El Arte como Centro

Donde algunos ven periferia, el Arte levanta un centro que convierte al Campus de Ponferrada en belleza y futuro

25/05/2026
 Actualizado a 25/05/2026
Una visión Naif del Campus de Ponferrada (Alfonso Manso).
Una visión Naif del Campus de Ponferrada (Alfonso Manso).

En España todavía hay quien imagina la universidad como una ciudadela noble, levantada en torno a una sede matriz, con sus facultades reunidas bajo una torre de prestigio central. Todo lo demás, dicen, son extensiones, satélites, campus periféricos. La palabra periferia cae muchas veces con el peso de una condena, como si nombrara una distancia y no una posibilidad. Pero hay lugares donde esa distancia se convierte en mirada, donde el margen deja de pedir permiso y empieza a producir sentido. El Campus de Ponferrada, de la Universidad de León, pertenece a esa clase de espacios que han decidido no vivir de espaldas a su territorio, sino con las manos hundidas en él.

Allí, en la avenida de Astorga, no se ha levantado solamente un enclave académico especializado en ciencias de la salud, ingeniería y medioambiente. Se ha abierto, lentamente, una singularidad esencial, un parque escultórico que no adorna el campus, sino que lo piensa. El Parque Escultórico del Campus de Ponferrada ha hecho algo más profundo que instalar obras en un jardín universitario. Ha colocado el arte en el centro de una conversación sobre el tiempo, la materia, el paisaje y la responsabilidad. Y lo ha hecho desde una opción casi subversiva en un país acostumbrado a la piedra monumental, al bronce solemne y al hormigón heroico. Su propuesta material son la cerámica, la madera, el castaño, la tierra.

El proyecto, diseñado y promovido por Gerardo Queipo y Alfonso Fernández-Manso, y apoyado con compromiso por Pilar Marqués, vicerrectora del Campus, contiene una intuición política y poética. Para que un campus periférico no sea subsidiario, debe producir su propio centro. No basta con impartir docencia, sostener titulaciones útiles o alimentar la economía local, aunque todo eso importe. Un campus se vuelve imprescindible cuando genera símbolos, cuando crea una geografía moral. En Ponferrada, el arte ha dejado de ser un lujo de sobremesa para convertirse en una forma situada de conocimiento.

Las obras del parque hablan el idioma del Bierzo sin caer en el folclore. No muestran el territorio como postal, sino como herida, memoria y promesa. En ‘Casa-Árbol’, Amancio González transforma dos enormes verrugas de castaño centenario en un refugio desde el que mirar el firmamento, recordando que la naturaleza no es decorado, sino arquitectura sagrada.

En ‘Germinaciones’, devuelve la verticalidad a un tronco abatido antes de tiempo y convierte ese gesto en metáfora de renacimiento: como El Bierzo y tantas periferias, el árbol no oculta su herida, la incorpora para volver a ponerse en pie.

‘Verruga’, del Equipo Arrels, va todavía más adentro. Los fragmentos de castaños centenarios abandonados del Bierzo se convierten en homenaje al árbol y a quienes resistieron la especulación de sus verrugas, codiciadas por la industria del automóvil de lujo. La obra posee una fuerza moral limpia. Recuerda que incluso la belleza puede ser saqueada cuando el mercado descubre en ella una veta de beneficio. Frente a esa lógica extractiva, el parque propone otra economía. La economía del cuidado, la de la devolución, la de la materia reconciliada con su historia.

Los ‘Árboles’ de Wali Hawes, grandes estructuras de arcilla concebidas como hornos de autococción, parecen surgir de un pacto antiguo entre fuego y barro: en ellas, la cerámica es proceso, combustión y rito. En diálogo con un campus dedicado también al medioambiente, recuerdan que no hay transición ecológica sin una transformación sensible. Esa misma conciencia atraviesa ‘Hitos para las cumbres del Medio Ambiente’, de Cristina Ferrández Box, donde cinco columnas evocan ciudades de cumbres ambientales y levantan una memoria sobria de acuerdos, promesas y retrasos. Ante estas obras, el campus deja de ser solo recinto académico para convertirse en plaza pública, allí donde ciencia, política y arte se interpelan.

‘Colorfull Wall’, de Alfonso Fernández-Manso, situado en el hall del edificio principal, introduce otra dimensión del parque, la del interior universitario como paisaje. Sus 600 teselas de madera reciclada intentan fijar carbono atmosférico en lugar de emitirlo y traducen, desde la abstracción, los colores de los bosques bercianos en cada estación. Es una obra contra el cambio climático, pero no desde la consigna, sino desde una belleza razonada. La universidad entra así en una pedagogía silenciosa: cada estudiante que cruza ese hall atraviesa también una hipótesis estética sobre el futuro. 

Que este proyecto participe en el ecosistema de la Red ACTS -Arte, Ciencia, Tecnología y Sociedad- no es un trámite, sino una consecuencia natural. redACTS se define como una red de intersecciones entre esos ámbitos y articulada por nodos distribuidos que promueven comunidades de práctica, proyectos colaborativos e investigación compartida. En ese mapa, Ponferrada aporta una lección decisiva que no es otra que la innovación no siempre nace en un laboratorio blanco ni en un gran centro metropolitano. A veces surge donde un tronco muerto vuelve a levantarse, donde el barro se cuece al aire libre, donde una tesela reciclada convierte un pasillo en bosque.

La conexión con el enfoque de Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT) resulta igualmente significativa. La fundación sitúa la relación entre arte, ciencia, tecnología y sociedad como un ámbito capaz de fortalecer el conocimiento desde perspectivas interdisciplinares y de abordar problemas complejos contemporáneos. En ese horizonte, alineado también con el espíritu de la Nueva Bauhaus Europea, el Parque Escultórico de Ponferrada no aparece como una rareza provincial, sino como un anticipo. El Parque es un dispositivo híbrido donde cultura, sostenibilidad, creatividad e inclusión territorial se dan la mano.

La reivindicación de los campus periféricos no debería limitarse a reclamar más presupuestos, más titulaciones o mejores comunicaciones, aunque todo eso sea imprescindible. Hay que reclamar también centralidad simbólica. Porque el centro no es únicamente un punto en el mapa; es el lugar desde el cual se formula una pregunta necesaria. Y el Campus de Ponferrada ha formulado una de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo: ¿cómo habitar la tierra sin cubrirla de asfalto, cómo producir conocimiento sin separarlo del paisaje, cómo hacer de la belleza una forma de responsabilidad?

En el Parque Escultórico, las obras no están allí para distraer al estudiante entre clase y clase. Están para recordarle que toda ciencia empieza con una mirada y que toda tecnología sin conciencia acaba convirtiéndose en maquinaria ciega. Los castaños, la arcilla, la madera reciclada y los hitos ambientales componen una universidad expandida, una universidad que no termina en el aula ni en el laboratorio, sino que continúa bajo los árboles, en el barro, en la memoria del territorio.

Tal vez eso sea hoy poner el arte en el centro. ¡No colgarlo en una pared solemne, sino dejar que reorganice una Comunidad! Ponferrada, desde su aparente periferia, ha entendido que la centralidad verdadera no se concede; se cultiva. Y aquí se cultiva con tierra, fuego, carbono, raíces y cielo.
 

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