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Crepúsculo de San Lorenzo, en memoria de Luis García Zurdo

Crepúsculo de San Lorenzo, en memoria de Luis García Zurdo

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David Santamarta | 06/12/2020 A A
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Crepúsculo de San Lorenzo, en memoria de Luis García Zurdo
Tribuna Por David Santamarta
Corría el medio siglo pasado cuando la ciudad se alargó y el río que la perfilaba ensanchó su margen izquierda con el paseo de Papalaguinda. La gente pudo entonces prolongar la caminata por una acera interminable en la que se sucedían chopos y cedros vigorosos, fuentes, praderas y parques infantiles. Pocas ciudades podían presumir de un papalaguinda. El paseo tenía, y todavía conserva, una peculiaridad. Junto a él discurre una doble calzada para el tráfico a diferente nivel, separada por un talud vegetal. Al otro lado de la calzada superior latía la ciudad.

En aquel lugar privilegiado se construyó la nueva Facultad de Veterinaria, la parroquia del recién creado barrio de San Claudio y alguna casa de vecinos. En el salón de uno de esos pisos orientados al suroeste cuelga desde entonces un óleo que su autor tituló El crepúsculo. Es una estampa de la desaparecida iglesia de San Lorenzo, que en su día estuvo en la trasera de la catedral. Por fondo tiene un cielo cárdeno que da título a la obra. En primer término aparecen tres troncos desnudos y desmochados. La iglesia tiene bien perfilado su contorno con grueso trazo negro. Impresiona como una pintura primeriza y dramática a un tiempo.

Llegó el día en que aquella vivienda quedó deshabitada. En un encuentro forzado por la desaparición de su último morador, el pintor de aquella obra dijo en voz baja a su amigo: «Conserva ese cuadro y te contaré su historia». El amigo no supo discernir si el susurro acentuaba un tono confidencial o simplemente era el timbre natural de una voz gastada. Habían pasado sesenta años desde que pintara aquel cuadro y de cuanto sigue algo puede ser verdad.

Al entrar por el portalón de su casa en San Feliz de Torío, el sol de la tarde ya vencida está de frente. Queda poco agosto, día a día el ocaso se adelanta. Hay dos vitrales, uno a cada lado del portón. Los ojos se van al de la izquierda, grande y con aire religioso. En su centro hay un cordero. El Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Deslumbra su tonalidad amarillenta encendida por el sol de fondo. Todavía absorto en la vidriera del cordero, una voz entusiasta le delata: «¡Doctor!».

Subimos a la galería, toda poblada de madera vieja, y tomamos asiento. El amigo en un escaño de fondo generoso, propicio para la siesta. Enfrente, un patio arbolado. A la izquierda, Zurdo. Una batalla médica reciente, felizmente superada, sirve de introducción, y al poco entramos en materia. Por la derecha, su esposa Ángeles va y viene con una botella de vino, pan y queso, mientras el sol se esconde por el horizonte.

San Lorenzo era desde la Edad Media un arrabal a extramuros de la ciudad de León. Había tres pequeñas iglesias que dominaban la periferia de la ciudad amurallada: San Pedro de los Huertos, San Salvador del Nido de la Cigüeña y San Lorenzo, ‘San Laurencio’ según consta en un documento de compraventa de un huerto en el año 1175. También conocida como ‘Parroquia de San Lorenzo a extramuros de León’ o ‘San Laurencio de la Payana’. Hasta bien entrado el siglo pasado, el barrio de San Lorenzo tenía mala fama. En los años cuarenta, en plena posguerra, la trasera de la catedral ofrecía un buen número de señoritas establecidas en diversas casas que esperaban la visita de mozos y no tan mozos. La vida licenciosa del barrio contrastaba con un sentimiento religioso muy arragaido en un buen número de vecinos del mismo barrio.

Ramón era un amigo del pintor, entonces arquitecto en ciernes y con un futuro prometedor. Su padre, Ramón también y también arquitecto, desempeñaba en la década de los cincuenta cargos de responsabilidad en la ciudad, tales como la presidencia de la Diputación. El prócer vivía en el barrio de San Lorenzo. Su esposa, doña Concepción, le insistía en la inconveniencia. El aliento general de la época favorecía el trámite. Así pues, el municipio se afanó en limpiar el barrio. Para tan casto empeño se decidió demoler aquella entrañable y pintoresca iglesia adornada con un arco de medio punto. Se allanó así el camino a los padres carmelitas, que ya se habían hecho cargo de la iglesia en el año 1952.

