Hay cosas que desaparecen sin que nadie las declare desaparecidas. Se acaba el trabajo que se hacía entre todos, desaparecen las reuniones al calor de una casa, deja de escucharse una conversación porque ya no hay quien recuerde cómo era aquello. Y un día quedan solamente las historias de quienes lo vivieron.
Adelina Gómez Panizo y Angélica Encinas Blanco son dos de esas personas. Las dos nacieron en Priaranza del Bierzo con apenas cuatro años de diferencia, en 1932 y 1936, y han atravesado prácticamente un siglo de transformaciones. Han conocido la escasez, el trabajo desde niñas, la emigración, el campo, las fábricas, las fiestas de pueblo y una forma de entender la vida basada en la familia y en los vecinos.
Sus recuerdos, recogidos en el proyecto ‘Historias de Vida’ de Bierzo2030 impulsado por el Consejo Comarcal del Bierzo, son también una fotografía de la comarca que fue.
Adelina recuerda aquella infancia en la que guardar las vacas, ir al monte a buscar leña o escobas, segar la hierba y lavar la ropa en el río formaban parte de la normalidad. No había demasiado espacio para ser niña porque la casa necesitaba manos.
Después llegó el trabajo y, con él, una de esas imágenes que resumen toda una época. Adelina se convirtió en lechera y bajaba hasta Ponferrada en bicicleta para vender la leche. Una distancia que hoy puede parecer insignificante sobre un mapa, pero que entonces se recorría con el cuerpo, con las cantinas cargadas y con independencia de que hiciera frío, calor o lloviera.
También conoció la emigración. Durante 25 años vivió en San Sebastián antes de regresar a Priaranza, al pueblo del que había salido.
Angélica tuvo una infancia diferente, aunque marcada por la misma necesidad de trabajar. Hija única de madre soltera, comenzó a ganarse la vida con solo 14 años en una fábrica de gaseosas, donde lavaba botellas. Después pasó a una fábrica de ladrillos y allí volvió a enfrentarse a un trabajo que exigía fuerza física.
Aquella mujer que cargaba ladrillos en un carretillo acabaría participando incluso en la construcción de su propia casa. Llevaba los ladrillos y la arena con sus propias manos. No lo cuenta como una hazaña, sino como parte de su vida. Para ellas eran simplemente las cosas que había que hacer.
También estaba el hambre. Adelina conserva una frase que explica mejor que cualquier descripción cómo era aquella economía doméstica: «Si no había leche porque no teníamos la vaca parida, comíamos caldo para desayunar, comer y cenar».
La alimentación estaba pegada a la tierra. Patatas, berzas, cebollas, fréjoles, habas y verduras componían buena parte de la dieta. La carne no formaba parte de todos los días. Llegaba con la matanza y se conservaba para aprovecharla durante meses. El bacalao y el pulpo eran una excepción y los dulces caseros aparecían ligados a las celebraciones.
No había supermercados llenos de productos durante todo el año. Había huerta, corral, matanza y temporada. Pero si algo aparece una y otra vez en los recuerdos de ambas es la palabra comunidad.
En aquel Priaranza, cuando llegaba la noche, existía el serano. Los vecinos se reunían en las casas para charlar, coser, compartir el cansancio y pasar las horas. No hacía falta organizar nada porque la propia vida había creado aquellos espacios.
También se ayudaban en el campo y en las casas. Cuando una familia atravesaba una dificultad, los demás echaban una mano. Angélica recuerda cómo los vecinos colaboraban cuando su marido sufría fuertes dolores y no podía afrontar determinadas tareas. Era una sociedad con menos comodidades, pero también con una dependencia mucho mayor de los demás.
Hoy las dos centenarias viven otro tiempo. Un tiempo en el que no necesitan cargar cantinas de leche sobre una bicicleta ni trabajar en una fábrica para sacar adelante la casa. Pero mantienen rutinas que dicen mucho de quiénes son.
Angélica sigue cuidando sus flores. «Todos los días riego mis flores, tengo sulfunias y geráneos, me entretiene mucho. Después hago la cama y la comida, me encanta comer», cuenta. Después de un siglo de trabajo, continúa ocupándose de sus cosas, manteniendo su casa y encontrando entretenimiento en unas flores.
También mantiene la cabeza ocupada con sopas de letras y crucigramas, lee su revista y conserva su afición por cantar. La devoción forma parte igualmente de su vida.
Adelina, por su parte, mantiene el contacto con los vecinos y la conversación cotidiana. El bar y el café siguen siendo lugares de encuentro, aunque el mundo que los rodea haya cambiado radicalmente.
Quizá por eso sus historias no deberían escucharse únicamente como recuerdos de un pasado difícil. Hay en ellas una comparación inevitable con el presente.
Ellas conocieron una vida físicamente mucho más dura, con menos recursos y muchas más obligaciones. Pero también una vida en la que se aprovechaba lo que había, se caminaba, se trabajaba con las manos y se sabía quién vivía en la casa de al lado.
Adelina y Angélica no parecen buscar una explicación grandilocuente a sus cien años. Sus vidas tampoco pueden convertirse en una receta universal para la longevidad. Lo que dejan es algo más sencillo. Dos vidas que demuestran hasta dónde puede llegar una generación acostumbrada a salir adelante con lo que tenía.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.