Seña de identidad leonesa, deporte vernáculo, tradición, entretenimiento, nexo de camaradería entre pueblos y tabla de salvación compuesta por diez conos de madera para no hundirse en la procelosa e insalubre actualidad, el bolo leonés hizo honor a sus ancestrales atributos un año más en las fiestas de Nuestra Señora de Riosol y San Roque, en Maraña.
Si hace doce meses por estas fechas jugadores y aficionados miraban afligidos las columnas de humo provocadas por los incendios que asolaron la comarca, en esta ocasión era otro elemento, el agua, el que hizo que los ojos tornaran al cielo temerosos de la suspensión del torneo. Pero finalmente la lluvia no hizo acto de presencia y el retinglar de la madera volvió a sonar a pies del Mampodre.
Con más de mil euros en premios (mención aparte merece “el mexicano” José María Alonso como mecenas del torneo junto al resto de patrocinadores y en colaboración con el Ayuntamiento) y un castro en perfectas condiciones para la bola cacha -o media bola- los mejores jugadores de la zona acudieron a la cita y no resultó extraño que se produjesen elevados registros.
Con 60 bolos, fruto de tres ahorcados con cuatro bolas y birles más que aceptables, Iván González, afincado en París pero con pura sangre marañona corriendo por sus venas, se llevó el gato al agua superando por un solo bolo (60 por 59) a Mario Álvarez, quien pese acudir desde otra localidad, Liegos, se llevó las mayores ovaciones de la tarde por su juventud (14 años), su elegancia en el tiro, su saber estar sobre la arcilla, y la inteligencia que muestra a la hora de afrontar cada lance del juego.
El caso de Mario
Residente en la localidad “lentejera” durante todo el año, Mario es un caso excepcional. El joven ocupó muchas horas de soledad durante el crudo invierno de la montaña tirando la bola y pinándose los bolos a sí mismo, sin más ayudantes ni testigos. Pura afición y trabajo que ya le está danto rédito. Y lo que le queda por ganar.
El bronce fue para Gustavo, de Maraña, que, según sus propias palabras, decidió que la tarde para él sería de «puerta grande o enfermería» cuando optó por birlar a nichi en busca de los 180 euros y las pastas de la panadería Tomás del primer premio, pese a que con derribar dos palos le daba para igualar en el segundo puesto. La apuesta le salió cruz y el campeón de 2025 dio un conejo, teniendo que conformarse en esta ocasión con el tercer cajón del podio.
De ganar en esto sabe bastante Jesús Requejo, de Cuénabres, quien si se fue de vacío en la competición individual (su hermano Jaime fue cuarto), volvió a abrir su bien nutrido arcón al conquistar junto a Gene, Jaime y Juan el torneo por equipos, al igual que días antes había hecho en los concursos individual y por equipos de Burón, y por equipos en su pueblo. Como se decía desde la grada: «En casa de Jesús y Jaime no hará falta matar gocho este diciembre».
El cuarteto de Cuénabres, ausente el año pasado para proteger a la localidad de las llamas, se impuso en la final a Maraña, que había derrotado en semifinales a uno de los cuatro equipos de Liegos que acudieron… el capitaneado por Mario, aunque en la final de consolación el prodigio claudicó ante los también jóvenes valores de Siero de la Reina.
Gesto de nobleza
En ese duelo por el tercer puesto, uno de los compañeros de Mario, Javier Muñiz, descendiente de Lois y de Liegos, dejó un gesto de la nobleza que caracteriza a este juego al reconocer que había derribado con la mano el único bolo que cayó junto al nichi en un birle. El público no dudó en premiar su honestidad con un espontáneo y emotivo aplauso.
Desde que abriese el juego el día 15 el primer tirador, Zósimo González -familia del antiguo luchador homónimo- hasta el último birle un día después, ya con la noche cerniéndose sobre la localidad que da nacimiento al Esla, cerca de setenta jugadores pasaron por la bolera, dejando constancia de que el bolo leonés, pese a todo, sigue vivo.
A la espera de una nueva edición de este inmemorial y prestigioso torneo, los nueve bolos y el nichi descansarán anhelando la media bola y manos jóvenes que los levanten. Como versase el poeta José Hierro: «De pie, sobre la bolera, ordenados y panzudos. Troncos de árboles desnudos, que esperan la primavera»
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