Los pájaros atraviesan las redes que tejen las notas en los atardeceres del estío porque en estos meses los pueblos se llenan de música. Y no sólo durante las fiestas tradicionales, organizadas por esforzadas comisiones que, casa por casa, buscan apoyo para traer a una orquesta, hacer juegos para los niños, montar un bar y poner banderolas en la plaza mayor. La música también llega a los pueblos con los festivales y programaciones culturales que se realizan durante esta estación en la que a veces parece que sólo existe la playa y los viajes al extranjero. Y no sólo la música, también el cine, el teatro, las presentaciones de libros, el baile o las exposiciones.
Junto a las actividades de ayuntamientos e instituciones, e incluso por detrás de las medallas que a veces se ponen otros, existen unos cuantos actos y festivales impulsados, como me han dicho muchas veces, por «cuatro locos».
«Somos cuatro locos, pero nos gusta». Algo de eso hay porque, si no fuera por esa locura, no se explica su entusiasmo, su resistencia ante los dolores de cabeza de hacer algo así. Todavía no he conocido a ninguno que viva de esto y sí a una mayoría que no recibe nada. La de ‘amor al arte’ sigue siendo una razón.
Sólo porque hay cuatro locos o locas, o seis o dieciséis, puede salir adelante en León algo tan singular como ‘El secreto de las fiestas’, una celebración del escritor Francisco Casavella impulsada por Yago Ferreira. Oen Balboa, por la pentatónica piradura de Chema Robles, el Festival Tronco Sonoro de blues, rock y soul, que se celebra estos días.
Descubrid a los locos de vuestros pueblos y echadles una mano, hombre.
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