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Diez años quizá sean algo

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15/04/2018 A A
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Diez años quizá sean algo
Me doy cuenta el viernes, cuando suelo ultimar estos textos –y discúlpenme la inmersión en tema personal– de que se cumplen diez años desde que escribo como colaborador constante en la prensa local (aquel 14 de abril de 2008...). Mil páginas, a ojo de buen cubero. En aquel entonces para mí este mundo «era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Pero ahí estaban, para señalarlas una por una. Entonces –como hoy– Cifuentes no había empezado su máster, y a nuestro Majo presidente ya le daba igual. Había también un mequetrefe en la Casa Blanca y un soso en La Moncloa. Putin gobernaba Rusia y Martín Villa era invitado a conmemoraciones varias. La familia real reñía, como todas las familias, pero sin vecinos que oyeran las voces; y gestas futbolísticas históricas eran retransmitidas cada día. En León, hoy como entonces, empedramos y desempedramos Ordoño y el casco viejo, la catedral viste y desviste andamios, las tapas aparecen en el Financial Times (aunque no salgan gratis) y en Las Médulas continúan las guerras cántabras. Nihil novum sub sole.

Esta década, salvo esporádicos artículos previos, la inicié en la edición local de El Mundo. Un nuevo periódico El Mundo de León, que por entonces se asociaba a veces a la extinta y antecesora La Crónica de León (qué cosas…) y que echarían la trapa sucesivamente en 2012 y 2013. Eran al principio artículos quincenales, extensos, que llegaron a propiciar un libro con la mejor compañía posible, la de Ernesto Rodera, aparte el diseño editorial de otro amigo, más discreto. “Fuera de lugar” (2011) aún se ve por ahí, despistado y de baratillo, con ese anaranjado que, entonces, era solo un color, antes de riverizarse.

El obligado período de inactividad se sazonó después con la inesperada y refrescante aparición de Tam Tam Press (aquí no molesta citar a la competencia leal), un producto típico –solo en apariencia– de esta temporada infernal de los profesionales de los medios por su carácter gratuito y virtual, pero que, en realidad, gracias al buen oficio y entusiasmo ilimitado de sus veteranos y distinguidos redactores, se ha convertido en el cultural leonés de referencia, modelo de calidad y cantidad.

La Crónica que se hizo Nueva camina resuelta hacia el lustro ya, y sus dos directores confiaron, de nuevo, en este ‘opinante’. Y yo en ellos: mi condición es que no hubiera condiciones, en temas y expresión. Ellos respetaron su parte, yo intento hacerlo con la mía: no uncirme y no injuriar. Por todo ello, y aunque este de hoy sea un texto prescindible para la mayoría de ustedes (mis disculpas de nuevo), no lo es para mí. Gracias, Ángela. Gracias, Dani. Gracias, Eloísa, Camino, Sergio. Gracias, David. Gracias a los compañeros que no cito por no abusar más de este espacio. Y gracias, por supuesto, a todos los que leéis estas (nuevas) crónicas.
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