Cuando un pueblo pide su rendición

Se dice que solo se vive añorando un pasado que, como las aguas del Burbia, pasan y no regresan jamás, pero esas aguas trajeron las piedras que han movido, redondeado y lavado hasta la saciedad

Ramón Cela
07/06/2026
 Actualizado a 07/06/2026
La vida va pasando por Villafranca como las aguas de su río Burbia. | RAMÓN CELA
La vida va pasando por Villafranca como las aguas de su río Burbia. | RAMÓN CELA

Siempre se dice que Villafranca del Bierzo es diferente, que es la Pequeña Compostela o, simplemente, que se durmió en los laureles, porque ahora el comercio representa solo un 25% de lo que fue hace dos décadas, o que se cae por falta de mantenimiento. Que solo se vive añorando un pasado que, como las aguas del Burbia, pasan y no regresan jamás.

Eso es verdaderamente cierto y no debemos olvidar los villafranquinos que, si bien es una realidad mi exposición actual, también podemos tener —y creo que con mucho derecho— a pensar que, como estas aguas mencionadas han pasado y jamás volverán, sí nos trajeron las piedras que esas aguas han movido, redondeado y lavado hasta la saciedad, con las que se construyó un castillo, palacios y una muralla romana y otra medieval, así como grandes iglesias, capillas y hasta contribuyeron a que grandes pensadores vieran en ellas la razón de vida.

También nos trajeron las partículas de oro que, desde las minas de La Leitosa, arrastran cada día y que en la mayoría de las ancestrales casas villafranquinas están hechas con arenas provenientes de este río. En tiempos atrás, consiguió que Villafranca fuera la tercera ciudad en España con agua corriente y luz eléctrica, como también que tenga la calle más blasonada de Europa, o que en esta población el sacerdote Mariano Díez Tovar hubiera inventado el cinematógrafo, haciendo que los hermanos Lumière hicieran el intercambio del aparato por los planos de su invención.

Tampoco importan muchas cosas de un pasado glorioso, porque, como las aguas del Burbia, pasan y no vuelven, que es cierto, pero siempre queda el poso del paso del tiempo y, como las llamas de una hoguera, burbujean hacia arriba sin un destino que parece incierto. A simple vista, nos induce a contemplar que la vida siempre sale de lo más simple para elevarse hacia aquello que creemos inalcanzable.

Quizás no somos capaces de advertir que estas humildes llamas, en un momento determinado, pueden alcanzar el cosmos. O que nos dicen que, mientras haya troncos con que alimentarlas, estarán siempre vivas, aunque en ocasiones nos parezca que ya no queda madera para que las llamas se alcen y alcancen otra vez el calor y la luz con que nos tienen acostumbrados.

En mi opinión particular, no quiere decir que la hoguera se haya extinguido, pero, como en la monumental hoguera con que se celebran las fiestas de Santo Tirso, unas veces está en grandes proporciones, mientras que en otras es el fiel reflejo de lo que sucede en la población, ya que todo depende del tiempo que acompañe a estas celebraciones, así como del entusiasmo con que se hace. Porque, si llueve, la poca luz del invierno y la lluvia aplanan la emotividad de quienes la organizan y de los que las disfrutan, y estas hogueras hace mucho tiempo que siempre se encuentran con demasiada lluvia.

Existe una versión de un villafranquino que se quejaba ante mí de que había querido adquirir un edificio y, cuando en el notario la dueña le preguntó qué pensaba hacer con la casa, este buen hombre —hoy fallecido— le dijo que tirar la casa y hacer nuevos apartamentos, la dueña del inmueble, justo allí, le retiró las escrituras diciendo: “A mi Villafranca no la toca nadie”.

Ante esta situación, nos encontramos en la disyuntiva de saber si echamos troncos a la hoguera o esperamos que las pocas llamas que quedan se vayan diluyendo lentamente, alcanzando cada día una cota más inferior, mientras la luz que siempre daba con las maderas jóvenes y viejas al unísono se apaga, o esperamos a que se quemen las maderas viejas en espera de las que ahora crecen en nuestros montes y que, al estar verdes, echarán mucho humo, sí, pero darán más luz y calor. Todo es cuestión de saber esperar.

Mientras, las hojas de nuestros calendarios van cayendo irremediablemente, sin tiempo aparente para ver cómo la leña joven va dando vida a las maderas viejas. Entonces sucederá como es natural y, como tal, debemos asumirlo, porque este solo huele, pero no mancha.

La tradiciones en Villafranca perduran y le dan vida, como la peculiar de los Maios. | RAMÓN CELA
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