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'Contradictio in terminis'

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23/05/2018 A A
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'Contradictio in terminis'
Uno puede vivir fuera de la lógica, pero lógica nunca dejará de perseguirnos. Siempre estará ahí, pugnando por hacer visibles nuestras contradicciones. Hubo uno que, consciente de su inevitable presencia, propugnó aquello de «aprender a cabalgar las contradicciones». Se refería a que era posible recibir apoyo (dinero) de Irán y Venezuela, regímenes criticables, pero de los que uno se podía aprovechar para debilitar al enemigo común.

Defendía este principio como prueba de astucia política, y no como lo que era, puro cinismo. Este mismo se enfrenta ahora a una «contradictio» más peliaguda: cómo pasar de la noche a la mañana de vivir en un pisito de 60 m2 (como el mío) a habitar un chalet de lujo (260 m2, piscina, parcela de 2.000 m2 en zona VIP madrileña), mientras se sostiene el discurso anticasta. ¡Cabalga, caballo del pueblo; a galopar, a galopar...!

Despreciar la lógica tiene consecuencias nefastas y hasta nefandas. No hay principio ético, moral, político y humano más útil y saludable que ajustarnos a las exigencias de la lógica básica. Por ejemplo, estar alerta y no aceptar la «contradictio in terminis», la «petitio principii» o el «argumentum ad nauseam». Son tres de los muchos sofismas que hoy articulan el discurso político y el parloteo insufrible de los tertulianos. Y ni siquiera tenemos ya la posibilidad de alertar a nuestros bachilleres sobre estas poderosas y pegajosas trampas del lenguaje al haber desterrado la filosofía de las aulas.

La imposición de la ideología ‘progre’ (cada día más reaccionaria por simplista) está plagada de esta ‘contradictio’. Por ejemplo, aquello de «prohibido prohibir», que suena muy bien, que apela a la «libertad total», no deja de ser algo contradictorio en sí mismo. Si prohibo todo, debo prohibir también el derecho a prohibir el prohibir, con lo cual nos quedamos donde estábamos, o sea, que tenemos derecho «a prohibir unas cosas» y derecho «a no prohibir otras».

Lo mismo pasa también con la «libertad total»: si es total, yo seré libre de ir contra tu libertad o tú contra la mía, así que con ese principio no resolvemos lo fundamental: para ser libres en unas cosas, hemos de dejar de serlo en otras.

La petición de principio es todavía más insidiosa y común. El «derecho a decidir» (se oculta el «decidir la independencia») se argumenta para defender... ¡el derecho a decidir!

Pero si eso es precisamente lo que hay que demostrar, que unos pocos tengan el derecho a dividir, a separarse y expropiarnos de algo que pertenece a todos.

Lo mismo pasa con la democracia. Somos demócratas, dicen los nacionalistas, luego todo lo que hacemos es democrático. Pero si precisamente es al revés: si lleváis a cabo acciones antidemocráticas, eso significa que no sois demócratas.

Con la libertad de expresión es quizás con la que resulta más fácil saltarse la lógica para imponer falacias y sofismas.

Las grandes palabras (libertad, igualdad, justicia, democracia) son fácilmente manipulables. Cuando se usan como argumento siempre hay que destronarlas, bajarlas del pedestal y el respeto que inspiran. De abstractas hay que transformarlas en concretas, y del singular pasar al plural.

Hay que dejar de hablar, por ejemplo, de libertad para describir libertades concretas. Entonces empezamos a descubrir los usos espurios y las trampas que el propio lenguaje encierra.

Las emociones son necesarias, y no podemos prescindir de ellas, pero nunca pueden ser guías, sino acompañantes. La lógica, en la que se basa el ejercicio de la razón, no puede ser nunca despreciada, pues es el único instrumento que tenemos para movernos con seguridad por este mundo y controlar, entre otras cosas, a las emociones. La lógica, además, suele ser reveladora de la verdad, a cuyo servicio está. No siempre desenmascara a la mentira, pero hace más difícil el engaño.

¿Y en cuántas contradicciones de este tipo están cayendo los neojipos, los anticasta, los antisistema, los aspirantes a pasar de Vallecas a Galapagar, de minipisos, minitrabajos y minisueldos, a tener «una pequeña gran mansión», como diría Groucho, asegurando que él se conformaba con disfrutar de «las pequeñas cosas» de este mundo?

Lo malo es que de estas cosas sólo pueden gozar unos pocos, o sea, las «élites extractivas». Pero lo más insólito es pretender ocultarlo todo con la celebración de un plebiscito. También se le llama ahora a esto «democracia directa».
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