No hace muchos años, los pueblos de la montaña del Bierzo mantenían una economía suficiente para vivir o malvivir. Todo es como queramos llamarle en la actualidad a la forma en que los vecinos de estos llevan —o llevarían— si aquellos que siempre estuvieron cerca de las ubres de la vaca hubieran sido más generosos y menos egoístas para con quienes habían tenido la suerte, o quizás la desgracia, de haber nacido entre aquellas montañas que, distantes de la vaca, se tenían que arreglar con lo poco que tenían, pero que para ellos nunca carecía de valor.
Lo que nunca pudo imaginar el dueño de la vaca es que, para que esta viva y prospere, siempre es preciso darle la oportunidad de poder comer. A la vaca flaca nunca le faltaron pulgas y, como en todo, la cadena fue desgastándose hasta llegar el momento en que ahora, en vez de cambiarla radicalmente, se van sujetando con alambres los eslabones que forman la cadena.
Ya no queda gente en la España vaciada. Ya no hay carne; ya las gentes de los pueblos no bajan al llano a hacer sus compras. El comercio de las grandes ciudades se va componiendo de grandes establecimientos que arruinan a los pequeños negocios de barrio, y no por los precios al consumo, sino porque el pequeño comerciante ha dejado de servir a aquel que bajaba el día de mercado, que siempre traía más de lo que llevaba. Porque en el pueblo son pocas las necesidades y muchas las pequeñas cosechas que, como en el granero, se van juntando y hacen rentable la explotación de los prados, de los montes, de los ríos con los que se mantienen vivos aquellos huertos o se limpian los cauces que, en ocasiones, se desbordan por falta de previsión.
El ciclo de la vida se va acortando a medida que el aldeano ve cómo de poco o nada sirve partirse la espalda trabajando, para que en un desgraciado momento del verano todo lo que tanto trabajo le costó quede convertido en cenizas, mientras que otros se enriquecen con maquinaria de todo tipo. En otros tiempos, la simple guadaña y el rebaño de cabras hacían este trabajo sin levantar la voz ni reclamar la atención que se merecen aquellos que hacían que el pulmón verde funcionase a la perfección.
El dueño de la vaca pierde el tiempo en discusiones con aquellos que quieren suplantarle y hacerse con las ubres, y, como dice el dicho: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”. Pero el resultado final no es solo que se muera la vaca, sino también aquellos que la mantienen.
Mucho se habla de que no queda gente en los pueblos, y es verdad, porque aquel que tenía manos se marchó a trabajar de sol a sol al extranjero por traer un poco de pan a su familia. Y lo trajo, pero también una visión distinta a la que tenía antes de marcharse a buscarse la vida.
En otras latitudes, con peores montañas, los pueblos no se vacían; en ocasiones se van haciendo mayores por varias razones que los dueños de las vacas no quieren ver o no les interesa ver. Porque en invierno o cuando llueve se está muy bien con el aire acondicionado y, en verano, las vacaciones son para vivirlas en familia. Además, si por cualquier causa suben a un pueblo, verán que aquellos que vienen de las grandes ciudades traen buenos coches y la familia disfruta con ropas nuevas para distinguirse de aquellos vecinos que no tienen la fortuna de haber tenido un hijo que tuviera el atrevimiento de salir a ganarse la vida.
Entonces, esperemos al verano y, si no hay suerte con los incendios, siempre hay margen para buscar mil excusas por las cuales el incendio de un monte puede durar días, semanas o meses. Lo verdaderamente importante es tener los zapatos limpios y lucir en las fotos de los diarios.
Don Alberto Pérez Ruiz caminaba por los montes en invierno, hablaba con las gentes de los pueblos y puso luz eléctrica en más pueblos que el resto de sus antecesores y seguidores. Abrió más caminos que nadie, pero, como siempre pasa, poco dura la alegría en casa de los pobres.