Si el sufrimiento hasta el gol, que llegó bien entrada la segunda mitad, fue palpable, la tensión en los últimos minutos fue insoportable. Los catalanes, conscientes de que la derrota suponía poner un clavo más en el ataúd, hicieron sonar los tambores de guerra y bombardearon el área blanquiazul, que resistió el asedio –y los nervios- para retener tres puntos que pueden valer una salvación.
Segunda oportunidad
El partido era una reválida para todos. Se la jugaba la Deportiva, que tras la debacle del Tartiere no podía permitirse el lujo de perder puntos ante un rival directo; se la jugaba el Llagostera, desesperado por empezar a sumar de tres en tres a domicilio; pero tambiénlos Djordjevic, Melero, Fofo y compañía. Los dos primeros porque no habían rascado bola desde la llegada de Fabri y necesitaban brillar para no volver a desaparecer del once. El balear, porque desde que decidió abandonar la capital berciana en busca de cotas más altas, solo ha dado pasos en falso.
Fue el montenegrino el que salió con más ganas de dar el ‘do’ de pecho. También fue el más favorecido por el esquema de una Deportiva que con un central y un cinco clásico en la medular, fútbol, el justo. Juego directo, sin artificios, ese quedaba para el Camp Nou.
Los primeros minutos fueron para los ‘obreros’. Los blanquiazules saltaban al césped con la intensidad que se echó de menos en Oviedo y las ideas mucho más claras. Precauciones sí, pero iniciando la presión mucho más arriba, lo que permitía a Antón, Acorán y Djordjevic comenzar el ataque más cerca de la portería y no enfrentarse a una travesía por el desierto cada vez que se hacían con el balón.
Así llegó la mejor ocasión de una primera mitad huérfana de áreas. Djordjevic se hacía con una pelota suelta un error del Llagostera y cabalgaba hasta la línea de fondo para poner un centro algo pasado que Acorán no podía rematar en condiciones. El canario, aunque todavía lejísimos de su mejor versión -esa que todavía no ha aparecido en lo que va de temporada-, sí mostró algo de chispa y recuperó profundidad.
Faltó lo de siempre, gol. Tampoco es que los blanquiazules pusieran en excesivos aprietos a René. La combinación entre Acorán y Djordjevic, todavía en los primeros compases de partido, junto a otro tímido disparo del extremo desde la frontal, fue todo el bagaje ofensivo de una Ponferradina que se anestesió con el paso de los minutos y terminó perdiendo la iniciativa.
Así, los catalanes, casi sin querer y aprovechando la fragilidad defensiva de Seoane, fueron ganando terreno, pero salvo una buena volea de Fofo con futbolistas, entrenadores y grada pensando en el descanso, tampoco tuvieron armas para hacer sangre.
Reacción tras el descanso
A pesar de que eran los visitantes los más necesitados, fue Fabri el que se la jugó tras el descanso. Jebor y Khomchenovksyy por Djordjevic-de más a menos- y un Antón que nunca existió. La fórmula revolucionó el partido. Dos minutos bastaron para ver más acción que en los primeros cuarenta y cinco. Primero Santamaría recordaba al que brilló durante su primer año con una reacción felina que evitaba el gol de Natalio; después Khomchenovksyy se encontraba con el larguero tras un rechace de René.
El intercambio de golpes espoleó a los blanquiazules, que se aferraron al factor Jebor. A base de luchar con todo y contra todo lo que se cruzaba en su camino, el liberiano colapsó la salida de balón de los de Oriol Alsina, un derroche del que se contagiaron todos.
Y es que el gol, polémica arbitral aparte, llega después de una jugada en la que Melero lucha hasta el final una pelota que parecía abocada al desastre y de la que el canterano madridista termina sacando un penalti. Acorán, que recoge el testigo de Yuri desde los once metros, lanzó con la seguridad a la que acostumbraba el brasileño y finiquitó un partido que pese a los intentos desesperados de los gerundenses y alguna contra de Jebor, murió ahí.
Pero no se evitó la agonía. El tesoro que suponían los tres puntos desató los nervios en los blanquiazules, que tras varias faltas consecutivas en la frontal del área catalana que Eiriz Mata no vio -o no quiso ver-, también terminaron desesperados con el colegiado, cómplice y verdugo de un sufrimiento quetuvo final feliz.