Cinco años, sesenta libros, cien mil palabras

Se cumple el quinto aniversario de la sección Cartas a ninguna parte. Para conmemorarlo, se publica esta carta especial, donde Ruy Vega habla con su pasado

Ruy Vega
27/11/2022
Ruy Vega cubre un lustro de sus Cartas a ninguna parte y lo celebra agradeciendo.
Ruy Vega cubre un lustro de sus Cartas a ninguna parte y lo celebra agradeciendo.
Hola, Ruy. Te escribo desde el año 2022. Te resultará extraña recibir una carta del futuro. No te asustes, soy yo. Es decir, soy tú, pero 5 años más viejo. Cuando recibas esta carta será noviembre del año 2017, y estarás a punto de escribir tu primera Carta a ninguna parte. Acabas de publicar La señal. Te esperan más novelas, recopilatorios y sorpresas, pero eso, quizá, ahora no sea relevante. Tan solo importa lo que vas a hacer. Al menos durante 5 años estarás escribiendo cartas a un cielo que miras habitualmente, puede que buscando, entre las luces de las estrellas, sonrisas que ya se han perdido, abrazos que quedaron pendientes, paseos olvidados.

Eso no te debe echar atrás. Qué mejor forma de mantener vivo un camino que leyendo y escribiendo. A mí, al menos, no se me ocurre ninguna.

Tampoco te desanimes, porque durante este tiempo, durante este lustro, pasarás por altos y bajos. Querrás dejarlo en varias ocasiones, tantas como deseaste seguir. Siempre tendrás en la cabeza una frase: «cerrar un trabajo bien hecho es mejor que alargarlo indefinidamente». Y esa idea, esa maldita frase, te estará recordando, tras cada carta, si ya es el momento de decir adiós. Pero puede que en eso consista todo esto, en dudar. Sin duda no hay evolución. Yo, que ya he pasado por esos años, te pido que cuando temas, cuando dudes, cuando dejes el ordenador a un lado y no te inspire ni una sola línea, ni una sola palabra, sé fuerte y sigue.

Tu vida cambiará mucho desde la decisión, casi simultánea en el tiempo, de publicar La señal y comenzar con las Cartas a ninguna parte. Y en lo que más cambiará es en que, al menos una vez al mes, todo sigue siendo como antes, como hace años, donde no había distancia ni olvido.

Serán, también, muchas las veces que desearás recuperar todas las cartas y recogerlas en un libro que, al menos, sirva para dejar constancia. Pero muchos más serán los minutos en los que te niegues a hacerlo, vete a saber por qué motivo. Es como esas cosas que debes realizar, que sabes que no hay otra opción que seguir adelante con la idea, pero que cuando consultas con la almohada y cierras los ojos todo es confuso. Quién sabe…

Hablarás de más de 60 libros, escribirás cerca de 100.000 palabras, y «papá» será la más repetida, incluso más que «carta». Mágico, ¿verdad? Descubrirás que te rodea mucho, mucho, mucho talento, que estas montañas que rodean nuestro valle, que la provincia que nos acoge, encierra corazones rotos, almas inquietas, poetas que son capaces de hacerte temblar, páginas y páginas de vida, muerte, amor y dolor.Sé que lo que estás leyendo te seguirá resultando altamente extraño. Es más, estoy seguro de que creerás que se trata de una broma. Pero no, no lo es. Si no, ¿cómo podía saber yo que la que te ofreció una sección en el periódico era Mar Iglesias (siempre la genial y única Mar Iglesias)?, ¿cómo podría conocer yo que fue con unos mensajes, un sábado por la tarde, para luego ya veros en el periódico?

Te costará escribir alguna de las cartas, pero es normal. Otras, por el contrario, serán redactadas en apenas un suspiro, mientras tus dedos vuelan por el teclado, sabiendo lo que quieres decir y cómo lo quieres decir. Tendrás un montón de libros, los reseñados, con anotaciones, dobleces en las hojas y post it colocados. Y alguna de las personas que visitará tu biblioteca te preguntará por qué esos están tan marcados. «Por las Cartas a ninguna parte», dirás. Y esa sensación de haber hecho algo bueno te envolverá.

Pasará el tiempo, pasarán los meses y las reseñas. Llegarán más y más. Tendrás a tus nombres preferidos, desearás leer mucho más de ellos. Los conocerás, te conocerán, presentarás algunas de sus obras, intercambiaréis contactos y sonrisas.

