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Cuarentenas como Dios manda

Cuarentenas como Dios manda

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Roberto Carro Fernández | 23/04/2020 A A
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Cuarentenas como Dios manda
El Decaleón (XVI) El autor de Valcabado del Páramo e intérprete de música tradicional, Roberto Carro Fernández, se suma a ‘El Decaleón’ de La Nueva Crónica
Vista la matraca de esta pandemia hecha a base de kilos de «coñazo virus», a uno le viene a la memoria las cuarentenas de la niñez.

Una afección del tipo que fuera: un catarro peleón, una gripe «A», «Z» o «W» –si me apuras una viruela o un sarampión (con todos los vectores que le quieras poner)–, requería cuidados de madre, mucha cama y atención de galeno minutos antes de la hora del vermú. Pero todo ello con matices mucho más amables y menos cansinez. El recuerdo es muy vívido. Y al mismo tiempo tan sedoso y placentero que si fuese burro le llamarías Platero. Había que vivirlo. La mañana antes de la visita del médico del pueblo, tu madre te cambiaba las sábanas y, mientras te reubicabas de nuevo en algodón frío, hecho un ovillo, percibías el aroma del jabón artesano impregnando la funda del almohadón. La madre recomponía con esmero el cabecero de la sábana, bien simétrico con el doblez del cobertor de lana y la donosura de una colcha de ojo de perdiz, recién sacada del arca, que aún olía a naftalina. Sobre la mesita un vaso de agua, un tarro para los vahos de eucalipto y un cuadernillo de pintar de los que te solía traer tu madrina cuando tocaba pasar por estos rigores. Y cómo no, sobre el alféizar interior de la ventana, un bote de melocotón en almíbar: sucedáneo saludable de gominola para días críticos.

Y ahí estás tú, hecho un tierno infante, magullado por la fiebre y con la mirada perdida en ese mapa de humedad que empieza a dibujarse en el desconchón de cal que cubre la pared con piel de barro y corazón de tapial y adobe. Esperando el momento en el que el médico, entrando por la puerta de la habitación suavice la tensión removiéndote el flequillo, se coloque las lentes, saque el fonendo de la cartera y, sentado sobre el larguero de la cama, te pida que te incorpores para amalgamar la tibieza de tu piel con la frescura del metal que recorre los puntos sensibles de tu espalda. Así percibes, al reclinarte sobre su pecho, un aroma sanador hecho con mixtura de botamen de farmacopea y agua fresca de colonia.

-El catarro hay que sudarlo. Siga con los vahos y recoja en la botica este antipirético por si la fiebre le sube mucho -espeta finalmente.

El ritual finaliza cuando se remanga y se moja las manos en la palangana que contiene el agua que ha sido templada en el pote que hay en el llar; se enjabona con la pastilla de jabón de La Toja recién abierta para la ocasión, y se seca en la toalla con puntilla del ajuar de boda de tus padres.

No sé, así podía ponerse uno malo y estar en cuarentena los días que hiciesen falta. Era otra cosa.

Lo de ahora es un artificio y una sopa de sobre que no le llega ni a los cuartos.
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