De la misma manera que le sucedió al hijo de Alcmena y Júpiter, nuestro hercúleo veraneante puede que se enfrente en alguna ocasión, y lo hace en esta entrega, a los graznidos varios y evacuaciones multitudinarias de los viajes organizados y en grupo. He aquí uno de los mayores retos que pueda encarar héroe alguno, he aquí una fuente de infortunio y padecimiento sin límite, he aquí el no va más de las proezas mundanas y ultramundanas.
Se apunta uno sobre todo por pereza –ese vicio capital– o una supuesta incompetencia que también es pereza, como cuando se va a comer fuera en lugar de cocinar porque no apetece o se afirma no saber (y nunca se intentó aprender). La pereza es incluso un defecto –o un hábito– de los dioses: algunos llegaron a descansar después de seis días, contradiciendo su supuesta omnipotencia. Una vez sumido en el grupo, el hércules común cede su albedrío a quien toma el mando por medio de objetos absurdos y ostensibles: un paraguas, una camiseta, un megáfono o un micrófono… Y le sigue enceguecido, contra brisa y sofoco. En el seno del grupo se forjan sempiternas amistades de gentes inconciliables, disueltas minutos después del fin del viaje. Se divisan fecundas ciudades y países vastísimos mediante paradas de autobús más fugaces que las acontecidas en gasolineras para hacer cola en sus aseos. Se saborean, sobre todo, originales prisas. En fin, para qué insistir, las estampas de este viaje serán disueltas en un solo y sudoroso recuerdo, como lágrimas en la lluvia. De regreso a casa nos sabremos cómplices de una odisea prosaica digna de la pluma del dublinés. Y esperaremos a que suene el próximo cascabel.
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