Sigue ahí. Es ella. Como si el tiempo, por puro respeto, hubiera decidido rodearla en lugar de atravesarla. La avenida de España continúa siendo uno de los viales con mayor glamour sentimental de la ciudad: no por lujo, sino por memoria. Nace en la plaza Julio Lazúrtegui y avanza hasta el siempre puente del ferrocarril —unos 506 m de longitud—, ese límite simbólico donde Ponferrada parece cambiar de piel antes de abrirse hacia Flores del Sil y La Martina, donde ya se la llama avenida de Portugal (carretera de Orense), como si el nombre también emprendiera viaje. Muere en la confluencia de la avenida del Castillo y la calle Juan García Arias, nombre que evoca a quien resultó ser el último alcalde republicano de Ponferrada.
En ambos extremos, dos paneles de metacrilato con un texto que, al leerse, recuerda lo que fue. Pero la verdadera inscripción está en las aceras: conversaciones gastadas por el uso, risas que se repiten en eco, generaciones que aprendieron a caminar mirando escaparates y a entablar nuevas amistades. Más que una calle, fue —y sigue siendo— un salón al aire libre. Aquí se venía a pasear, a observar, a dejarse ver. Nexo de conexión con otras zonas habitadas de la ciudad de aquella época.
Su historia arranca con el silbido del tren. El 4 de febrero de 1880, Ponferrada sintió por primera vez la llegada del ferrocarril, tras vencer las montañas del Manzanal con el trazado y diseño de su famoso túnel de El Lazo. La estación primitiva, situada frente a la actual, trajo mercancías, talleres y movimiento. A mediados del siglo XX —año 1950—, su traslado a la ubicación actual conllevó una nueva reorganización del espacio ferroviario. Por eso la llamaron avenida de la Estación o Ferrocarril: una vía estrecha, con edificaciones bajas y espacios sin urbanizar. Era una arteria naciente, todavía sin saber que terminaría convirtiéndose en una de las más importantes de la columna vertebral urbana.
Entre los años cuarenta y setenta, la calle creció en vertical y en ambición. Comercios, bares, oficinas. Gente que llegaba. Gente que se quedaba. En el periodo de las décadas de los 60 y 70, bajo el nombre de Capitán Losada, la avenida se transformó en ritual social. Salir a «dar una vuelta» no era caminar: era participar. Se saludaba desde la acera opuesta. Se cruzaban noticias, miradas, complicidades. «Nos vemos por el paseo» era una cita implícita. Allí estaban todos. Y, si no estaban, llegarían. En las décadas de 1980 y 1990 pasó a convertirse en una de las rúas más importantes.
Su denominación recordaba a Ramón Losada Pérez, figura de la Guerra Civil —como capitán— en Ponferrada, junto a la del teniente López Alén y el alférez Sancho, quienes organizaron la defensa y el mando del cuartelillo —frente a la confitería La Pili, actual—, que concentró a más de un centenar de guardias civiles de todo El Bierzo en días de tensión contenida. La historia grande y la cotidiana compartiendo acera.
Pero lo que verdaderamente sostiene la avenida es su inventario humano. Basta cerrar los ojos para que resurjan los nombres como farolas encendidas: Almacenes Santana; Mariano Arias Juárez, tienda de material deportivo; bar Avenida, donde se jugaba al ajedrez; banco Bilbao; banco Hispano Americano; mercería Filo; calzados La Bomba; cafetería Nevada; acuartelamiento de la Guardia Civil; ferretería Barcia; La Verdad, dedicada a confección; Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León; Cristalería Rodríguez, anteriormente en la calle Calvo Sotelo; joyería La Esmeralda, del señor Diómenes; calzados-zapatería Llarena; relojería Calvo; barbería de Víctor Ruiz; farmacia Mazaira; librería-imprenta Bodelón y, en algún momento dado, una oficina postal de Correos; El Veracruz (antes de Mi Bar, del señor Viñambres); sin olvidar el economato de Diego Pérez; ferretería Silva; almacén de coloniales Julián Rodríguez; el edificio donde se ubicaba el Hogar del Frente de Juventudes, donde sonó la primera emisora local, Estación Escuela EAJ-29; en el cristal de su portal se puede leer: Edificio J T, año 1947.
Los bares Suárez, El Minero, Tres Portiñas, El Túnel, hoy ausentes, pero todavía habitados por voces; una funeraria, Motos Franco, taller de bicicletas Magín, ubicado donde en la actualidad se levanta el Edificio Museo.
En este entorno, no olvidar almacenes y saneamientos Albino Casimiro González; dependencias de la MSP como oficinas centrales, economato, hospital, escuelas —hoy colegio Valentín García Yebra—, así como la estación del tren de vía estrecha Ponferrada-Villablino (Ponfeblino), desde 1919, hoy convertida en Museo del Ferrocarril.

