Aulas que son memoria viva de una ciudad

El instituto Gil y Carrasco de Ponferrada celebra en este extraño inicio de curso su siglo y medio de historia formando a varias generaciones de bercianos

D.Alvarez (Ical)
19/09/2020
 Actualizado a 19/09/2020
El instituto Gil y Carrasco, en la plaza del Ayuntamiento de Ponferrada. | C.S. (Ical)
El instituto Gil y Carrasco, en la plaza del Ayuntamiento de Ponferrada. | C.S. (Ical)
Situado en la misma plaza en la que se levanta el Ayuntamiento de Ponferrada, el instituto Gil y Carrasco va asociado a la historia de la capital berciana desde que hace ahora 150 años empezara a formar a diferentes generaciones de bercianos. Convertido a día de hoy en el centro educativo público más antiguo de la comarca, el que históricamente se ha conocido como Instituto de Ponferrada ha visto pasar por sus aulas desde militares como Demetrio Zorita, el primer aviador español en superar la barrera del sonido, hasta locutores radiofónicos, como el popular Luis del Olmo. “Llama mucho la atención y esto es algo que el instituto tiene a favor, que desde el primer momento hay mujeres, cosa que era muy complicada en aquel entonces en España”, explica el antiguo profesor del centro e historiador, Miguel José García ‘Jota’.

Al respecto, ‘Jota’ destaca que las primeras fotografías de alumnos de las que se tiene constancia, datadas en 1882, incluyen a dos chicas de 14 años. “Cuando llegó la dictadura quisieron ya no quitarlas, pero sí separarlas de los chicos. Sin embargo, aquí no se pudieron hacer clases diferentes, sólo se intentaba que salieran al recreo en horas diferentes”, explica el profesor jubilado, que tiempo atrás también fue alumno del centro y que hace seis años publicó un libro sobre la historia del centro.

Al echar la vista atrás en su trayectoria personal, ‘Jota’ confiesa que su mejor recuerdo en los 16 años en los que ejerció como docente son los “compañeros y alumnos maravillosos” a los que tuvo la ocasión de conocer. Orgulloso de ver a antiguos escolares convertidos hoy en médicos o abogados, el profesor jubilado se rebela contra la denominación de “escuela de historiadores de Cacabelos” con la que se conocía al trío formado por él mismo, José Antonio Balboa de Paz y Vicente Fernández ‘Tito’. “Yo soy de aquí, de Ponferrada, de este barrio”, defiende con vehemencia, aunque admite el placer de poder trabajar codo con codo con esos compañeros historiadores con los que ya había compartido trabajos antes de que los tres coincidieran como profesores en el Gil.

A pesar de que ya se habían comenzado a preparar los actos, conferencias y exposiciones con los que se tenía pensado conmemorar el ilustre aniversario, la situación sanitaria provocada por la pandemia de COVID-19 ha hecho que las celebraciones pasen a un segundo plano para atender las necesidades urgentes del inicio del que a buen seguro será conocido como el curso de la pandemia.

Al borde del precipicio


En ese sentido, y pese a que el curso que ahora comienza es, sin duda, el más extraño de las últimas décadas, el Gil ha sido capaz de superar multitud de adversidades a lo largo de un siglo y medio, empezando por el cierre que tuvo que afrontar en 1878. Tras unos años difíciles, el instituto fue declarado colegio de segunda enseñanza, lo que significaba que para examinarse dependía del instituto provincial de León. No fue hasta la dictadura de Primo de Rivera cuando el centro volvió a convertirse en instituto nacional,

Durante la Guerra Civil, el instituto sufrió la pérdida del entonces profesor de matemáticas, Laureano Clariana Lowell, fusilado por su propio bando. Este espía del ejército sublevado, procedente de una familia catalana de grandes científicos y matemáticos, quiso negociar “por su cuenta y riesgo” la liberación de su familia, retenida en la zona republicana. Tras ser acusado de traición, Clariana, antiguo carlista y uno de los fundadores de Falange en Barcelona, murió a manos del bando franquista, explica 'Jota'.

Al término del conflicto armado, el instituto tuvo que hacer frente a un nuevo conato de cierre, frenado por la oposición de las familias, que organizaron una pequeña manifestación, y por la mediación de su director de entonces, que se desplazó a Burgos para hablar con Franco y que éste revocara la orden que condenaba el centro al cierre para favorecer a otros centros educativos religiosos, como el que fundarían las Concepcionistas, llegadas de Madrid en 1937.

También durante los primeros compases de la Guerra Civil, el centro llegó a utilizarse como hospital de campaña e incluso se quiso expropiar por parte de las autoridades del régimen para convertirlo en un inmueble militar desde el que organizar la lucha contra la guerrilla que se oponía a la dictadura. Además, partes del instituto se han usado como almacén, como cine y como teatro municipal.

Los fundadores


La historia del IES Gil y Carrasco se remonta más allá de 1870, ya que en la época anterior el edificio fue un convento agustino en el que estudió el escritor que desde 1933 le presta su nombre. Este inmueble desamortizado fue cedido al Ayuntamiento, recuerda ‘Jota’, que explica que existían una especie de becas, creadas en el siglo XVII por el médico Diego Cuesta, que permitían a los alumnos estudiar sin coste algo parecido a la actual secundaria.

Otro galeno, Diego Antonio González, es capital en la historia del instituto, ya que a su muerte, en enero de 1870, legó al Consistorio una herencia de 500.000 reales que permitió reconvertir el viejo convento en un centro educativo acorde a los estándares de la época. El que fuera elegido cinco veces como alcalde de la ciudad, Isidro Rueda, fue el encargado de aprovechar las leyes de la época y la mediación de influyentes políticos y abogados bercianos para abrir las puertas del nuevo centro.

Tras negociar con los padres escolapios, propietarios del edificio, y con el rector de la universidad de Oviedo, distrito educativo del que dependía la ciudad, Rueda consigue la autorización que permite que el 24 de octubre de 1870 arranquen las clases. “Había una junta de padres de familia que ya llevaba tiempo pidiendo un instituto para aquí”, recalca ‘Jota’, que recuerda que Ponferrada era por aquel entonces una ciudad eminentemente comercial al ejercer de cruce de caminos del noroeste de la Península.

Ya convertido en director, Rueda destaca en la lección inaugural que “la base más esencial y necesaria para procurar el bienestar y prosperidad social es la educación” y defiende que el único medio de lograrlo es “la libertad de enseñanza”, según cita Marino Castro, que comparte con ‘Jota’ tanto la faceta de historiador como la de profesor del Gil y Carrasco. Aquella primera promoción, con menos de un centenar de alumnos frente al millar que anualmente se matricula en la actualidad, puso la primera piedra en un camino al que se suman ya otros 149 adoquines.
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