible: va justo de tiempo y no siempre tiene la formación ni los equipos adecuados. Por eso creo que una herramienta solo se queda en el aula si le facilita el trabajo al maestro en lugar de complicárselo, y si encaja con el currículo con el que tiene que evaluar.
-¿Qué se pierde y qué se gana con ellas a nivel educativo?
-Se gana mucho. La tecnología permite ver lo que no se puede ver desde el aula, explorar, equivocarse y saber al momento en qué se ha fallado, y que cada alumno avance a su ritmo. Bien planteada, engancha y motiva. El maestro también gana: tiene más información sobre lo que ha entendido cada alumno y puede personalizar su enseñanza. Y los alumnos aprenden a manejarse en un mundo digital en el que ya viven. Lo que se puede perder depende de cómo se use. Si la pantalla sustituye a todo lo demás, se pierde la manipulación, el movimiento, la conversación entre compañeros y, sobre todo, la relación con el maestro, que para mí es la base de todo. También está el riesgo de un uso excesivo o poco responsable, y por eso la escuela tiene que enseñar a usarla bien. Bien usada, la tecnología no quita: suma.
-¿Ve un futuro en el que estas herramientas van a sustituir los métodos tradicionales de enseñanza?
-No, y no creo que deba ser así. Las herramientas digitales no vienen a sustituir nada, sino a sumarse a lo que ya funciona, como pasó en su día cuando se implantó el libro de texto que conocemos, cuando se dejó de sentar a los alumnos en filas o cuando se empezó a fomentar el trabajo en grupo. Creo que, junto a la inteligencia artificial, son un material con un potencial enorme, porque permiten llegar a todo el alumnado. También a quien a veces se queda atrás porque el libro de texto junta mucho las letras o porque las fichas concentran demasiada información. Estas herramientas nos ayudan a adaptar las situaciones de aprendizaje: consiguen que el niño con daltonismo pueda distinguir los colores con un botón, o que la niña con dificultades de lectoescritura pueda escuchar los textos. Además, creo que todos estamos de acuerdo en que, en un tiempo en el que la inteligencia artificial genera incertidumbre sobre hacia dónde va y para qué se usa, el maestro no podrá ser sustituido. Es quien conoce a sus alumnos, quien diseña lo que van a aprender pensando en ellos y quien crea el vínculo que hace que un niño quiera aprender. El futuro que me gustaría ver es uno en el que la tecnología le quite papeleo al maestro para que tenga más tiempo para sus alumnos. Eso sí, soy un firme defensor de cambiar el estilo de enseñanza y de dejar atrás la metodología tradicional. Creo en una enseñanza en la que el alumno sea el protagonista de su propio aprendizaje y se sienta partícipe de él.
-En su apuesta por este método, ¿está avanzando en nuevas aplicaciones? ¿En qué le parecen especialmente interesantes y en qué considera que no deberían utilizarse (si es que hay algún campo en el que no deberían)?
-Sí, sigo trabajando para ampliar Simulaula, siempre con la misma idea de fondo: metodologías activas en las que el alumno aprenda haciendo. Me parecen especialmente interesantes para todo lo que en el aula no se puede ver ni tocar: lo muy grande, como el universo; lo muy pequeño, o lo que ocurre demasiado despacio o demasiado deprisa para observarlo. También para practicar con una respuesta inmediata, como en el cálculo, y para atender a la diversidad, adaptando la actividad a cada alumno. Y al maestro le sirven para quitarle tareas repetitivas y darle información útil sobre cómo aprende su clase. Donde no deberían usarse es donde lo importante pasa entre personas o con el cuerpo: la convivencia, la gestión de las emociones, la resolución de conflictos, el juego en el patio o la Educación Física, que es mi mención y donde nada sustituye al movimiento. Tampoco cuando se pueden tocar los materiales de verdad: si el experimento se puede hacer con las manos, la pantalla debe ir después, no antes. Y nunca a costa de la privacidad de los niños: una herramienta para el aula debe pedir los menos datos posibles.
-¿En cuánto tiempo considera que la «revolución» metodológica de la enseñanza va a cambiar hacia estas herramientas?
-No me atrevo a poner una fecha, pero creo que el cambio ya ha empezado. El currículo actual pide trabajar por competencias y que los aprendizajes se construyan en situaciones contextualizadas, reales o simuladas, y eso empuja en esa dirección. No será una revolución de un día para otro, sino un cambio que se irá haciendo aula a aula, a medida que los maestros tengan tiempo, formación y medios para dar el paso. Las herramientas digitales pueden acelerarlo, siempre que estén al servicio del maestro y no al revés. Y creo que la inteligencia artificial, a pesar de su reciente llegada, de apenas unos años, le va a dar un acelerón importante a este proceso. Lo que se puede construir con ella es magnífico, siempre que se use con un buen fin, y será un gran apoyo para los maestros que estamos llegando. Con Simulaula quiero poner mi granito de arena para que ese cambio llegue cuanto antes.

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