En la acera contraria, otro mapa sentimental: la peluquería Tascón; farmacia Munilla; muebles Francisco Fidalgo; droguería-perfumería Eugenio Prieto —el hostal La Madrileña, en la parte superior del edificio—; casa Lisardo; talleres Laymar, cuyos propietarios eran los señores Francisco Laínez Ros y José Martínez Macías (talleres Ford-estación de engranaje); abandonado Salón o Teatro Héctor Nieto para posteriormente pasar a ser conocido con el nombre de Cinema Ideal, a cuyos pies estaba el kiosco de la familia Graña; almacenes Rime, E. Tahoces; Confitería Pili, pastelería, un nombre: Ángel; concesionario de coches marca Seat, de Eduardo Domínguez Borrajo; cafetería Ropil, al frente el señor Rogelio y la señora Pilar; frutas Mari; pescadería del señor Miguel —el churrero—; Confecciones Dori y la figura del señor Constancio; Sinfo, peluquería donde se peinaban las mujeres de la zona; electrodomésticos Romualdo, de Calamocos; Mines atendiendo en Mantequerías La Berciana; zapatería Pañeda; kiosco, chucherías; droguería Garrido (donde se podía adquirir el agua mineral Mondariz, papel higiénico El Elefante o pan de jabón El Lagarto); maderas y sierras Francisco Tahoces; maderas V. García; ferretería-saneamiento Tahoces. Cada local era una escena, cada escaparate un capítulo. La avenida no se recorría: se leía.
Entre algunas de las calles transversales a esta arteria, conviene recordar: librería Simón… (Sierra Pambley), casa Cuevas, restaurante El Azul… (Isidro Rueda); la vieja Comisaría, policía secreta, hostal S. Jorge, acceso al taller-garaje de la Seat —en algún momento con el nombre de la Ekis—… (Marcelo Macías); mueblería La Orensana, hostal Cornatel, farmacia Layal, calzados Seco y La Zamorana, cafetería Alaska, luego con el nombre de San Remo, helados La Jijonenca, Almacenes La Aurora del señor Luis, Derbi peluquería, fotografía óptica Fernando, droguería Prieto… (República Argentina); la pensión Yali, sastrería Corredera… (travesía avenida de España); escuela de doña Lucrecia Canal, barbería-peluquería Hermanos Blas, pensión-comidas La Lucre, coloniales Hermanos Sal… (Diego Antolín González); taller de bicicletas Manceñido, almacenes de patatas Baltasar García, una sierra-carpintería, un almacén con mercancía de la droguería Garrido, la cochera de autobuses de la empresa Vázquez y Alonso… (Padre Santalla). Por estos parajes salían los viejos autocares —coches de línea— hacia Valdeorras o hacia la áspera Cabrera —en otro autobús, más precario—, levantando polvo sobre un suelo mitad pavés, mitad tierra. La modernidad siempre llegó mezclada con barro.
La memoria también guarda momentos de tristes acontecimientos. Uno, el mediodía del 23 de julio de 1971, cuando un camión sin frenos arrolló a un grupo de personas en la parada de autobús a los pies de Almacenes Santa —en los bajos del edificio Uría—, con un balance de unos diez heridos y dos viandantes fallecidos. Otro, el 14 de julio de 1983, el incendio de las instalaciones de Laymar, entre las calles Antolín López Peláez y avenida de España, con unas llamas y un resplandor que nadie olvidó. Toda calle viva acumula tragedias a manera de cicatrices invisibles.
Quedan, a pesar del tiempo transcurrido, señales de su abolengo en placas de edificios de la llamada Ciudad del Dólar, construidos entre los años 1938 y 1949. En ellas se explica quiénes fueron sus propietarios, el arquitecto, el aparejador y unas breves líneas sobre su estilo arquitectónico. El número 32, el edificio de la Campana —en alusión a la forma del tejado en su parte superior—, conserva en el dintel del portal una placa que dice: Plaza Comandante Manso, manteniendo la dignidad de quien fue pionero, primer edificio de la ciudad en contar con ascensor, subiendo y bajando como un corazón mecánico.
Hoy la avenida sigue manteniendo cierta vida económica y social. Tiendas de ropa, bisutería, agencias de viaje, bares-cafeterías, loterías y apuestas del Estado, calzado deportivo, droguería, salón de juegos, peluquería y estética, panadería, frutería… incluso con cinco entidades bancarias, tres establecimientos de pizzería-hamburguesería y uno de comida turca. La vida se renueva sin borrar del todo lo anterior, con negocios míticos como: Joyería Calvo (Pepe); La Pili, en tercera generación; kiosco de Maruja; El Veracruz (Vicente, Maruja, pincho de tortilla); El Paraisín (un nombre, Gelo); negocios y personas a manera de anclas. La modernidad convive con la nostalgia sin conflicto, como dos vecinos que se conocen de toda la vida.
Porque esta actual avenida de España no es solo una vía urbana. Es una biografía colectiva escrita a pasos. Un lugar donde cada generación dejó su forma de caminar. Y quien la recorre, aunque no lo sepa, pisa exactamente sobre las huellas de quienes estuvieron antes. Quizá por eso sigue teniendo ese glamour inexplicable: el brillo suave de las cosas que han sido queridas y respetadas.