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Destrucción masiva

20/02/2020
 Actualizado a 20/02/2020
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No sean mal pensados. No me refiero a la situación actual del terruño leonés ni a la de la tierra patria nacional. Aunque poco falte para llegar a esa situación. Y sin olvidarnos de que en esos dos asuntos existen muchos traidores, agentes dobles e incluso operaciones de bandera falsa. Pero no, la ‘Destrucción masiva’ de la que hablo hoy es de la que nos narra en su último libro el periodista y escritor Fernando Rueda, uno de los mayores expertos en servicios de inteligencia de nuestro país.

¿Se acuerdan del ‘tricicle’ de las Azores? ¿Y de esas armas de destrucción masiva que sólo existían en algunos informes, que en vez de informar lo único que pretendían era contentar a sus amos, para así darles una coartada para ellos sí, destruir masivamente a su antojo? Espero que la arena del desierto del tiempo no haya cubierto esos recuerdos hasta conseguir desvanecerlos, porque no debemos olvidar que la sangre que tiñó de rojo la arena de Irak también se escapó mortalmente de cuerpos de compatriotas nuestros, como los ocho agentes del CNI masacrados en los dominios del sátrapa Sadam Hussein. Y son precisamente las sombras de esos ocho hombres las que persiguieron durante años a Fernando Rueda para que como él mismo dice, convertirse en su albacea.

‘Destrucción masiva’ nos enfrenta una vez más a nuestra triste y asquerosa idiosincrasia. En España somos expertos en rompernos las manos aplaudiendo a héroes foráneos, mientras que cuando estamos ante los nuestros no sacamos las manos de los bolsillos. Así nos va. Llenamos salas de cine por ejemplo para ver ‘Black Hawk derribado’ y los actos heroicos y patrióticos de un grupo de soldados estadounidenses, mientras que van cayendo en el olvido las escenas de compañerismo y lealtad que se vivieron durante media hora en la cuneta de una carretera de Latifiya.

Fernando Rueda consigue con ‘Destrucción masiva’ trasladarnos al Irak previo y posterior a la invasión, nos presenta a los protagonistas de esta triste historia, no sólo desde el punto de vista profesional, sino personal. Sus preocupaciones, sus sentimientos, sus contradicciones... En definitiva, nos permite conocer al agente secreto y al hombre que se esconde detrás de él. Con esto consigue hurgar las entrañas del lector, ya que la típica coletilla de ‘es su trabajo y saben a lo que se arriesgan’ queda en un segundo plano cuando vemos que también tienen sueños, miedos y seres queridos a los que nunca más pudieron besar y abrazar. Evidentemente que es su trabajo, el problema aparece cuando su país no les da los medios para poder realizarlo con un mínimo de seguridad, como por ejemplo que sus coches fueran blindados. Eso sí, luego ya se enviaron a tierras iraquíes unos vehículos con blindaje. Una vez más, demasiado tarde. Pero éste no fue el único fallo, ajeno a los protagonistas, que les condujo a un desenlace fatal. Su único error fue servir a su país y no poner ninguna excusa para huir de la muerte que sabían que les acechaba tras el inicio de una guerra, que comenzó por culpa de unas armas de destrucción masiva que ellos mismos habían informado a sus superiores que no existían. Quizás el concepto paradoja en este caso se quede corto, ¿no creen?

Espero que ‘Destrucción masiva’ sirva para remover algo más que conciencias y de una vez por todas la sociedad española no olvide nunca a estos ocho héroes, que al menos han tenido al mejor albacea posible, Fernando Rueda.
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