Ríos desbordados, frezaderos en riesgo

Los caudales elevados y la alta carga de sedimentos, pues los ríos bajan desbordados y con el color del barro, afectan a la reproducción de la trucha

12/02/2026
 Actualizado a 13/02/2026
 La confluencia del Bernesga y el Torío, desbordada y embarrada. R.P.N
 La confluencia del Bernesga y el Torío, desbordada y embarrada. R.P.N

A un buen otoño le siguió un inicio de invierno placido, pero nada más comenzar el año empezaron las inclemencias del tiempo y un frío intenso se instalo en todo el territorio. Lo ideal, para la pesca y los peces, es que la nieve caída durante el invierno se mantenga en la montaña para ir deshaciéndose paulatinamente en primavera. Pero los ríos de León bajan estos días desbordados y con el color del barro.

No es el marrón limpio de una crecida normal, sino una mezcla espesa de sedimentos arrastrados desde riberas saturadas. El agua corre con fuerza y sin transparencia, recordando que el invierno todavía manda. Y, bajo esa gran corriente desordenada, la trucha intenta cumplir uno de los momentos más delicados de su ciclo vital, la freza. Las lluvias persistentes, sumadas al deshielo progresivo de la nieve acumulada, han elevado los caudales muy por encima de lo habitual para estas fechas. 

Estos días, el Porma, el Torío, el Bernesga, el Cea o el Órbigo bajan crecidos, muy turbios en algunos tramos y en otros desbordados. Han recuperado anchura, velocidad y sonido. Los ríos de León hacía muchos años que no bajaban así. Golpean las orillas, barren los prados, arrastran ramas, hojas y sedimentos acumulados tras meses de contención. El agua ha ganado anchura y velocidad, pero también carga sólida. El exceso de rescoldos es ahora el principal enemigo invisible de los frezaderos. La trucha necesita gravas limpias, estables y bien oxigenadas para depositar sus huevos. Sin embargo, los caudales altos y embarrados tienden a colmatar esos huecos esenciales entre las arenas. El fango se introduce en la grava y reduce el intercambio de oxígeno, aumentando la mortalidad de los embriones incluso cuando el río parece, desde fuera, rebosante de vida. A esta presión se suma la inestabilidad del lecho. Las avenidas fuertes pueden deshacer frezaderos recién formados, desplazar la grava o forzar a los peces a abandonar zonas óptimas en busca de refugios menos expuestos. La freza se retrasa, se fragmenta o se concentra en pocos tramos seguros, incrementando el riesgo. El problema no es únicamente natural. En muchos puntos, el río carece de espacio para prodigar tanta energía. Encauzamientos, escolleras y riberas degradadas aceleran la corriente y amplifican sus efectos. Allí donde el cauce no puede expandirse, la fuerza se concentra justo donde la trucha intenta reproducirse.

La trucha necesita gravas limpias, estables y bien oxigenadas para poder depositar sus huevos

Pescadores veteranos y conocedores de estos episodios advierten de que el balance final no se podrá evaluar hasta primavera. Pero que muchas puestas quedarán soterradas bajo el barro o serán arrastradas sin dejar rastro. La abundancia de agua no siempre es sinónimo del éxito reproductor, y este invierno puede ser una prueba clara de ello. Pese a todo, el proceso sigue adelante. 

Mientras los ríos bajan turbios y poderosos, el futuro de la trucha se decide lejos de la vista. El río vuelve a marcar el ritmo, pero esta vez lo hace con endurecimiento. La freza, como tantas otras veces, avanza a contracorriente.

En los pueblos ribereños se mira al río con una mezcla de respeto y recelo. Hay alivio por los embalses llenándose, por los acuíferos recargando, por un verano que ya no se adivina tan seco. Pero también hay memoria: la de otras avenidas, otros daños, otras prisas por contener lo incontenible. La cota de nieve ha oscilado entre 800 y 1.400 m, permitiendo que las nevadas alcanzaran zonas no tan altas e incluso intermitentemente la propia ciudad de León.

La fotografía contrasta con la de otros inviernos recientes, marcados por caudales más bien justos y lechos al descubierto. Ahora el agua ocupa su sitio natural, conecta arroyos secundarios, limpia gravas y reactiva remansos que llevaban mucho tiempo adormecidos. La nieve, todavía presente en las montañas, garantiza además que este pulso no sea breve. Desde el punto de vista ecológico, este escenario no tiene por que ser una mala noticia. Las crecidas invernales, cuando no son extremas, son parte esencial de la vida del río. Renuevan el cauce, oxigenan los fondos, redistribuyen nutrientes y devuelven complejidad a un sistema demasiado acostumbrado a la regulación. El río, por unos días, deja de ser un canal y vuelve a ser río y a ocupar su sitio.

Se espera que la lluvia continúe, aunque con intensidades variables y episodios más breves.  Las temperaturas máximas subirán algo más, favoreciendo el deshielo en zonas de montaña. 

La alternancia de lluvia y temperaturas más altas puede desencadenar crecidas rápidas después de chubascos fuertes, especialmente en zonas de montaña. El Bernesga no ha vuelto aún a condiciones normales, y la CHD sigue manteniendo alerta en varios tramos. El mantenimiento de niveles altos significa que zonas ribereñas, pasos peatonales y accesos urbanos permanecerán sensibles a variaciones de caudal. Es conveniente estar atentos a los avisos de la CHD y de AEMET. A invierno lluvioso, verano caluroso.

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