«La Deportiva volverá muy pronto a intentarlo y también a conseguirlo. Porque Ponferrada nunca se rinde». Con esas palabras cerraba la contracrónica en aquella fatídica noche contra el Andorra mientras Yeray aún lloraba sobre el césped de El Toralín cuando los focos ya se habían apagado. Fue el segundo varapalo consecutivo en el play-off de ascenso, pero ese dolió de forma especial. Los Borja Valle, Vicente Esquerdo, Ger Nóvoa o Andrés Prieto, completamente devastados, fueron reconocidos durante media hora con aplausos, porque la comunión que creó ese equipo con la grada fue absoluta. Aquel partido fue, sin lugar a dudas, una de las tragedias más dolorosas de la historia reciente de la Deportiva, pero el fútbol siempre ofrece una revancha.
Con esa mentalidad llegó la expedición blanquiazul a Vigo. «A la tercera va la vencida», era el lema que se escuchaba en cada calle. Después de una temporada tortuosa con un cambio de entrenador, tras haber residido en los puestos de descenso y protagonizado una segunda vuelta épica, parecía que el destino invitaba a pensar que esta vez sería la buena. Pero no. A la tercera tampoco iba a ser la vencida.

Con el buen inicio de partido de la Deportiva, plantada en campo rival y merodeando el área del Celta, la parroquia berciana se fue viniendo arriba para aportar su aliento, aunque poco a poco el conjunto local fue cogiendo aire y haciendo daño con balones a la espalda. Así llegó el 1-0, un auténtico jarro de agua fría para un sector que quedó silenciado. Eso sí, el golpe apenas duró unos minutos y pronto se volvieron a escuchar cánticos de apoyo. En el césped, Borja Vázquez parecía sentirlos y protagonizó una galopada que terminó con un chut desviado. Nadie perdía la fe. Tampoco Borja Valle, el capitán, que aprovechó un intento de remate de Calderón para recoger la pelota, recortar y batir a Coke. Ahora la grada muda pasó a ser la local, mientras en Balaídos retumbaba el grito de guerra: «Ponferrada nunca se rinde».
Tras el paso por vestuarios, el partido fue ganando revoluciones y, de forma paralela, las aficiones. Cada duelo, cada choque, cada fricción se gritaba desde los asientos pidiendo falta a un árbitro que se mantuvo relajado sin recurrir a las amarillas hasta que le fue inevitable. En el minuto 64 llegó el segundo mazazo para la parroquia blanquiazul. Undabarrena fue al suelo y derribó a Álvaro Marín. Penalti y gol. La fiesta comenzó a desatarse en Balaídos mientras que, en el otro lado de la moneda, la decepción volvía a los rostros de los bercianos desplazados.
A ello se sumó el desconcierto por los últimos cambios de Nafti, dando entrada a un central como Andújar atacante en busca de la épica, pero eso terminó por romper al equipo y cayó el tercero. La hinchada ya comenzó a dar por fallido el tercer intento mientras Vigo cantaba «A Segunda oé», y en el tiempo de añadido la expulsión de Cortés y el cuarto tanto de los vigueses terminaron por poner el sello al partido.

No, a la tercera tampoco fue. La afición de la Deportiva volvió a quedar desolada, al igual que los jugadores en el césped. Koke, un cedido, no podía ni levantarse del suelo. Lo mismo pasaba con Borja Vázquez, otro joven que a priori haya jugado su último partido con la Ponferradina. Undabarrena y Calderón, también visiblemente afectados. Para ellos era su primera mala experiencia con estos colores, mientras que Prieto, Andújar, Andoni, Germán, Ángel, Barredo o Borja Valle ya habían sufrido al menos otro mal trago en los años previos, pero uno nunca se acostumbra.
Por lo menos, el duelo lo pasaron unidos. Césped y grada. Futbolistas y afición. Por momentos en un silencio sepulcral y por momentos con aplausos de reconocimiento. En un año que invitaba en enero a sufrir por la supervivencia, El Bierzo pudo volver a soñar. Y sí, Ponferrada nunca se rinde y lo volverá a intentar. Una y mil veces si hace falta. Hasta que lo consiga. Porque lo conseguirá.