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Cuando dimitir es excepcional y mentir habitual

Cuando dimitir es excepcional y mentir habitual

OPINIóN IR

14/11/2019 A A
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Cuando dimitir es excepcional y mentir habitual
El problema de nuestro país es que hemos convertido en excepcional lo que debería ser habitual y normalizado lo que tendría que ser una excepcionalidad. En tan sólo 48 horas nuestros políticos nos lo han demostrado una vez más. Y es que pocos podíamos prever la resaca que estamos teniendo, y lo que nos espera, tras el botellón democrático del 10 de noviembre.

¿Qué pasado llevamos a las espaldas para que cuando un líder político decide dimitir tras un abultado fracaso en unas elecciones es recibido con sorpresa, incluso por sus más acérrimos rivales? ¿Cómo puede ser que hayamos aceptado como algo normal que nuestros representantes políticos no asuman ningún tipo de responsabilidad cuando el pueblo en las urnas les dice que ya no confían en ellos ni en su partido? No encuentro explicación lógica, más allá de que todos padezcamos el Síndrome Político de Estocolmo.

La última cita electoral ha servido para que veamos un caso de envejecimiento prematuro de un joven catalán que venía a instaurar la nueva política en todo el territorio nacional y que, por errores propios y de sus compañeros de viaje, pasó en sólo unos meses del ‘sorpasso’ a la ‘sepoltura’. Este desenlace fatal no es el resultado de un único fallo, sino de la acumulación de muchos pequeños y también grandes. Al menos, Albert Rivera ha finalizado su vida política con el acierto de su dimisión. Y es esta decisión, que tendría que ser vista como algo normal, la que sorprende a propios y a ajenos. Es lo que tiene estar acostumbrados a lidiar con políticos que se aferran al poder, tomándonos por imbéciles, si es que realmente no lo somos. Algo huele a podrido cuando el gesto de Rivera es definido por ejemplo como una «salida impecable» por el ex de Podemos Ramón Espinar y reconoce que es una «rara avis» en política. No, perdón. La decisión de Rivera debería ser la que llevaran a cabo todos los políticos ante casos similares, es decir, la natural. No vayamos ahora a beatificar a Rivera. Hizo lo que tenía que hacer, pero a lo que no estamos acostumbrados. Lo lamentable es que nuestra clase política lo ha convertido en excepcional y nosotros se lo hemos permitido. Y ahora por veinticinco pesetas díganme nombres de políticos que hayan dimitido en nuestro país durante los últimos diez años tras una derrota histórica en unas elecciones como por ejemplo Rivera. Un, dos, tres… respondan otra vez. Venga, digan algo. No se queden en silencio. ¿No se les ocurre nadie?

Pasemos ahora a lo de asumir como normal algo que tendría que ser excepcional entre los dirigentes políticos de cualquier país democrático. Me refiero a las mentiras. Todos hemos interiorizado y normalizado que nuestros políticos nos mientan de manera descarada, cuando una sola mentira debería inhabilitarles para ejercer cualquier cargo de representación pública. Es asqueroso ver cómo, por ejemplo, después de cada debate electoral los medios de comunicación se llenan de listados enumerando las mentiras y promesas vacías que todos, sin excepción, escupieron sin inmutarse. Y si echamos mano de la hemeroteca, entonces es todavía más sangrante. Toneladas de mentiras que intentan endulzarse acudiendo a excusas baratas. Ya lo dijo el mismo Pablo Iglesias, cuando sin sonrojarse afirmó que «uno no se puede fiar de los políticos». Qué razón tenía el de Galapagar.

Sean sinceros, ¿ustedes se creen que lo que no se logró en seis meses ahora en veinticuatro horas lo hayan conseguido? Aquí nos estamos perdiendo algo. Nos falta alguna pieza del puzle para entender cómo se ha llegado en un tiempo récord a un pacto entre PSOE y Unidas-Podemos. Vale que lo de Rivera les ha asustado y no quieren que les suceda lo mismo, pero no acabo de comprender la rapidez del movimiento sin hacer unas semanas algo de teatro, que es a lo que ya nos tienen acostumbrados toda la clase política. En el debate a cinco todos pudimos ver cómo Pablo Iglesias le metía el morro a Pedro Sánchez y éste le hacía la cobra una y otra vez. ¿Qué ha cambiado en tan sólo una semana para que finalmente Pedro y Pablo se hayan dado un abrazo de amor con fuerte olor a cuero de sillones del poder? ¿Nos han estado mintiendo durante las últimas semanas o nos han mentido ahora? ¿Sabremos algún día cuándo, cómo y por qué se diseñó este pacto tan rápido, si es que no estaba ya cocinado y lo único que hicieron fue meterlo en el microondas para calentarlo?

Y finalizo con una pregunta y un deseo. La pregunta. Tras el pacto de los amantes de la Moncloa, si el próximo domingo hubiera otras elecciones generales ¿qué resultados creen que arrojarían las urnas? Yo la respuesta la tengo muy clara, ¿y ustedes? El deseo, eso sí, un poco ingenuo. Que quienes finalmente nos gobiernen o nos desgobiernen, independientemente del color, lo hagan pensando en todos y que acierten en sus decisiones. ¿Será mucho pedir?
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