Esta década, salvo esporádicos artículos previos, la inicié en la edición local de El Mundo. Un nuevo periódico El Mundo de León, que por entonces se asociaba a veces a la extinta y antecesora La Crónica de León (qué cosas…) y que echarían la trapa sucesivamente en 2012 y 2013. Eran al principio artículos quincenales, extensos, que llegaron a propiciar un libro con la mejor compañía posible, la de Ernesto Rodera, aparte el diseño editorial de otro amigo, más discreto. “Fuera de lugar” (2011) aún se ve por ahí, despistado y de baratillo, con ese anaranjado que, entonces, era solo un color, antes de riverizarse.
El obligado período de inactividad se sazonó después con la inesperada y refrescante aparición de Tam Tam Press (aquí no molesta citar a la competencia leal), un producto típico –solo en apariencia– de esta temporada infernal de los profesionales de los medios por su carácter gratuito y virtual, pero que, en realidad, gracias al buen oficio y entusiasmo ilimitado de sus veteranos y distinguidos redactores, se ha convertido en el cultural leonés de referencia, modelo de calidad y cantidad.
La Crónica que se hizo Nueva camina resuelta hacia el lustro ya, y sus dos directores confiaron, de nuevo, en este ‘opinante’. Y yo en ellos: mi condición es que no hubiera condiciones, en temas y expresión. Ellos respetaron su parte, yo intento hacerlo con la mía: no uncirme y no injuriar. Por todo ello, y aunque este de hoy sea un texto prescindible para la mayoría de ustedes (mis disculpas de nuevo), no lo es para mí. Gracias, Ángela. Gracias, Dani. Gracias, Eloísa, Camino, Sergio. Gracias, David. Gracias a los compañeros que no cito por no abusar más de este espacio. Y gracias, por supuesto, a todos los que leéis estas (nuevas) crónicas.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.