Hay un momento, al entrar en el Belén de Folgoso de la Ribera, en el que el visitante deja de caminar por un edificio del siglo XXI y empieza a moverse dentro de una aldea que respira al ritmo de un molino. El ruido del mundo se queda fuera, como si alguien hubiera cerrado una compuerta invisible. Dentro, el agua baja por un río diminuto, gira una noria, mueve una muela de piedra y, en ese giro, parece girar también algo más antiguo que nosotros: la memoria.
Todo cabe en doscientos metros cuadrados, pero ahí dentro cabe un siglo entero. Entra El Bierzo que fue y el que sobrevive en las manos de quienes no han querido rendirse del todo al olvido. El Belén de Folgoso no es un belén: es una biografía colectiva en miniatura. Un país reducido al tamaño de una emoción, construido con la belleza de la mecánica y la física tradicionales.
En una esquina, la mina abre su boca de madera. Los mineros avanzan con su paso lento y mecánico, como si todavía llevaran en los pulmones el polvo real del carbón. Cerca de ellos, el lavadero, las vagonetas, los picos. El carbón, aquí, no es metáfora: es origen. Porque Folgoso no se entiende sin ese filo negro que durante décadas determinó el pan, la fiesta, el silencio y la muerte.
Un poco más allá, la trilla gira. El grano salta como una lluvia dorada sobre la era. Una mujer lava en el río. Otra cosa. Alguien afila la guadaña. El humo sale por la chimenea de la casa berciana como una oración doméstica. En el lagar, el mosto empieza a nacer con ese olor dulzón que anuncia el invierno mejor que cualquier calendario. La vida sucede. Toda. A escala.
Aquí nadie corre. Nadie produce más de lo necesario. Nadie se queda solo. Cada figura tiene sentido porque pertenece al conjunto. Y ese es el milagro: este belén no representa un nacimiento, representa un equilibrio, el de una cultura tradicional hoy casi borrada.
Dicen que todo empezó en 1963, cuando un cura y una maestra decidieron colocar un pequeño portal junto a la sacristía. Dicen que luego llegaron Ser Puente, Ángel Méndez, José “Sevilla” y otros nombres que no aparecen en los titulares, pero sostienen el mundo. Dicen que, al principio, el agua había que cargarla en cubas, a caldero, como se hacía con todo antes: a fuerza de brazos. Hoy el agua corre sola, pero ese gesto inicial de ir a buscarla sigue latiendo en cada circuito.
Casi sin darse cuenta, los vecinos fabricaron algo mucho mayor que un belén: fabricaron una comarca, la del Bierzo, que no sale en los mapas. Una aldea donde la mina convive con la trilla, donde el mercado no es un algoritmo, donde la técnica no humilla al cuerpo, sino que lo prolonga.
Cada figura en movimiento es una pequeña resistencia contra la desaparición. El zapatero. El herrero. El cestero. El pastor que acuna al niño. El que juega a las cartas. La mujer que cose. Son trabajos que ya no salen en las estadísticas, pero siguen viviendo en esta república en miniatura que cada diciembre abre sus fronteras sin pedir pasaporte.
A veces, uno se detiene ante un detalle insignificante: el gato que intenta alcanzar al ratón en el molino; el vapor que sale de una olla; la ropa que se mueve con el viento. Y entonces entiende que este belén no quiere deslumbrar, quiere convencer. Convencer de que la vida era dura, sí, pero tenía un orden. Un ritmo. Una lógica moral. Aquí el trabajo sirve para vivir y no al revés. Aquí la economía no es un monstruo abstracto, sino un pacto silencioso entre vecinos: yo te ayudo hoy porque sé que mañana me ayudarás tú. Lo demás vino después.
Y, sin embargo, no hay nostalgia dulce en estas escenas. Hay verdad. La mina es oscura. El invierno es largo. El esfuerzo pesa. La fatiga se repite todos los días. No es un paraíso perdido lo que vemos, sino una dignidad antigua. Quizá por eso este belén atrae a miles de visitantes cada año. Porque, en medio del ruido digital, del trabajo que no se toca, de la fatiga sin cuerpo, uno entra aquí y vuelve a entender para qué sirven las manos.
Los niños se quedan quietos, hipnotizados por la noria. Los mayores se callan de golpe. Algunos reconocen un gesto. Otros, una herramienta. Otros, un olor que ya no estaba en la memoria consciente, pero dormía en algún rincón del cuerpo. Y entonces pasa algo extraño: por un momento, todos pertenecen.
El Belén de Folgoso no explica la Navidad actual. La contradice. Mientras fuera se multiplican los campeonatos de iluminación, de luces sin sombra, aquí hay sombra con sentido. Mientras fuera se vacían los pueblos, aquí un pueblo entero cabe dentro de una habitación. Mientras fuera todo es urgente, aquí todo es lento.
Se habla del relevo generacional con palabras graves. Se teme que un día no haya manos para seguir moviendo el agua. Puede ocurrir. Nada es eterno. Pero hay algo que ya nadie podrá borrar: durante más de sesenta inviernos, un grupo de vecinos se negó a permitir que el mundo que conocieron muriera del todo.
En el centro, como si todo girara a su alrededor sin que nadie lo diga, está el portal. José, María y el niño no son aquí una escena sagrada, sino algo más antiguo todavía: una familia que busca cobijo. El buey. La mula. El frío. Nadie los mira como símbolos: se los mira como iguales. Como si fueran vecinos recién llegados.
Quizá por eso este belén emociona incluso a quien ya no cree. Porque aquí la fe no es una consigna: es una forma de estar en el mundo.
Cuando uno sale de la exposición y vuelve a la calle real, con sus coches, su prisa, su conexión de datos, algo se queda atrás. O algo se queda dentro. Uno no sabe bien. Pero durante unos segundos, mientras se abre la puerta, uno tiene la sensación de que el mundo moderno es una maqueta mal hecha, y que lo verdadero, lo que de verdad funciona, sigue girando ahí dentro, movido por el agua y por el pulso de quienes no se rindieron.
Tal vez por eso, cada Navidad, Folgoso no exhibe un belén. Exhibe una forma de vida, una aldea en miniatura. Y nos la presta durante unos minutos para que recordemos, aunque solo sea un instante, que el tiempo también puede tener alma.