Antes de que fuera demasiado tarde, sabedor de los planes municipales, Zurdo cogió el caballete, el maletín y un lienzo ya usado. Se calzó unos guantes de esos que dejan al descubierto las puntas de los dedos y se dirigió a la plazuela de canto rodao que presidía la iglesia. Era una gélida tarde del invierno recién estrenado, víspera de la Navidad. Para acomodarse, aprovechó el basamento del crucero situado frente a la entrada principal y se puso manos a la obra. Unas mujeres del barrio se acercaron, curiosas, resueltas y un tanto deslenguadas. Se extrañaron de que alguien pintara esa humilde iglesia, aterido y a esas horas. «¡Iba él a estar pintando a la intemperie si le llega a haber tocado la lotería!», o algo así, parece que dijeron. Aquel día un joven leonés (a partir de entonces el Millonario en la ciudad) había sido agraciado con el premio gordo de la Lotería de Navidad: treinta millones de pesetas de la época. Corría el año 1958, uno arriba o uno abajo, y la iglesia todavía tardaría unos años en desaparecer.



En aquel tiempo Zurdo estudiaba bellas artes en otra ciudad y no tenía sitio para guardar obra. Pero su amigo Manolo tenía un desván espacioso. Habían expuesto juntos en Madrid. Manolo Jular, que así se llamaba el cofrade, sentenciaba con socarronería que a qué iba él a salir a la Sobarriba para pintar paisajes, pudiendo hacerlo de los que Zurdo pintaba del natural. Jular guardaba entonces en el desván varios lienzos, entre ellos el de la Iglesia de San Lorenzo, en cuyo bastidor figuraba de puño y letra la leyenda El crepúsculo.

La iglesia actual fue proyectada por Ramón, apadrinada por sus padres e inaugurada el 19 de marzo de 1966, sábado para más señas, por el obispo de la diócesis Don Luis Almarcha. Anexo a la iglesia, se erige hoy un convento carmelitano de la misma época y similar factura.

Pereira y su esposa supieron de esta historia, quizás intrascendente. Guiados por el aprecio que le profesaban, fueron a buscar la tela ya olvidada al desván. Acababan de estrenar piso en Papalaguinda. La década de los sesenta comenzaba su andadura. El poeta, hijo de un ferretero, llevaba bien su incipiente negocio consistente en la distribución al por mayor de materiales y aparatos eléctricos en general. Vendía pilas Tudor y bombillas Osram a espuertas en aquellos años del desarrollismo. Zurdo no le precisó, lo suyo no era vender. Pidió entre doscientas cincuenta, como solía vender algún paisaje, y quinientas pesetas que le pagaban por algún retrato. Cuenta el pintor que Pereira le puso en la mano un billete verde tras otro, hasta cinco, al tiempo que con deje paternalista se justificaba: «Mira, Zurdín, tú tienes que viajar y formarte en el extranjero». Más adelante, con el cuadro colgado frente a la chimenea, le remitió por giro postal tres mil pesetas «que corresponden al consabido cuadro» y «si no te causa molestia, me pones una simple postal aunque solo sea para mi tranquilidad y gobierno». Añadió también: «El cuadro me gusta, francamente, pero me agradará que tú lo veas en su día, pues el enmarcado que le han hecho, lo considero con algunas reservas». Efectivamente, el lienzo acabó rodeado de un generoso paspartú de arpillera que impide al lubricán tocar la orilla.

Con la licencia de aquel gesto generoso, la pareja le pidió que los acompañara hasta Toledo para ver juntos El entierro del conde de Orgaz. Luego irían a Madrid, donde Zurdo tenía un estudio en la misma Plaza Mayor. De camino a Toledo repostaron. Descansaron durante el viaje junto a la cuneta, donde dieron cuenta de una lata de sardinas con algo de pan, lo que decepcionó un poco al pintor. Es cierto que después de ver la obra del Greco, en un restaurante como Dios manda, comieron de caliente un plato de perdiz, quedando así saldada la decepción primera. Muy próximo al suyo, tenía su estudio otro artista, Luis Garrido. Juntos, Zurdo y Pereira, visitaron el taller del autor del tapiz El urogallo. Según Zurdo, Pereira se encaprichó en vida con dos cosas al menos: El crepúsculo y El urogallo. Y según Ángeles, su marido siempre aconsejó bien a sus amigos. La hermosa tela con el simbólico texto «Al cantar el urogallo se denuncia y muere, pero el urogallo canta» convivió durante muchos años con la antigua iglesia de San Lorenzo. Andando el tiempo, el tapiz tomó rumbo sur.
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