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Cuando desperté, la biblioteca estaba allí

Cuando desperté, la biblioteca estaba allí

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Bruno Marcos | 28/12/2019 A A
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Cuando desperté, la biblioteca estaba allí
Tribuna José Luis Puerto y Bruno Marcos escriben sobre la Biblioteca Pública de León, que cumple 175 años, con fotografías de Juan Luis García
Me la descubrió un amigo al final de la infancia, como quien revela la existencia de un ser fantástico a unas cuantas calles de distancia, y apareció ante mí como un dinosaurio muy viejo e inmóvil que aún respiraba, acostado a un lado de la calle Santa Nonia, con los ojos muy abiertos de luces fluorescentes y lleno de historias.

Llevaba aquí unos pocos años sin entender muy bien esta ciudad sin playa, la encontraba incompleta, a medio hacer; estaba salpicada de solares de tierra con escombros, espigas y amapolas: zonas que no eran ni ciudad ni campo y que parecían esperar siempre. A unos metros del portal en el que vivía se veía la catedral inmensa en la que no recuerdo haber reparado hasta que una tarde de verano se desató una tormenta y nos refugiamos en ella. No comprendía aún su enjambre de belleza abstracta y creo que por no entenderlo lo sentía mejor. Luego pensé que o bien las nubes, o la nieve, o esa catedral tendrían que sustituir al mar. Más tarde comprobé que en los libros también estaba el mar.

En la biblioteca, sobre todo, recorrí los anaqueles de poesía, los inspeccioné de cabo a rabo, no sé si anticipando mi vida, la ilusión y el desencanto. Descubrí las más variopintas biografías, delicadas unas, entusiastas otras, desesperadas o fracasadas muchas, transformadas todas en belleza por las palabras.

En el interior de la biblioteca había que callar, en la casa de la palabra hay que guardar silencio. Ahora, escribiendo esto, entiendo mejor porque a los que nos gustan las palabras nos gusta también no gastarlas, callar, respetarlas, son la materia con la que se hace la literatura.

Un libro te llevaba a otro, este citaba aquel, lo buscabas y estaba. Un poeta encabezaba sus versos con los versos de otro y ese con otro y recorrías por los estantes el árbol genealógico de las voces a lo largo de los tiempos. Con los años me di cuenta de que todos esos libros hacían uno solo que habían escrito entre muchos y que cada ejemplar que apilaban era una página más de ese gran libro que era la biblioteca entera. Volúmenes unidos entre sí por hilos invisibles, que una especie de secta que nadie había fundado y se había constituido sola, una sociedad secreta, iba solicitando, incorporando al dinosaurio, al gran libro, para que los que llegasen, como yo había llegado, encontrasen el camino y el camino no se perdiera porque nadie lo recorriera.

Fueron luego algunos libros míos a los estantes. Los consultaba alguna vez, de lustro en lustro, y los de la secta tenían el detalle de dejarme el mensaje, aunque fuera sólo alguna vez uno de ellos los había sacado prestados.

La biblioteca es solitaria. La biblioteca es para solitarios y aunque uno intente ir acompañado en cuanto entra queda solo, con los libros siempre se está a solas. La biblioteca es refugio de todas las soledades. Los libros dan compañía a cambio de nada.

Mi biblioteca es ya menos una realidad y más un recuerdo. En la mía trabajaba uno de los hombres más buenos que he conocido, que es abuelo de mi hijo. Miraba sobre unas gafillas estrechas a una silenciosa meseta de concentrados estudiantes. Parecía vigilarles para que no les pasase nada al descuidarse del mundo mientras leían, como si su verdadera labor fuera sostener la sala, custodiar el sendero por el que pasaban las cosas de los libros a los jóvenes.

Cumple 175 años la Biblioteca Pública de León y no quería dejar pasar la ocasión de dedicarle unas líneas a un lugar que ha sido tan importante en muchas vidas y que lo seguirá siendo. La biblioteca, como el dinosaurio del brevísimo cuento de Monterroso, cuando despertemos seguirá estando allí.
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