Y la vida, amigo, seguirá pasando. Toma la decisión que estimes más oportuna en cada momento. No olvides que tras cada lectura hay inquietud, talento y ganas de aportar algo. Sé que eres muy hermético con tu día a día, que hay cajas que no quieres abrir, que hay espacios que son recónditos. No importa, es tu Macondo. Dice Raquel Villanueva, a raíz de su última novela, que todos tenemos secretos que no queremos contar. Solo permíteme contar uno, ¿de acuerdo?

Permíteme decirles a todos cómo es el lugar desde el que escribes. Les contaré que allí tienes varias estanterías con cientos de libros, que enfrente tuya, en la pared, hay fotografías de cuerpos celestes, que a tu derecha descansa un lector de vinilo con discos de Sabina, Rulo y Bunbury. Que a tu espalda hay recortes de prensa, fotografías varias, un calendario que te regalaron con tu nombre, una carta sobre el proyecto Poetizando Ponferrada, una cafetera, una nevera con cervezas y archivos, muchos archivos. Permíteme contarles que, a tu izquierda, hay el lienzo de un amanecer desde el espacio, una pizarra con tres frases escritas a mano y que para ti suponen algo especial, y sí, él. A tu izquierda hay dos artículos, enmarcados, de tu padre. Y una foto. A tu izquierda hay una foto. Una foto en la que él y tú os miráis a los ojos y estáis hablando. No recuerdo quién la tomó. Poco importa. El destino, quizá.

Antonio Merayo, gracias; Azarías Dleyre, gracias; Berta Pichel, gracias; Carlos Fidalgo, gracias; Carlos Solito Trovador, gracias; Chary Martínez, gracias; Dionisio Álvarez, gracias; Elisa Vázquez, gracias; Emilio Vega, gracias; Fernando y Mario Tascón, gracias; Fermín Rodríguez Trabado, gracias; Helena Tur, gracias; Irina Serrano, gracias; Jose Yebra, gracias; Loli González, gracias; Loli Prieto Rubio, gracias; Luis Artigue, gracias; Manuel Ángel Morales Escudero, gracias; Manuel Cuenya, gracias; Maria José Montero, gracias; Mario Llamazares Torrao, gracias; Marta Muñiz Rueda, gracias; Nicanor García Ordiz, gracias; Noemi Sabugal. Gracias; Óli Ál Ri, gracias; Profesor 10 de Mates (Sergio Barrio y Carmen Rodriguez Gonzalez), matemáticas gracias; Pedro José Villanueva, gracias; Raquel Villanueva, gracias; Sara R. Gallardo, gracias; Sol Gómez Arteaga, gracias; Valentín Carrera, gracias; y cada uno de los autores de los recopilatorios reseñados, gracias.

Gracias con total sinceridad, porque sin vosotros, sin vuestras horas delante de una hoja en blanco, sin vuestros sueños e inquietudes, sin vuestras preocupaciones, textos tirados y días de rabia, sin vuestros poemas, novelas y ensayos, sin cada uno de los minutos que os pasé leyendo, estos 5 años no hubieran sido posibles.

Solo puedo dar las gracias por esta sección, por esta oportunidad, porque lo único que me ha dado es alegrías. Creo que las Cartas a ninguna parte son ya una parte imprescindible de mi vida, algo que me empuja en momentos de preguntas e instantes de insatisfacción, textos escritos que ya permanecen.

No dejéis, jamás, de guardar un espacio en vuestras almas para los que queréis y amáis. Pensad en ellos, en lo que les preocupa y angustia, ofrecedles la mano cuando la necesitan, emborracharos juntos si es necesario, abrazaros y llamadles. ¿Sabéis por qué? Porque quizá, algún día, cuando vuestras manos tiemblen, vuestro corazón lata apresuradamente y los recuerdos sean lo más importante, en ese momento, desearéis tener solo un minuto más. Solo uno. Al menos para decirle al que se ha ido que «te quiero, sé que no te lo dije suficiente, pero estés o no estés, sé que puedo cerrar los ojos y preguntarle al viento si todavía guarda palabras tuyas que traerme».

Y la única forma de finalizar esta nueva carta es, sin duda, con la misma frase que llevo repitiendo durante 5 años al finalizar cada una de ellas: No es inmortal el que nunca muere, sino el que nunca se olvida.
Dedicada a todos aquellos que no ven estrellas, sino almas perdidas…
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